Archivo de la Categoría “Buenos Aires-1880”


La fotografía de la especie, es verdad, todos y cada uno de nosotros retratados en todas y cada una de las fotografías que se han gastado desde 1839, cuando se inventó el arte que habría de cambiar el signo de los tiempos. La fotografía cambió el signo de los tiempos al permitir la vida eterna de los seres, al darnos noticia de los fantasmas de carne y hueso, al hermanarnos a todos en el tiempo y en el espacio. Ese músico callejero que tocaba la guitarra en la Buenos Aires de 1888 eres tú mismo apoyado a los carteles de aquella calle, de aquel día como todos los días, eres tú interpretando la canción de la vida, o de la muerte. Eres tú ese niño lazarillo que lleva un bastón tan largo como su cuerpo y que mira al objetivo de la cámara, ese niño que estaba triste, asustado, que intuía de alguna manera toda la carga de profundidad de su gesto, que habría de atravesar el espacio y el tiempo para llegar hasta nosotros, para seguir más allá de nosotros, para sobrevivirnos a pesar de todo.

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Una china, una campesina pobre que apenas podía sobrevivir en aquella ciudad para ella inhóspita a la que había llegado sin saber muy bien cómo. Quizá habitaba el que llamaban Pueblo de las Ranas, una barriada misérrima de chabolas al sur de Corrales, junto a la zona donde incineraban las basuras de la ciudad y en donde rebuscaban los menesterosos que no tenían forma mejor de ganarse la vida. Aquí la vemos sentada y sonriente. Nos sonríe a nosotros, espectadores de hoy, por encima de 130 años y un océano, por encima de la vida que tuvo que vivir y que es la vida que vivimos nosotros. La fotografía de la especie nos muestra a nosotros mismos como habitantes del pasado, cuerpos recubiertos de piel, cuerpos con la sensación de la corporeidad, el calor debajo de la ropa inmunda porque ya luce el sol y calienta demasiado, el calor en el cabello sudoroso y sucio, que huele mal, y que continúa creciendo, a pesar de todo. A nosotros nos crecen los pelos de aquella china muerta, a nosotros nos pica el sarpullido que molestó las noches de aquella campesina. Esa china está aquí, a tu lado, eres tú esa china que rebuscaba en las basuras, que sigue buscando sin descanso, pues no hay descanso para la especie igual que no hay descanso para los fantasmas que pueblan las fotografías.

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Una fotografía de especie, como todas las que se hacen, como todas en las que aparecen hombres o mujeres, una fotografía que nos contiene a todos, a los bonaerenses de 1888, a los internautas de 2009, a esos señores que estuvieron empleados en una vaquería de un suburbio de Buenos Aires hace 130 años, que ordeñaban vacas a diario, que limpiaban con cepillos de cerdas de metal el suelo adoquinado, que miraban al objetivo de la cámara como quien mira al futuro. Y esa niña que debió moverse en el momento del disparo y cuyo rostro aparece algo difuminado, esa niña que acababa de beberse un vaso de leche recién ordeñada y que tenía el estómago caliente. Y esa otra muchacha que se escondía tras el hombre de sombrero y camisa remangada, reacia a salir ella en la foto, asustada por la fantasmagoría que estaba a punto de culminarse y de la que tuvo un atisbo mientras se escondía cuando no debía, cuando debería haber ocupado su sitio también, como otro fantasma que sobrevive al paso de los siglos, como otro ser humano sin nombre, perteneciente a la especie, como otro fantasma cuya imagen no quiso entrar en la tumba.

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Esta es la foto de un modesto carnicero bonaerense. El único rastro que queda de aquel buen hombre es saber que era carnicero. Y luego su imagen salvada de milagro, en una fotografía que debió cruzar el Atlántico y que bien pudo destruirse decenas de veces. Este documento muestra a un hombre prematuramente anciano, vestido pobremente, apoyado en un palo que hace las funciones de bastón, llevando una cesta vacía, cubierta su cabeza por una modesta gorra. Su rostro irradia cierta sorpresa, la del hombre trabajador a quien se disponen a hacer una fotografía, lo que no era frecuente allá por 1880. Se giraría en ese momento, alertado por el fotógrafo, y poco después volvería a girarse para acudir a su trabajo. Corría sangre por sus venas, su corazón latía por entonces, sus ojos veían a un fotógrafo armado tras su cámara. Ese hombre, realmente, no murió, siguió vivo en la foto, sigue vivo en cada uno de nosotros que nos retratamos cada día, que miramos al mundo cada día, sigue vivo en nuestros corazones que laten como latía el suyo, en nuestras venas llenas de sangre como las suyas. Esta es una fotografía de especie, la humana, que nos retrata a todos.

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Uno de los manjares predilectos del argentino es el asado, cuya elaboración es un complejo ritual desde el momento mismo de la matanza, instante que muestra esta curiosa fotografía. Siete personajes reunidos alrededor de un cordero muerto que está siendo destripado. El anciano de la izquierda, con pose muy teatral, estiraba de la cuerda que sujetaba el cordero. Junto a él, un falso matarife, con traje y sombrero, blandía el cuchillo de destripar, aunque tenía las manos limpias. A la derecha, el hombre del sombrero y camisa blanca que abría sus brazos debió ser el auténtico matarife, pues tenía las manos manchadas de sangre, que separaba de su cuerpo para no mancharse la ropa. La sangre todavía caliente del animal seguía cayendo en el cubo. Y tres niños a la derecha, uno sentado, otro junto al matarife y un tercero subido a la escalera donde colgaba el cordero. No hay nombres anotados, no hay identidades, los siete seres anónimos, aquel lejano día tan contentos ante las expectativas del banquete, apenas dejaron huellas de su paso, algunas fotografías, nada más. Nadie, cuando le hacen un retrato, piensa en la muerte o en la manera de superarla, aunque luego el retrato sea, aunque de manera parcial, un breve regalo de inmortalidad.

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Como iguales a nosotros eran también los tres gauchos que se asoman al presente desde el pasado remoto de esta fotografía, ataviados perfectamente según la moda que seguían, las bombachas que cubrían sus piernas, los ponchos sobre sus hombros, los gorros en las cabezas, y esos cuchillos que blandían como prueba de su bravía. Se decía que los gauchos era individuos útiles, sosegados, amigos de la justicia y buenos anfitriones, y que su fuerte era la equitación, así como su punto débil la falta de previsión y cierta propensión al despilfarro. Siendo este terceto de inmortales sin duda interesante, lo que más me atrae de esta instantánea es la presencia discreta de esa mujer en segundo plano, una mujer meditabunda, grave, preocupada, con sus pómulos marcados y el cabello recogido en coleta. ¿Cómo se llamó, qué esperaba de su vida, vio cumplidos sus objetivos vitales y fue feliz o, por el contrario, sumamente infeliz y desdichada? ¿Cuántos grados existen entre la felicidad y la infelicidad? ¿En qué grado se situó aquella mujer? ¿Por qué no se apartó y dejó a los gauchos posar solos, como debería haber sido? ¿Qué pretendía saliendo a escondidas en este documento? ¿Quiso decir algo a través del tiempo?

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Pero también había tiempo para la diversión en Buenos Aires, en la primavera de 1888, durante la celebración del Corso o desfile de las Flores, por ejemplo, en el bosque de Palermo. La buena sociedad se emperifollaba, igual que ahora, acudía a la cita anual de esa fiesta de celebración de la primavera, se colocaba a ambos lados de la calzada, luciendo sus mejores galas, los ternos impecables, los bombines cubriendo las cabezas de todos los hombres, los trajes largos y recatados de todas las mujeres. Recorro con una lupa las apretadas filas de espectadores, todos vueltos hacia la calzada en donde evolucionan los carruajes, hasta que me encuentro con un rostro de hombre que mira directamente hacia la cámara, hacia el espectador de 2009, por encima de un tiempo que acaba de volatilizarse. Ese hombre miraba al fotógrafo y así, puede que sin ser conciente, o conscientemente, de alguna manera mandaba un mensaje al futuro, la afirmación de su presencia sobre el mundo, la prueba de la vida ya acabada, quizá un gesto casual, un cruce de miradas que, sin embargo, terminó por destacarle entre la muchedumbre de anónimos ya muertos. Pero él sobrevive al posar su mirada en nosotros porque era como  nosotros, exactamente igual.

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Sí, vida gastada inconscientemente, derrochada a manos llenas en todos los rincones del  mundo, como en Buenos Aires en 1880. Gente anónima, la esencia del género, la explicación del impulso vital, del afán de procreación. Vida y muerte, sin que importen las causas. ¿De qué nace la gente? ¿De qué muere? Esta es una fotografía de una calle de un cementerio de Buenos Aires, seguramente el del Oeste o Chacarita, inaugurado en 1867 y que tuvo que ampliarse cuatro años después debido a la mortandad causada por la fiebre amarilla. Sí, la fiebre amarilla causó la muerte, en esas fechas, de 18.360 bonaerenses, cada uno con sus rasgos particulares, su rostro único, su pensamiento personal. La gente moría de tuberculosis, de enfermedades del corazón, de meningitis, de hemorragias cerebrales, de cáncer de estómago e hígado, de arteriosclerosis, tifus y traumatismos. Tantas muertes y ampliaciones constantes de los cementerios, como el de la Recoleta, o el Nuevo Cementerio inaugurado en 1886. Y dos siluetas paseándose, todavía, entre panteones. 

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Junto al edificio de la Aduana Vieja, en un momento que parece de marea baja, varias mujeres ya muertas se entretenían lavando la ropa blanca de sus casas. En primer plano, una mujer agachada manipulaba su fardo de ropa, tensaba los músculos, anudaba con sus dedos los bordes de la sábana que contenía el resto de las prendas, sudaba algo por el esfuerzo, la sangre fluía por sus venas, en ese instante acababa de latirle el corazón, como le latería un segundo después de que el fotógrafo accionara el obturador de su cámara. ¿Estaba su corazón en sístole o diástole en el momento del disparo? ¿Gestaba su cuerpo los síntomas de una enfermedad, un tumor maligno tal vez, coágulos en las venas y arterias, las primeras incongruencias de la locura? También sus pensamientos quedaron en suspenso en ese momento. Los retratados no piensan en las fotografías, no les da tiempo, el obturador permanece abierto una décima de segundo y no hay reflexión que quepa en tan corto intervalo de tiempo. ¿Fue feliz esa mujer, tuvo descendencia? ¿Alguien conserva su memoria, alguna pista sobre ella? ¿Dejó un diario, un libro de memorias? Me extrañaría. Cuanto desperdicio, entonces, supone la vida de hombres y mujeres, gastada inconscientemente.

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Instantánea de la puerta de acceso al Mercado del Centro, al que entraban cada día para ser distribuidos miles de kilos de fruta, de legumbres, de pescado, de carne, de queso y manteca, innumerables gallinas, patos, gansos y martinetas, conejos, perdices y palomas, cientos de kilos de embutidos, de hielo… Dos personajes, esta vez más discernibles, caminaban sobre la acera, el primero quizá un obrero que miraba al objetivo de la cámara y, directamente a través del tiempo y de las pantallas de los ordenadores, a las personas que miramos la fotografía, más de 130 años después. ¿En qué pensaba, era consciente del prodigio que se acababa de producir al quedar su imagen atrapada en ese documento que iba a sobrevivirle y a originar toda una cascada de reflexiones en el futuro? El sombrero arrojaba su sombra sobre el rostro. Y otro señor más elegante entretenido en sus pensamientos. ¿Qué pensaba ese hombre? A la izquierda del encuadre, caballos pacientes. Detrás, el rótulo que anunciaba el Café Restaurante Galileo, puede que a esa hora de aquel día lleno de gente almorzando, quién sabe, trabajadores del mercado, descargadores, tenderos, compradores…

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