Archivo de la Categoría “Viaje a la India”


 

Y yo sigo vivo a la vez que muerto, sigo muriendo sin parar, a cada segundo o como quiera que se llame el tiempo, sigo muriendo y viviendo. Es verdad que no salgo en las fotografías y que nunca sabréis qué aspecto tenía, pero es igual. Yo soy ese mendigo tirado en el suelo y apoyado en la pared, uno cualquiera, uno de los millones de hindúes que había en la India, uno de los millones de humanos que había en la Tierra. Que hay. Yo soy tú. Mi yo muerto es tu estar vivo. Harás un viaje a la India alguna vez, tomarás fotos de los cuerpos, morirás alguna vez. Entonces, ojalá que alguien te de la oportunidad de hablar, aunque solo sea una vez, desde la muerte. Ojalá. O puede que te sirva esta oportunidad que me dan a mí, puede que mis palabras sea suficientes para todos los muertos que no pueden hablar pero lo desearían, para todos los vivos que morirán y que también desearán hablar desde la muerte. Puede que entonces estas palabras nos sirvan a todos. Como un milagro.

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Sí, es verdad, puedo jurarlo, puedo apostar la muerte que me queda por morir, me lo puedo jugar todo, aquel viaje sigue transcurriendo, seguirá transcurriendo eternamente, aquellos cuerpos, como el mío o el de Laura, siguen entregados a sus quehaceres, unos siguen trabajando, otros comiendo, otros bebiendo, otros viajando, otros sufriendo, o dando de mamar a sus hijos, o curando sus heridas, o mostrando la desnudez, siguen y siguen, siempre, como si cada instante de la historia de la humanidad continuara para siempre, cada segundo El Segundo, cada instante El Instante, cada vida La Vida, cada cuerpo El Cuerpo, cada muerte La Muerte. Estas fotografías dan fe de ello. ¿No es verdad? En ellas, el niño que corre sigue corriendo, la muchacha que sonríe sigue sonriendo, el mendigo que pide sigue pidiendo, el flautista toca su instrumento eternamente, la gente que camina y tiene el pie en el aire sigue caminando, el pie siempre en el aire.

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Realmente, ahora que lo pienso, ahora que puedo hablar de todo ello con perspectiva, desde la muerte, es como si todo aquello no hubiera terminado, es como si yo continuara eternamente de viaje por la India, siempre en 1958, qué más da el año, ese eterno 1958 en que viajé hasta allí y me vi sumergido en ese mar de cuerpos humanos, hombres, mujeres, niños, ancianos, siempre cuerpos por todos los lados, con sus enfermedades a cuestas, sus alegrías, con su equipaje al completo, todo lo que uno puede esperar de la vida, todo lo que uno puede añorar desde la muerte. Ese viaje no terminó a finales de diciembre de 1958, poco antes de las Navidades y de nuestro regreso. No, ese viaje continua sucediendo, y de eso dan cumplida cuenta las fotos, mis palabras, la memoria de mi vida, que aunque no saliera aquí estaría en alguna parte, digo yo. Y la memoria de los hindúes, de aquellas gentes que, por estar tan llenas de vida, seguramente ahora estarán tan llenas de muerte. Como ellos creen, volviendo eternamente, reencarnándose, viviendo y muriendo eternamente.

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Bueno, no era exactamente así, no te encontrabas un entierro en sentido estricto, te encontrabas un cortejo fúnebre. Bueno, es difícil explicar qué es lo que te encontrabas, dado el vocabulario sobre la muerte unido al español. No era un entierro, o un cortejo, era una fiesta que recorría las calles, una manifestación de vivos con el muerto por delante, todo tan exagerado, tan abierto, esos muertos envueltos en telas que seguían ostentando su corporalidad después de la muerte, ninguna caja de madera que ocultara las formas, no, allí estaban los cuerpos tan a la mano, con su forma, el bulto de la cabeza, los bultos de los pies, esos cilindros de carne muerta que iban a ser quemados. Allí quemaban a sus muertos, algo mucho más higiénico. No os penséis que vuestros cuerpos resucitarán mejor o peor si son enterrados antes que quemados. Simplemente, no resucitarán de ninguna de las maneras. Y para salir en internet, bastan un puñado de palabras y, en este caso, unas cuantas fotografías de aquel viaje a la India.

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Es verdad, además de la vida, también la muerte estaba siempre presente en las ciudades de la India. Ibas tan tranquilo, eso siempre dentro de lo que cabe, por las calles de una ciudad y de repente te cruzabas con un entierro. Siempre eran multitudinarios esas ceremonias fúnebres. En España, a veces, los muertos son enterrados en soledad, cuando no tienen descendencia o nadie se acuerda de ellos. Yo aún tuve suerte. No tenía descendencia pero a mi entierro vinieron muchos compañeros porque morí relativamente joven, antes que ellos, gente de la profesión, ginecólogos y tal, enfermeras del hospital, todo eso. Sin embargo, Laura no tuvo tanta suerte. A ella la enterraron dos sobrinas. Nadie más fue a su entierro. Ella no tuvo hijos. Nadie se acordaba de ella. Mis compañeros habían muerto en su gran mayoría y los que vivían no estaban para muchos trotes. Los amigos habían muerto o no estaban para muchos trotes. Por eso se perdieron las fotografías. Nadie las recogió. Se vendieron junto a los muebles y todo lo demás. Y las fotos de la India, que ahora salen en internet. Un milagro.

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Quizá esa podría haber sido mi contribución a la ciencia médica, un procedimiento para trasvasar vida, la vida rebosante de los hindúes, a los muertos que ya no la tenemos, un ingenio como si fuera un tubo conectado del cuerpo vivo al cuerpo muerto para hacer esa magnífica trasfusión de vida, muertos resucitados gracias al exceso de vida de los vivos, al menos allí, en la India, esto hubiera sido posible, desde luego. No imagino algo similar en Europa, tan encerrada y egoísta, en España, tan individualista e insolidaria, con los vivos tan justitos de vida, pero sí en la India, cualquiera de aquellos niños, y digo bien, niños, hubiera estado dispuesto a ceder parte de su vida, la que le sobrara, para resucitar a un muerto, o a media docena diría yo. Cada niña hindú hubiera podido resucitar, si mi aparato hubiera funcionado, a una docena de muertos de cualquier época. Seguro que lo hubieran hecho. Seguro. Y los muertos de todas las épocas encantados de resucitar, aunque fuera en la India y en la miseria. Esto os lo garantizo. Más vale ser mendigo en la India, donde, por otro lado, todos dan algo, que muerto en la nada. Más vale.

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Y luego la calle. Bueno, la calle o el exterior, da lo mismo, me refiero al aire libre, sí, a las calles de las ciudades, o las carreteras, los caminos, los campos también abarrotados, los templos, los sitios turísticos, todo lleno de humanos tan vivos, tan interesados por todo, tan atentos, esas miradas, esos gestos, esas enfermedades que les colgaban de sus cuerpos y que eran tan visibles, todo tan visible, tan expuesto, la miseria, la alegría, la pena, la palabra, las miradas, las presencias, los cuerpos de carne, las vestimentas, los olores, aquellos olores que resucitarían a un muerto, aquellas gentes tan vivas que resucitarían a un muerto, cualquiera de ellos tenía vida suficiente en las venas para resucitar a uno o dos muertos. Y como eran tantos. Y como son tantos…

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Era sorprendente la acumulación de carne humana que había por todas partes. Salías de la habitación del hotel, cruzabas el umbral, y ya en los pasillos te topabas con los hindúes, camareras de pisos en cuadrillas, encargados o conserjes o mozos o cocineros o pinches por todas partes, en la recepción te atendían de dos en dos, y nada más salir, en la puerta del hotel, taxistas llamando tu atención, gente en la calle, siempre gente en la calle, de día y de noche, siempre. Me despertaba en mitad de la noche, me asomaba a la ventana y ahí estaban, como esperando a que me asomara, decenas de personas a las cuatro de la madrugada yendo y viniendo, mirando hacia mi ventana, saludando, como si estuvieran esperando, como si su presencia allí debajo estuviera ligada con mi presencia allí arriba y la eventualidad de que me asomara. Como si los hubieran contratado los del hotel para agasajar a sus clientes.

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Y Laura mirando con ojos alucinados esa eclosión de natalidad. ¿Por qué yo no? Se preguntaba. ¿Por qué todas ellas sí y yo no? Millones de mujeres pariendo sin descanso, vaya espectáculo. A ellas, las hindúes, les sobraban los hijos, eso saltaba a la vista. Sin embargo, Laura no pudo tener hijos, por mi culpa, puede ser. Hubiera sido tan sencillo comprar un crío de aquellos, llenos de suciedad y cicatrices, llenos de sonrisas y vitalidad. Tan sencillo. Tan sencillo por unos cientos de rupias llevarse a un crío hasta el avión, hasta Barcelona, y limpiarlo bien, y vacunarlo, y educarlo en el catolicismo, y hacer de él un hombre de provecho, con una buena profesión y posibles, con dinero suficiente para que él, 50 años después, hiciera su viaje a la India en busca de sus raíces. Tan sencillo. ¿O no?

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Quizá por eso escogí la India para el viaje de nuestra vida, por la esterilidad de mi mujer, por la ausencia de los hijos, cierta desesperación en los ojos de Laura cada vez que las pruebas daban negativo. Cada vez que me miraba. Por eso hicimos El Viaje con mayúsculas, ese que se hace una sola vez y que queda prendido de la memoria, y es verdad, para el resto de la vida. Aún diría más, ese viaje queda prendido de la memoria para el resto de la muerte. Por eso el viaje a la India era algo especial. De alguna manera teníamos que compensarnos. Una pareja en crisis hace un viaje para salir de la crisis. ¿Morbo? ¿Deformación profesional? ¿Exotismo? ¿Misticismo? Bueno, también, un poco de todo. Los cuerpos humanos, allí, en la India, lo son todo. Todo.

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