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Que el bosque es territorio de combate continuo, como todos los ecosistemas, es fácilmente comprobable en un paseo ordinario. El haya, sin ir más lejos, es una especie invasora cuando se dan circunstancias favorables para ella, como la pluviosidad. Desplaza al abeto de sus dominios, en duelos que duran tramos temporales incomprensibles para el hombre, acostumbrado a una violencia expeditiva. Y no solo al abeto, también el roble se ve compelido por el haya a exiliarse a zonas más luminosas, a las que ha ido adaptándose milenio tras milenio. Esta selección natural ha forzado a las distintas especies de plantas a adaptarse a un clima, a un relieve, a una altitud o latitud. Es en las zonas intermedias donde se intensifica la lucha por el espacio, ya que las diversas especies compiten por lo mismo. El paralelismo con el progreso humano es casi exacto. Nosotros levantamos fortalezas, trazamos fronteras nunca del todo estables, entramos en conflicto por el agua y los nutrientes, por la riqueza que ha de sostener a las poblaciones. Y en una sociedad democrática, como en la clímax, también competimos sosteniblemente por los puestos de trabajo, guiados por la fascinación del dinero.

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El río ha cambiado su curso desde el verano pasado. Tan solo han transcurrido unos meses y se ha desplazado unos cincuenta metros hacia el centro del valle. Durante el mes de agosto pasado, me bañaba cerca de las laderas de la umbría, lejos de las casas, del camino sobre la escollera y de las miradas indiscretas. Dentro de nada, con el río fluyendo junto al dique, los baños serán menos privados y más expuestos a las miradas de los curiosos. Lo que demuestra que aquí las cosas cambian de un año para otro, el curso del río, la fortuna de los árboles ribereños, la configuración de torrenteras y barrancos.

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A primeros de mayo ya se ven los caducifolios, álamos y sauces, fresnos y olmos, hayas y abedules, cargados de hojas nuevas. Entre la masa uniforme y verde oscuro de las agujas de los pinos y los abetos, forman un contraste cromático de gran plasticidad. Luego, durante el verano, las tonalidades del verde se irán igualando. En el otoño, tanto el que ha de venir como el ya pasado, otra vez volverá el contraste entre el verde sempiterno de las coníferas y los marrones, ocres y rojos de las hojas que se han de caer, o que ya cayeron.

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Lluvias torrenciales de primavera. En las cumbres, todavía cae nieve cada vez más blanca y extraordinaria. En el bosque, una saturación de humedad en los árboles y sus hojas, en las rocas, en el suelo, el mismo aire cargado de agua que va empapando lentamente. La torrentera otra vez a rebosar, ágil y bulliciosa. El Cinca, en una de sus recurrentes crecidas. Es un buen momento para internarse en el bosque anfibio y empaparse como un árbol más.

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Que la Naturaleza está regida, además de por el azar, por ciertas pautas o patrones, es un hecho que ya nadie discute. Sería un nivel de orden subyacente en el aparente caos que preside la vida. Como los cristales de hielo observados durante el invierno, que tendían espontáneamente al orden, siguiendo unas pautas físicas universales. ¿Por qué, si no, desplegaron alas gran parte de los animales, los insectos, las aves, los murciélagos? Cabría hablar de la existencia de atractores biológicos que resultarían ineludibles y que funcionarían como patrones de orden para todas las especies. ¿Por qué poseen ojos todos los seres vivos, los gusanos, los peces, las aves, los mamíferos? De hecho, se ha probado que los animales de visión bilateral comparten una genética común, y que el funcionamiento de los ojos responde al mismo patrón. Todos estamos sometidos al influjo del calor del sol, de la gravedad terrestre, de los principios que rigen la física y la química, aquí, en este valle, en cualquiera, las hormigas, las marmotas, los humanos.

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Actividad frenética y renovada en el hormiguero. Miles de hormigas rojas se afanan en reconstruir los desperfectos ocasionados por las nevadas, los vendavales, las inclemencias del invierno. ¿Qué habrán hecho dentro durante los largos meses helados? Con el calor de abril, empiezan su cíclica colonización del territorio, el temible ejército otra vez movilizado. ¿Serán sus encuentros con las avanzadillas rivales cruentos o amistosos? ¿Cuántos metros cuadrados de territorio necesita un hormiguero para desarrollarse plenamente? Porque, además del que localicé en la Selba d’el Sucarraz, junto al abeto monumental, hay otros más que me voy topando, por casualidad, cuando salgo del sendero y me introduzco en el pinar o en el abetal. Sería interesante consagrar la vida a la confección de la cartografía de los hormigueros del valle. Sobre un mapa detallado de Pineta, deberían señalarse las ubicaciones, las distancias entre ellos, los tamaños y las estructuras, las superficies de dominio, la existencia o no de una diplomacia de hormigas, o de tratos comerciales, o de acuerdos para mejorar la especie, o de simples guerras por el control de los recursos. Señalar, así mismo, los campos de batalla, los movimientos de las tropas rivales, las tareas de abastecimiento, la victoria o la derrota. Después, cuando ya se tuviera lista la cartografía de las hormigas, podría seguirse con otras especies de insectos, computando y midiendo telarañas, colmenas de avispas, guaridas de coleópteros. Y los nidos de las aves, los refugios de los mamíferos, las grutas donde crían las rapaces, las pozas donde desovan las truchas, las relaciones de dominio y sumisión entre los sarrios, las zonas de caza de los zorros. Nuevos mapas surgirían así, sin la presencia de la obra humana, sin líneas de carreteras o sendas, sin manchas de construcciones o tendidos eléctricos, sin las fronteras ni los topónimos que tanto emborronan.

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Las mutaciones siguen produciéndose a ritmo vertiginoso, y la medida de la adaptación la pone hoy en día el ser humano. Las flores ornamentales, que desarrollaron tan vistosas formas y colores para atraerse a los insectos, proliferan en cultivos africanos, para dar luego la vuelta al mundo en aeronaves que las distribuyen según el interés de los mercados. Otro ejemplo serían las sesenta especies que componen la alimentación básica de la gente, cereales y legumbres, frutas y hortalizas, extendidas en grandes superficies de monocultivos, que parece han culminado sus estrategias de supervivencia con esta simbiosis. O los árboles de las explotaciones madereras, los de desarrollo acelerado que proliferan en los nuevos bosques uniformes. En cierto modo, no les puede ir mejor que con esta asociación con los cultivadores que los siembran, los miman, les preservan de las plagas y agresiones. Pero el riesgo es la desaparición de la diversidad biológica, o su confinamiento en los santuarios o los laboratorios, pues las especies improductivas ya solo tendrán interés científico o turístico. ¿Será cierto que solo en el bosque humanizado puede darse la comprensión? ¿Estaría un individuo en condiciones de escribir en una selva poblada de carnívoros, insectos venenosos, tribus hostiles, parásitos y bacterias?

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Hay bocas de alcantarillado por la pista que corre en paralelo al río, al menos en las inmediaciones de Las Cortes. Allí, las aguas residuales sufren un proceso de decantación antes de ser vertidas. Los detritos que generan las acampadas, el camping, el Parador de Turismo de Bielsa, el Refugio, las casas diseminadas en las laderas, el monstruoso edificio que hay a la entrada del valle y que fue sanatorio antituberculoso antes de quedar destruido durante la Guerra Civil, luego hotel, casa de colonias y finalmente albergue, son enviados a los pozos negros. Lo que demuestra que la virginidad del valle hace tiempo que se perdió. Un poco más arriba, en el territorio del Parque de Ordesa y Monte Perdido, las cosas deben ser distintas.

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En el abetal, rodeado de cientos de troncos que se elevan rectos, como en una competición de la elegancia. Bajo la sombra que proyectan las ramas y las agujas, que apenas dejan pasar la luz del sol. Sentado sobre una piedra acolchada de musgo. Pisando sin querer sobre brotes de árboles, de arbustos, de hierbas y flores, completamente rodeado de vida vegetal. La ligera brisa se oye unos metros por encima, sacudiendo las copas de los abetos. Diminutas setas crecen sobre el humus con su extraordinaria geometría a cuestas, la gracilidad del delgado y largo tallo, el sombrero cónico, los filamentos, una forma antigua y exitosa. Una diminuta avispa clavada en el aire, agitando sus élitros a esa velocidad de vértigo. Uno se queda quieto, tratando de sorprender, con su silencio, la vida del bosque, la ardilla que trepa, el ave que trina, cencerros a lo lejos y voces de niños que juegan en un prado.

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A propósito de los lugares turísticos del Pirineo, los que concentran grandes cantidades de público atraídas por las peculiaridades paisajísticas, una cascada, una cueva, un pico singular, me pregunto si lo que la gente busca en realidad no será la misma presencia de sus congéneres, de ese resto de individuos que con uno mismo forma la masa, como si se anhelara ya no la belleza del paisaje sino la tranquilidad y el sosiego del calor humano. Es posible que el miedo a la soledad, o el temor reverencial que provocan los bosques, nos empujen unos junto a otros en torno a esos destinos, en otro canto más al comportamiento gregario. Una gran mayoría de turistas no abandona su automóvil o el perímetro del lugar donde lo aparca. Algunos se aventuran por los alrededores unos cientos de metros durante unos minutos, o siguen las rutas pautadas saludándose unos a otros a cada encuentro. Los menos se adentran realmente en la espesura, o buscan lugares solitarios. Pero, afortunadamente, hay otros espacios y otros momentos en los que la ausencia de turistas es el gran atractivo del valle, como son el 90 por ciento de sus bosques siempre vacíos, o los 300 días del año, salvo agosto y los puentes, en que no hay casi nadie, apenas media docena de habitantes fijos. Tanto que no suelo encontrarme nunca con otros paseantes en mis incursiones por la pista forestal de la margen derecha del Cinca, por las torrenteras que me permiten adentrarme bosque arriba, o en los desvíos que tomo para ganar altura en tantas zonas no pisadas. Me satisfacen, por ello, los hábitos de la gran mayoría de la población, que me dejan caminar en la más estricta soledad. Entonces, uno es más consciente si cabe de la riqueza natural del valle, de las innumerables especies que lo habitan y que son sus dueñas, del precario equilibrio que todavía rige, del enorme peligro que representamos los humanos para la subsistencia de Pineta.

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