Archivo de Octubre 2008

La hipótesis Gaia.

Que la Tierra es un todo, un sistema autoorganizado y vivo, es la teoría que alumbraron James Lovelok y Lynn Margulis hace ya unos cuantos años. Partiendo de la constatación de que la temperatura en la superficie de la Tierra se ha mantenido constante, a un nivel confortable para la vida, durante los últimos cuatro mil millones de años, independientemente de los cambios naturales y cíclicos, llegaron a la conclusión que debía existir algún mecanismo regulador de la misma, que definieron como una compleja red de bucles de retroalimentación que implicaba tanto a los sistemas vivos, desde las bacterias a los mamíferos, como a los no vivos, como las rocas, los océanos y la atmósfera. Así, la Tierra sería capaz de autorregularse las condiciones aptas para su propia existencia. Y observando lo que sucede en un valle como Pineta, desde los cristales hexagonales de hielo al vuelo de las rapaces, desde las intricadas relaciones entre las comunidades de hormigas hasta la presencia humana, desde la retracción de los glaciares hasta los vendavales que derriban árboles, parece que esa teoría se confirma continuamente. Todo está relacionado, el cadáver que se descompone con la vida que se genera, los fenómenos meteorológicos y la configuración de la orografía, el estiércol de las vacas con la ebriedad. Y es aquí donde se pueden recoger las pruebas para concluir que Gaia no está amenazada por los humanos, al contrario, que fue capaz de generar la vida mucho antes de nuestra aparición y que seguirá haciéndolo cuando nos hayamos extinguido.

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Es verdad, además de la vida, también la muerte estaba siempre presente en las ciudades de la India. Ibas tan tranquilo, eso siempre dentro de lo que cabe, por las calles de una ciudad y de repente te cruzabas con un entierro. Siempre eran multitudinarios esas ceremonias fúnebres. En España, a veces, los muertos son enterrados en soledad, cuando no tienen descendencia o nadie se acuerda de ellos. Yo aún tuve suerte. No tenía descendencia pero a mi entierro vinieron muchos compañeros porque morí relativamente joven, antes que ellos, gente de la profesión, ginecólogos y tal, enfermeras del hospital, todo eso. Sin embargo, Laura no tuvo tanta suerte. A ella la enterraron dos sobrinas. Nadie más fue a su entierro. Ella no tuvo hijos. Nadie se acordaba de ella. Mis compañeros habían muerto en su gran mayoría y los que vivían no estaban para muchos trotes. Los amigos habían muerto o no estaban para muchos trotes. Por eso se perdieron las fotografías. Nadie las recogió. Se vendieron junto a los muebles y todo lo demás. Y las fotos de la India, que ahora salen en internet. Un milagro.

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Aquel día volvimos a comer en el hotel de Mestre porque estaba incluido en el precio y después de una siesta vuelta a Venecia. Hicimos muchas compras, nos llovió y perdimos una hora en el coche en el puente largo con un embotellamiento que nunca había visto cosa igual en Barcelona, a pesar de ser capital también con muchos coches. Pero así y todo pudimos hacer lo que queríamos. Un paseo en góndola de una hora visitando la tienda de Murano donde compramos unos detallitos para la familia y para nuestros salones. El gondolero no cantaba ni nada, bueno, por decir no dijo ni pío, pero aún con todo resultó un paseo agradable y caro. En la foto, se ve a Flora como siempre muy seria ya que nunca se relajaba, y en góndola menos todavía por la imposibilidad de satisfacer las apreturas si se presentaban. Francisco sale mal a un lado. Y yo sonriendo como siempre para ayudar a Flora y hacerle olvidar sus problemas intestinales, a pesar de que a mí la acidez me comía por dentro.

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Quizá esa podría haber sido mi contribución a la ciencia médica, un procedimiento para trasvasar vida, la vida rebosante de los hindúes, a los muertos que ya no la tenemos, un ingenio como si fuera un tubo conectado del cuerpo vivo al cuerpo muerto para hacer esa magnífica trasfusión de vida, muertos resucitados gracias al exceso de vida de los vivos, al menos allí, en la India, esto hubiera sido posible, desde luego. No imagino algo similar en Europa, tan encerrada y egoísta, en España, tan individualista e insolidaria, con los vivos tan justitos de vida, pero sí en la India, cualquiera de aquellos niños, y digo bien, niños, hubiera estado dispuesto a ceder parte de su vida, la que le sobrara, para resucitar a un muerto, o a media docena diría yo. Cada niña hindú hubiera podido resucitar, si mi aparato hubiera funcionado, a una docena de muertos de cualquier época. Seguro que lo hubieran hecho. Seguro. Y los muertos de todas las épocas encantados de resucitar, aunque fuera en la India y en la miseria. Esto os lo garantizo. Más vale ser mendigo en la India, donde, por otro lado, todos dan algo, que muerto en la nada. Más vale.

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Por la mañana nuevamente en Venecia. Todo es tan hermoso que dedicarle letras no tiene importancia. No se me ocurre en realidad qué decir, salvo que hacía mucho calor, que había muchos turistas que todo lo llenaban y nos incomodaban y que los precios eran bastante altos para lo que daban. Los restorantes siempre llenos y caros, casi más que en Francia aunque no se pueden comparar. Está todo pensado para el turista. Pero lo mejor son los canales que como calles recorren la ciudad. Es algo único en el mundo, creo yo, y da gusto sentir el agua que yo pensaba maloliente. A Flora todo esto le da mucho pis, pero como venía ya sobre avisada tampoco sabemos si es un efecto diurético del agua de la ciudad o su propia preocupación, que nunca le abandona. Lo que nunca olvidaremos es el gentío que había por la Plaza de San Marcos y alrededores, que no se podía dar un paso sin pisar a un turista. De todas formas visitamos la Catedral, más hermosa por fuera que por dentro. La Torre del reloj extraña y antiquísima. Otra torre, la más alta donde se sube por lo menos en ascensor la mitad de ella. Tomamos un refresco en la plaza de San Marcos, donde nos preguntaron por nuestra nacionalidad y al servirnos el refresco nos tocaron un chotis. Delicadeza que acostumbran a hacer por lo visto con el turismo pero que nos cobraron 25 pesetas por cada Coca-cola de las mujeres y 50 cada grapa de los hombres. Las atenciones en todas partes cuestan caras.

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Manuel Puyol Dávila.

Militar español nacido en Écija (Sevilla) en 1845 y muerto en La Habana en 1883. Cuando estalló la insurrección de Yara marchó a Cuba con el grado de teniente. Fue ayudante del brigada Suances, con quien se halló en varios hechos de armas, entre ellos en un reñido encuentro con las fuerzas de Pueyo, general de los sublevados cubanos, en el cual fue herido Puyol Dávila. En noviembre de 1879 fue nombrado jefe de columna en el departamento de Guantánamo, en cuyo territorio tuvo lugar, a fines de marzo de 1880, su gloriosa resistencia, llevada a cabo heroicamente en la Loma de la Doncella, combatiendo durante tres días contra el enemigo al frente de una pequeña columna de 162 hombres, faltos de víveres, de municiones y hasta de agua con que aplacar la sed, habiendo perecido muchos de sus soldados. Por todo ello se le otorgó la cruz laureada de San Fernando, como también al soldado Julián Cueva Ulloa por haberse prestado voluntariamente a ir a Río Seco para dar aviso al jefe de las tropas allí acantonadas de la precaria situación de la columna. Desgraciadamente, este heroico soldado murióse de manera absurda al atragantarse con un corcho de ron en La Habana en 1883.

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Y luego la calle. Bueno, la calle o el exterior, da lo mismo, me refiero al aire libre, sí, a las calles de las ciudades, o las carreteras, los caminos, los campos también abarrotados, los templos, los sitios turísticos, todo lleno de humanos tan vivos, tan interesados por todo, tan atentos, esas miradas, esos gestos, esas enfermedades que les colgaban de sus cuerpos y que eran tan visibles, todo tan visible, tan expuesto, la miseria, la alegría, la pena, la palabra, las miradas, las presencias, los cuerpos de carne, las vestimentas, los olores, aquellos olores que resucitarían a un muerto, aquellas gentes tan vivas que resucitarían a un muerto, cualquiera de ellos tenía vida suficiente en las venas para resucitar a uno o dos muertos. Y como eran tantos. Y como son tantos…

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Venecia es algo único creo que en el mundo. Todo es distinto a todo, y el agua que según me habían dicho era pudiente y horrible, es la que da toda la belleza al paisaje. No diré que sea clara y hermosa como un río, pero no se siente mal olor sobre todo en los canales grandes y no está sucia ni mucho menos. La ciudad está llena de turistas y esto es uno de los inconvenientes que presenta, siempre hay gente por todas partes lo que a nosotros no nos gusta. Se ven gentes de todas las naciones de Europa y puedo decir que los españoles somos de los más educados y bien vestidos. Se ven extranjeros creo del norte que llevan unos pantalones horrorosos y que lo enseñan todo, sobre todo ellas, las señoras, por llamarlas de alguna manera. La gente creo ha perdido en Europa la compostura, no así las italianas, que van más elegantes con vestidos como nosotras. Y los italianos siempre trajeados que da gusto verlos, igual que nuestros hombres, que dan cien vueltas a los extranjeros. Pero pese a todo Venecia es única en el mundo. Hicimos el día entero y terminamos agotados. Flora siempre quejándose de los retretes venecianos, escasos y sucios. En esto le doy la razón. Y de noche muchas cosas no se destacan pero tiene un encanto especial que no se olvida.

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Era sorprendente la acumulación de carne humana que había por todas partes. Salías de la habitación del hotel, cruzabas el umbral, y ya en los pasillos te topabas con los hindúes, camareras de pisos en cuadrillas, encargados o conserjes o mozos o cocineros o pinches por todas partes, en la recepción te atendían de dos en dos, y nada más salir, en la puerta del hotel, taxistas llamando tu atención, gente en la calle, siempre gente en la calle, de día y de noche, siempre. Me despertaba en mitad de la noche, me asomaba a la ventana y ahí estaban, como esperando a que me asomara, decenas de personas a las cuatro de la madrugada yendo y viniendo, mirando hacia mi ventana, saludando, como si estuvieran esperando, como si su presencia allí debajo estuviera ligada con mi presencia allí arriba y la eventualidad de que me asomara. Como si los hubieran contratado los del hotel para agasajar a sus clientes.

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En fin, dejamos Cremona y pronto en ruta otra vez, por esas carreteras tan bien hechas que tienen los italianos, autoestradas las llaman, con tantos carriles que los hombres se vuelven como locos y corren una barbaridad. Entre el FIAT y las autoestradas, parece que no les interese nada más. Al fin llegamos a Padua entre un lío tremendo de coches que no se puede imaginar. Esta ciudad tiene todo su poder en la hermosa y regia catedral de San Antonio donde tiene un altar dedicado al santo que creo no puede existir mejor en todo el mundo. Romano gótico con cúpulas semiesféricas. Digno de verse, de recordar y de no olvidar nunca. Nosotras, desde luego, nunca lo olvidaremos, pues hasta tienen retretes bien limpitos para los visitantes, que creo que es la primera iglesia que yo visito que los tenga. Algo de primera, y en esto estábamos todos de acuerdo. Y Flora relajadita que hasta se puso de rodillas a rezar un rato en un banco, como si tal cosa, como en casa, a pesar de la postura, que ella prefiere estar siempre sentada, como taponando. Nos pasamos algún tiempo en la Basílica, dando vueltas y mirándolo todo con detenimiento, pero para verse tal como se merece hubiéramos tenido que pasar en ella un par de días. Sin embargo estaba ya todo fijado y salimos hacia Mestres a media tarde, donde nos íbamos a alojar por resultar mucho más económico que Venecia, en donde todo es tan caro y hay que andarse con mucho cuidado.

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