Archivo de la Categoría “En el bosque”

La magia en el bosque.
Según Parecelso, los espíritus de las plantas serían las dríadas, hamadríadas, los silvanos, los faunos; los dusii de San Agustín, las hadas de la Edad Media, los Doire Oigh de los galos, los Grove Maidens de los irlandeses. Paracelso da el nombre de silvestres a los habitantes de los bosques, y ninfas a los de las plantas acuáticas. Son los seres elementales, habitantes del plano astral que aspiran a elevarse hasta la condición humana, dotados de una inteligencia instintiva. Pueden producir curas y visiones sorprendentes. Este mundo astral tiene por nombre para los vegetales Leffas, según Paracelso, y combinado con su fuerza vital constituye el Ens primum, que posee las más altas propiedades curativas. Éste es el objeto de la Palingenesia o renacimiento de los seres, en este caso las plantas. El simbolismo vegetal se halla extensamente expuesto en los libros sagrados: el árbol de la ciencia del bien y del mal y el árbol vivificador del jardín del Edén, en la Biblia; el árbol de Sephiroth de la Kábala; el Aswatta, o higuera sagrada; el Haonna de los mazdeístas; el Zampoun del Tibet; el Iggradsil, el roble de los antiguos Celtas, o Yggdrasil, árbol del mundo del que brotaba la mágica hidromiel de la sabiduría, mencionado en la mitología noruega; el “árbol del mundo” o “árbol de la vida” del folclore siberiano, identificado como un abedul… Es por eso que la admiración por ciertos árboles monumentales, ancianos, de porte magnífico, sería una especie de neopaganismo, pero despojado de supersticiones y excesos, fruto de la observación de hombres que normalmente viven en entornos urbanos.
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La voluntad.
Una frase pronunciada por un personaje de Solaris, la película de Andrei Tarkovski basada en la novela se Stanislav Lem: “La Naturaleza hizo al hombre para que la conociese”. Lo que implica varias cosas. La Naturaleza tenía, entonces, la firme voluntad de hacer al hombre, que no sería un accidente sino un designio en esa concepción panteísta. Y lo hizo con una finalidad determinada, que el hombre llegara, mediante la evolución y su inteligencia, a comprender que es hijo de la Naturaleza, a reconocer su ascendencia, y que por lo tanto llegara a idolatrar a su progenitor en una era anunciada de respeto por los valores naturales. Podría estar de acuerdo, pero a mí se me cuela el Azar, que sustituye a la Voluntad. La Naturaleza, así, evolucionaría hacia el hombre accidentalmente, a golpe de mutación y tiempo, y el hombre, a su vez, llegaría a comprender el fenómeno evolutivo para reconocer su progenie accidental y llegar a esa armonía tan anhelada.
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Una excursión.
Ahora, en primavera, si el clima acompaña, es buena época para hacer excursiones por el valle, por ejemplo, saliendo desde el Refugio de Pineta y cruzando el río hacia las Inglatas. Desde allí, comienza una fuerte ascensión por Las Fayetas, un espléndido hayedo. Atravesando los barrancos de las Fayetas, la Espluca Negra y la Solana, se llega a un paraje denominado Planeta la Fuen, donde el camino se divide en dos: a la izquierda, hacia el Collado de Añisclo y el valle del mismo nombre, a la derecha, hacia la Faja Tormosa y la cabecera del Cinca. Y por aquí seguimos, remontando el valle entre extensos campos de acónito sobre los que es posible encontrar ejemplares de flor de la nieve o edelweis. Es el punto en que termina el territorio que domina el pino negro, que desciende ladera abajo sembrando de troncos retorcidos el profundo desnivel. El sendero atraviesa otros barrancos, Tormosa, Feixa el Tabo, las Articas, Esquinarasnos, siempre a la sombra de los macizos que forman las Tres Sorores, el pico de Añisclo o Sum de Ramond (3.259 m), el Monte Perdido (Mon Perdito, 3.348 m) y el Cilindro de Marboré (Zilindro de Marmorés, 3.325 m). Una enorme roca desprendida arrasa todo a su paso, solo unos metros por delante de los excursionistas. El valle, contemplado desde esta altura aproximada de 2.000 metros, sugiere otras cosas, la enormidad de los territorios que se abren, el triunfo indiscutible de un medio natural sobre el que las construcciones de los hombres, allá abajo, y sus siluetas invisibles, carecen de relevancia. Más tarde, el descenso se verifica entre roquedales junto a la Cascada del Cinca, entre hayedos reliquia y sorprendentes bojedales antes de llegar de nuevo junto al Refugio.
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El Cornato.
El Cornato, uno de los parajes más bellos del valle de Pineta, es un bosque joven. No hay todavía grandes ejemplares de abetos, esos que alcanzan los cuarenta metros de altura y un diámetro de tronco considerable y que tanto imponen al paseante cuando se detiene a su sombra. Tampoco se ven colosos caídos sobre el suelo, pudriéndose entre brotes después de haber presidido su parcela de bosque durante varios siglos. La mayoría de los árboles son jóvenes y ello se debe a que el valle de Pineta, la Balle Berde en aragonés, se llamaba así por las extensiones de terreno dedicadas al cultivo y a la pastura, que lo teñían de ese color. Ahora, sigue siendo verde, más incluso que hace medio siglo, ya no por los campos sembrados y los pastos de vacas y ovejas, sino por esos bosques jóvenes que comenzaron, hace cuarenta o cincuenta años, libres ya de la influencia humana y de sus cultivos, a colonizar de nuevo su hábitat natural.
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Locus Terribilis.
Desde el interior, el bosque se muestra como un espacio propicio para la soledad, la reflexión y el conocimiento de la naturaleza. Quizá por su color oscuro, del verde al negro, por su impenetrabilidad, por ser territorio donde habitan las fieras, se expliquen las tenebrosas imágenes ligadas al bosque que subsisten en el imaginario colectivo. Simbólicamente, el bosque es una ocasión excelente para acceder al universo del inconsciente de los sueños, los símbolos y los mitos. La imagen típica de la naturaleza salvaje, la soledad, el miedo, son elementos que el paisaje boscoso evoca en la mente humana. El bosque es una invitación a la soledad y el aislamiento. Alimenta miedos atávicos, leyendas, cuentos, historias de brujas y duendes. También surge del bosque una representación que enfatiza la vertiente iniciática: los grandes héroes de la humanidad, después de pasar un tiempo de meditación clandestina en el bosque, vuelven al orden humano para comunicar su lenguaje innovador, revolucionario (San Juan Bautista, Zaratrusta, el Ché).
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El secreto del bosque viejo.
El secreto del bosque viejo, novela de 1935 del italiano Dino Buzzati, es una obra interesante localizada en un entorno natural boscoso, el llamado Bosque Viejo, el abetal más antiguo del mundo, que recibe en herencia el coronel Sebastiano Procolo. Hasta ese momento, el Bosque Viejo había permanecido virgen durante cientos de años, pero el coronel quiere explotarlo. Los habitantes del bosque, los duendes que moran en el interior de cada abeto, se oponen a sus planes. Es una visión animista, que insufla vida antropomórfica a los animales, las plantas y los fenómenos meteorológicos, que cobran vida consciente. Parece una lucha entre la intransigencia humana y su afán de explotar los recursos naturales y el mundo natural, un mundo natural dotado de una vida de rasgos antropomórficos. Pero al final, el coronel muere como un árbol, lentamente, plantado en medio del bosque, semienterrado por la nieve del temporal, sin haber podido talar los árboles centenarios, que observan su agonía.
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Insignificancia.
La insignificancia del ser humano queda en evidencia en valles feraces como Pineta, donde la naturaleza todavía conserva características casi primigenias, cercanas a lo salvaje, con poca intervención de la mano del hombre, y eso se nota en la virulencia de los fenómenos meteorológicos, las heladas y temporales, el frío extremo y las cumbres de más de tres mil metros, y en la competencia con otros seres que lo pueblan, en contraste con las monocordes ciudades, como los árboles centenarios que seguramente vivirán lo que varias generaciones o los insectos efímeros en formaciones multitudinarias. En todo caso, en el valle el ser humano ocupa una posición marginal, a pesar de las aglomeraciones agosteñas, y eso se nota cuando se pasea por el bosque un lunes cualquiera de un mes sin turismo como febrero.
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Emboscadura.
Acercarse a los límites del bosque es habitual, está al alcance de cualquiera, de esos miles de turistas que se acercan en sus automóviles hasta las entradas de los parques naturales y los saturan con su indumentaria de centro comercial. Pero meterse en el bosque de verdad, en su espesura, fuera de los senderos y los caminos, es “emboscarse”, franquear el límite que separa la naturaleza de la cultura, el límite entre el orden humano y el caos de la Naturaleza. Meterse es penetrar un espacio hostil, residencia furtiva de espíritus misteriosos, bestias salvajes y fugitivos de la justicia. Por eso casi nadie lo hace, aunque esa hostilidad forme parte más de la leyenda que de la realidad. El bosque, más de noche que de día, es la región desconocida que envuelve el microcosmos donde habitan el caos, la muerte y la oscuridad. Sentarse sobre un tocón, entonces, es un ejercicio que nos lleva a otra realidad, a la iluminación.
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Simbiosis.
Además de las catástrofes, las mutaciones y la recombinación del ADN, el cuarto motor de la evolución sería la Simbiosis o creación de nuevas especies a través de fusiones entre miembros de antiguas. Se ha señalado que también el ser humano es fruto de esa Simbiogénesis, y que solamente ha llegado a su estado evolutivo gracias a las uniones entre organismos mucho más simples, como las bacterias. De hecho, no somos más que colonias de bacterias y células especializadas que componen a un individuo que se renueva del todo cada veinte años, conservando su conciencia individual, como un ordenador al que le sustituyen sus componentes poco a poco y que, sin embargo, sigue respondiendo a las mismas órdenes y atesorando los mismos archivos. La Simbiogénesis supuso una pequeña revolución en las teorías sobre el desarrollo de la vida sobre la Tierra, ya que puso el acento en la cooperación y la alianza antes que en el combate y la adaptación. No solo hubo mutaciones que resultaban favorables a los individuos o no, o catástrofes que dejaban huecos evolutivos a especies mejor adaptadas, con la carga de tragedia que ello supone, sino alianzas entre seres para avanzar en la escala evolutiva. Toda una enseñanza en un lugar como Pineta y sus bosques, el territorio que poco a poco se despoja del dramatismo, de su carácter de locus terribilis, para reclamar otro tipo de valores, como la ebriedad o la cooperación.
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Miedo.
¿Qué otra cosa sino miedo deben sentir los habitantes naturales de este valle ante la incursión de los ruidosos y estrafalarios humanos? Es seguro que las ardillas y las aves, los insectos y las plantas, nos perciben con gran anticipación, ya cuando llegamos a bordo de nuestros arrogantes automóviles y nos extendemos, como una plaga, por las inmediaciones del Parador de Turismo de Bielsa. Entonces, los ruidos provocados, el griterío, la chillona coloración de las prendas de vestir, los olores que vuelan raudos impulsados por el viento, la inquietante visión de los enormes mamíferos en manada colonizando la zona, debe asustar a los moradores de todos los días, que han retirarse a las partes más lejanas y recónditas en espera de que, a la noche, o fuera de las fechas señaladas, la multitud de humanos dejen de importunar. Habría que imaginarse un escenario parecido en las ciudades ante la llegada de una especie fenomenal que nos obligara a nosotros a refugiarnos lejos de su campo de percepción. Pero la capacidad de fabular está, últimamente, muy recortada.
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