Archivo de la Categoría “La crueldad del fotógrafo”

Tiempo después, pude localizar la dirección en Barcelona de las hermanas Hortensia y Pilar García Oliván. Decidí hacerles una visita con el propósito de devolverles sus fotografías y charlar un rato para, si lo deseaban, que me explicaran algunos detalles de su vida y poder así contrastarlos con mis suposiciones. Tuve que llamar a la puerta insistentemente. Nadie abría. Ya estaba a punto de marcharme cuando sentí una voz desde el otro lado que preguntaba: ¿Quién es? Algo más tarde, una anciana me abrió la puerta unos centímetros, sin atreverse a quitar la cadena. Era Pilar García Oliván, muy envejecida, pero con la misma cara de las fotografías que yo tanto había mirado. Le expliqué el motivo de mi visita, el álbum de su familia, cómo lo había encontrado, lo que pretendía, pero no quiso saber nada. No quería recordar nada del pasado. Era evidente que le resultaba muy doloroso. Sostuvo una fotografía de ella y su hermana Hortensia entre sus dedos, asombrada de que hubiera llegado a sus manos de manera tan extraña. Pero no quiso recuperar su álbum, que yo le ofrecí sin contrapartidas. Al final, aceptó quedarse con la fotografía que tenía entre sus dedos y cerró la puerta.
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“11/3/45. Adela de García y su hijito.”
Adela, aunque madura, da impresión de mayor vitalidad, lo contrario que en otras fotos. Ella también deseaba con todas sus fuerzas el nacimiento del varón. Es la última foto del álbum del periodo de vida en Panamá y Costa Rica. En breve, la mudanza, la venta de los enseres que no pudieron trasladar, como el coche, y el embalaje de lo demás, la ropa, los recuerdos, los documentos, el mismo álbum de fotos que Adela debió ir coleccionando, similar a este, durante los 14 años de estancia en Centroamérica. Desde el momento del regreso el álbum pierde su sentido para la abuela. Ya no hace falta coleccionar fotos de las nietas, se acabaron las cartas. La familia se reúne con frecuencia y el crecimiento de los nietos deja de ser un tema fotográfico, su percepción se diluye como los días que pasan, una cotidianeidad que rompe el hechizo de las fotografías. Desde el regreso, el álbum solo recibe catorce fotografías más, todas de Lorenzo García Oliván, el hijo, el nieto favorito. Nunca más aparecerán Hortensia y Pilar, ni Juan Francisco padre ni Adela. ¿Qué será de todos ellos?
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“11/3/45. J. F. García y su hijito.”
Nacimiento del anhelado hijo varón, que acaparará las fotos hasta el final del álbum. Es el niño deseado, que se llevará con sus hermanas 14 y 12 años. Debió nacer a finales de 1944 o comienzos de 1945, por lo que en la actualidad tendrá 65 ó 66 años. El final de los sinsabores de la pareja, aunque les coja un poco mayores. El hijo tardano que viene a endulzar la madurez. La satisfacción de Juan Francisco. Pronto regresarán a Barcelona, en plena posguerra, a iniciar una nueva vida. Sin embargo, para el pequeño Lorenzo el periodo de estancia en Panamá debió dejar poca huella, salvo por estas fotografías que ya no tiene.
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“Niñas Hortensia García (con patines) y Pilar García. A la izquierda de la fotografía, la entrada de la casa donde vivimos.”
Después de la estancia en Costa Rica, los García regresan a Colón y cambian de casa. Hortensia tiene ya 13 años y Pilar 11. Todo el mundo tiene su álbum de fotos, más o menos completo y mimado. Y las situaciones se repiten con insistencia. Hablar de estos álbumes es hacerlo al oído de media Humanidad, expuesta a extraviar su pasado de la misma forma que los García. Con el tiempo, el número de álbumes que existen ha ido creciendo, debe de haber millones, y por eso crecen también las posibilidades de extravío. No es incongruente vaticinar que muchos de esos álbumes cambiarán de manos, sean cuales sean las causas (muerte, mudanza, separación, desidia…) y que será posible adquirir la memoria ajena como quien compra libros de segunda mano, o cuadros, ropa, muebles. Será posible especular con la vida de los otros como quien practica un juego novedoso.
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La familia García come en un restaurante. Los cuatro miran a la cámara. Supongo que un camarero u otro cliente les hizo el favor y tomó la fotografía. Al menos se aprecian doce mesas más, algunas desocupadas. Un hombre corpulento y solitario bebe agua de su copa detrás de Adela. Luego se ve a otro comensal que agacha la cabeza como si estuviera leyendo un periódico que ha dejado sobre el mantel. Al fondo, dos hombres más, uno que mira hacia el centro del comedor y otro que lle unas hojas, con el puño en la barbilla. A la izquierda del encuadre, un muchacho que parece atento a la escena de los García y el fotógrafo. Al fondo, se ven otros comensales, un anciano, dos niñas y dos mujeres. Y la puerta de acceso al comedor en el ángulo superior izquierdo, con una cortina. En la pared del comedor, un cuadro de dimensiones irrisorias flanqueado por otros dos de forma hexagonal con aplique encima.
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El crecimiento de las niñas. Pasando las páginas del álbum se asiste a una vida acelerada, los pequeños cuerpos van creciendo, los padres envejeciendo a marchas forzadas. Es cuestión de perspectiva, en todo caso la vida es un suspiro, es como pasar páginas de un álbum, páginas numeradas, limitadas, situaciones tipo, nacimiento, enfermedad, ocio, trabajo, viajes, muerte. Un álbum cualquiera podría ser el álbum de cualquier persona. Cambian las caras, algo las personalidades, pero todos estamos sometidos a las mismas fuerzas incontrolables, el paso del tiempo, la decrepitud, los acontecimientos vitales dignos de figurar en una antología del género.
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“San José de Costa Rica, diciembre 1939. Clínica del doctor Hernández, en calle 5ª, entre avenidas 5ª y 6ª, a 25 varas del parque de Morazán, en donde fue operada Adela siendo su cuarto el de las dos ventanas superiores de la torre de la izquierda del edificio.”
¿Fueron a Costa Rica para la operación? ¿O les sorprendió la urgencia quirúrgica en su viaje, en uno de sus viajes? ¿Qué enfermedad padecía Adela? ¿Sufrió un accidente? Puede que fuera algo relacionado con la ginecología, un embarazo que terminara prematuramente en aborto, un tratamiento primitivo de fertilidad. En busca del anhelado varón. De hecho, tengo referencias de un doctor Hernández de Centroamérica que perfeccionó sus conocimientos y técnicas en el extranjero y que abrió clínica ginecológica en Costa Rica. ¿Era el mismo? En todo caso, es la única vez en el álbum que una foto, aunque indirectamente, retrata el dolor. ¿Debemos suponer que Adela estaba todavía ingresada? Juan Francisco bajó un momento para fotografiar la fachada de la clínica. Y es de suponer que la operación fue un éxito, sino no se explicaría esta foto, ni las sucesivas. Recuerdos del dolor detrás de una ventana cerrada, eso es todo a lo que llega la fotografía de aficionado. ¿Un primer plano de Adela sobre el lecho, el gesto contraído, una mueca de sufrimiento?
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“San José de Costa Rica, diciembre 1939. Pista del aeródromo nacional mirando hacia el norte, lado del volcán Poas. En primer término las niñas Hortensia y Pilar García.”
Desconcierta ver las pequeñas figuras de las niñas ante la pista interminable del aeródromo. Al fondo, se intuye la cadena montañosa de la Cordillera Central que abarca desde el volcán Turrialba al Poas, y cuyo punto culminante es el Irazú, con 3353 metros. En 1723 el Irazú sufrió una erupción que duró varios días y que destruyó la ciudad de Cartago. En 1841 otra erupción causó parecidos estragos. En 1910 tenía 5731 habitantes, antes de un terremoto también devastador. Hacia 1938 se había recuperado de nuevo y contaba con 94247 habitantes. Una historia cíclica de catástrofes.
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“San José de Costa Rica, diciembre 1939. El edificio para oficinas de Aduana y otros, del aeropuerto Nacional en La Sabana al final del paseo de Colón. En primer término las niñas Hortensia y Pilar García.”
Las niñas aparecen cegadas por el sol y protegiéndose los ojos con sus manos. ¿Qué recuerdo, si viven todavía, guardarán ellas de las fotos que les hacía su padre, tan tenaz, y del mismo viaje o viajes a Costa Rica? Entonces, tenían 7 y 5 años. ¿Ayudarían las fotos a refrescar su memoria? Aunque las fotos puedan ocasionar un efecto contrario al deseado y llegar a provocar el olvido. De hecho, las escenas del pasado retratadas pasan deprisa ante los ojos, cuando alguien ojea su álbum, casi sin ejercitar la memoria, para eso ya están las fotografías. La fotografía sustituye a la memoria y acrecienta el olvido.
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“Naranjo, Costa Rica, 16 julio 1939. Procesión paso del Santísimo.”
Gente en procesión. Se ven muchachas vestidas de blanco, mujeres de negro, hay un grupo de fieles arrodillados a la vera del camino, alguien lleva un paraguas para protegerse del sol, un rostro de policía con gorra reglamentaria y chaqueta abotonada, personas que llevan incensarios, palmas… Cuerpos congelados en la instantánea. La fotografía abarca a los que posan voluntariamente y a los que pasaban por el lugar, al fondo del encuadre, ajenos al proceder del fotógrafo. Además de los retratos deliberados, cada individuo ha debido salir en su vida en innumerables fotos sin darse cuenta, entrando en el campo focal e una cámara. ¿Sería posible reunir todas las fotos donde sale un humano sin querer, ese registro inconsciente de la vida?
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