Archivo de Enero 2009

 

Los fractales.

En 1904, Helge von Koch ideó la “curva del copo de nieve”, una curva matemática que representa un fractal compuesto de triángulos equiláteros que van haciéndose sucesivamente más pequeños, por lo que refleja bien el comportamiento de los fractales: tienen siempre la misma estructura en todas las escalas. Un segmento de la curva del copo de nieve, ampliado diez o cien veces, sigue teniendo la misma forma. Más adelante, la palabra fractal y el desarrollo de esa teoría matemática se debieron a Benoît Mandelbrot, que la formuló en torno a 1975 en su The fractal geometry of nature. La mayor parte de la naturaleza es muy complicada. Si se quiere hablar de nubes, montañas, ríos o relámpagos, el lenguaje geométrico resulta inadecuado. Así que Mandelbrot creó la geometría fractal (“un lenguaje para hablar de las nubes”) para describir y analizar la complejidad del mundo natural que nos rodea. La propiedad más sorprendente de estas formas fractales es que sus patrones característicos se encuentran repetidamente en escalas descendentes, de modo que sus partes, en cualquier escala, son semejantes en forma al conjunto: rocas en montañas que se asemejan a pequeñas montañas, bordes de nubes que repiten el mismo patrón una y otra vez… Cuanto más sesgados los perfiles del relámpago o los bordes de las nubes, cuanto más abrupto el perfil de costas y montañas, mayor será su dimensión fractal. De todos los modelos de fractal, es quizá el patrón fractal de las nubes el más asombroso, y el que inspiró a Mandelbrot. La autosemejanza alcanza hasta siete órdenes de magnitud, lo que significa que el borde de una nube, ampliado diez millones de veces, sigue mostrando el mismo aspecto conocido.

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A Lupe la veo mejor que nunca, ya recuperada del todo de aquellos ataques que le dieron a comienzos de este año de 1936 y que tanto nos preocuparon, pero parece revivir a cada hora que pasa en la cala, tanto bien le están haciendo los rayos de sol que todo el día doran su piel, la brisa del mar que llega para refrescarnos, los baños en unas aguas tan limpias y frescas, los alimentos que ingiere con una gana del todo recobrada, sobre todo esos mejillones y cangrejos que se come para la cena. Daría gusto seguir aquí más días solo por verla a ella rejuvenecer cada día que pasa, que así de evidente se va produciendo su recuperación. Llevamos cuatro días en la cala y ya nos parece que hubiera pasado un tiempo mucho más dilatado, yo diría que un mes, el tiempo aquí no corre y fue una buena idea dejar en nuestro piso de Madrid los relojes que nos marcan el fluir de los días en la cotidianeidad. Ya verán cuando regresemos las fotos de Lupe y Ricardito para comprender que mis palabras no son exageradas y que las cosas aquí van viento en popa, nunca mejor dicho, como la brisa que nos refresca y que viene desde el mar.

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Sí, exactamente como decía Barthes la fotografía de los vivos es un aplastamiento del Tiempo con mayúsculas. Aunque en el caso de esta foto quizá ocurra todo lo contrario, que el Tiempo ya había sido aplastado completamente, en la muerte de esa anciana tumbada sobre su catafalco, y que el fotógrafo se limitara a constatar lo ineludible. Si el vivo que muestran las fotografías del pasado hace de la muerte un asunto redundante, “esto ha muerto y esto va a morir”, un asunto doble, como si la muerte hubiera de jugar todavía dos veces, la fotografía de una muerta, la anciana en su catafalco, simplifica el significado fotográfico al mostrar la muerte real de algo doblemente muerto. Ella ya estaba muerta en el momento del acto fotográfico, por lo tanto la instantánea de los muertos muestra la verdadera esencia de la fotografía, la tanatografía, la imagen de lo inmóvil y yerto, la definición gráfica de la muerte. La anciana ya había muerto y por lo tanto no había de volver a morir.

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Es verdad que la fotografía ilustra mejor que cualquier otro arte, por su fidelidad al modelo, por su inmovilidad, la quintaesencia de la tanatografía, la representación de los muertos, del tiempo pasado, la detención del fluir del tiempo y el recordatorio de la caducidad de los instantes. La Estación del Sur esperaba la llegada de los ferrocarriles que venían de Mar del Plata, Bahía Blanca, Comodoro Rivadavia, la Patagonia y Tierra del Fuego. Había gente en el andén, esperando ese momento, la llegada de un familiar o un amigo, apenas siluetas perceptibles, borrosas, un número indeterminado de personas, un baúl sobre el suelo, un reloj que marcaba una hora detenida, las 3 y 22 minutos de una tarde perdida y olvidada. Ese reloj estaba en marcha y al fotografiarlo quedó parado, marcando para siempre esa hora ya eterna. Como eternos los personajes congelados en la instantánea, que de alguna manera vencieron también al tiempo que fluía sobre sus cabezas.

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Joaquín Ferrero y Escalera.

Actor español del siglo XVIII, ya finado, uno de los graciosos más notables de aquel tiempo, nacido y muerto en Cádiz (1781-1839). La fotografía que ofrecemos fue tomada hacia 1867 sobre un retrato al óleo realizado en 1832. En 1799 Ferrero y Escalera pasó a la compañía madrileña del actor Ribera. Al solicitar un aumento en la ración (sobresueldo que los cómicos disfrutaban el día en que trabajaban), alegaba ser el primero representando los papeles de figurón o de caracteres especiales. Cuando la invasión francesa fue uno de los actores que se refugiaron en Cádiz en 1812, población tenida por muchos como la verdadera capital de España, por residir en ella el gobierno nacional y las Cortes, y a su instancia se dispuso la apertura del teatro de Cádiz. Merced a su patriótica iniciativa, se formó una notable compañía, en la que figuraban la eminente dama Agustina Torres, el ilustre galán Juan Carretero, compañero del gran Isidoro Máiquez, y él mismo, que estrenaron la hermosa tragedia de Martínez de la Rosa Lo que puede un empleo (1812). Desgraciadamente, la pasión del juego le perjudicó mucho y le impidió adelantar en su carrera.

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Ricardito está disfrutando como nunca, aunque no tenga amiguitos cerca ni un hermano con quien jugar, ya que su madre está todo el día con él atendiéndolo y dedicando todo su tiempo y amores. Tanto es así que hoy, 18 de julio, se han pasado la tarde recogiendo ramas de los pinares de los alrededores para construir una cabaña en un abrigo de las rocas. Y no saben lo feliz que se ve al niño metido en su nuevo escondrijo, que debe sentirse como un náufrago en una isla desierta, que algo así nos sentimos todos, tan aislados y contentos y con este tiempo de sol y calor que aquí, y no en la ciudad donde quedaron ustedes, es una maravilla. Y no crean, a mí también me toca meterme en esa cabaña improvisada para jugar a los robinsones, y en verdad me siento como tal, como un pionero, como un habitante del mundo primitivo en un momento de la creación en el que no debía existir violencia, como si estuviéramos en un paraíso en el que hasta las fieras se comportaran amablemente con los hombres.

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El papel de las setas.

Puede afirmarse el papel fundamental que estos antiquísimos organismos juegan en la cadena evolutiva. Sin ellos, gran cantidad de desechos y residuos que dejan otras especies, desde los excrementos de las vacas a los troncos caídos en el bosque, nunca llegarían a reciclarse e introducirse de nuevo en la cadena trófica. Los hongos se nutren de esos residuos, a la vez que sus propios desechos sirven de sustrato nutritivo a otras especies. Casi todas las plantas dependen de algún hongo diminuto que facilita la absorción de nitrógeno por las raíces. Puede decirse que las raíces de los árboles del bosque están interconectadas por una inmensa red de hongos que ocasionalmente emerge a la superficie en forma de setas. Y llegamos nosotros, los recolectores de setas, para introducirnos jovialmente en la cadena, buscando los portentosos hongos del bosque, guisándolos, comiéndolos en jornadas festivas, expulsando también la materia que, de nuevo reciclada, corre a cumplir su papel en la obra del continuo devenir.

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Cuba, finales del siglo XIX, un blocao defensivo en un paraje indeterminado, soldados que vigilan desde su posición elevada, otros a la izquierda del encuadre que permanecen atentos a las maniobras del fotógrafo. Estas fotografías de antes de la guerra, la de Cuba, cualquiera, son especialmente sugestivas. Da que pensar el observar esas presencias humanas distendidas, relajadas, todavía vivas en un pasado remoto, presente para ellos, que había de cambiar drásticamente poco después. Puede que algunos de los retratados, soldados del ejército español desplazados a Cuba, murieran en combate. Puede que de algunos de ellos esta sea la última fotografía. Vivían el momento, sentían el calor de los rayos del sol, quizá tenían hambre, o acababan de almorzar, puede que alguno de ellos estuviera enfermo pero que eso nada importara si había de morir de un tiro en la cabeza, o en el estómago, tan doloroso. Como decía Roland Barthes, en la fotografía histórica “siempre hay un aplastamiento del Tiempo: esto ha muerto y esto va a morir”. Los soldados retratados ya han muerto a la vez que se disponían a morir en combate.

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Me encanta esta vista de uno de los muelles de pasajeros que había frente al Río de la Plata. Eran construcciones que se adentraban en el estuario y que servían de embarcaderos. El fotógrafo improvisó su toma y captó esta escena callejera sin importancia, una más entre millones posibles, los carritos de venta de productos a los lados, los paseantes que se dirigían a sus quehaceres, el hombre de barba y gorra de la derecha apunto de posar su pie sobre la calzada, el hombre de traje y sombrero de la izquierda también sorprendido caminando, como los peatones del fondo, cada vez más pequeños e indiscernibles, en silencio, esa mañana de un día cualquiera que parece repetirse cada mañana. Como si los pasos dados fueran los mismos que los que damos, como si el caminar de los hombres muertos fuera el mismo caminar nuestro, en cualquier calle, una mañana que ha de pasar y que alguien registrará en otra fotografía casi idéntica. Todos figuramos en fotografías similares, voluntaria o involuntariamente, en primer plano y conscientes o al fondo y sin darnos cuenta, y no será raro que nuestras siluetas formen parte de la reflexión futura de otros, en una prolongación virtual de la cadena metabólica.

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Jerónimo de Tobella y Luzón.

Eclesiástico y filántropo nacido en Nájera (Logroño) en 1840 y muerto en Madrid en 1891. Distinguióse por sus innumerables obras de caridad. Mientras fue rector del hospital de la Latina en Madrid, eran tales sus cuidados con los enfermos, que personas bien acomodadas e incluso nobles solicitaban la entrada en aquel benéfico establecimiento pagando una pensión, aunque esto supusiérales el contacto y la convivencia con los menesterosos y los infecciosos, inconvenientes que suplía con creces el buen hacer de Tobella y Luzón. Más tarde fundó una congregación para socorrer a los clérigos pobres que pasasen por la corte, que eran muchos y sin ningún tipo de recurso, y que también gozó de gran fama, atrayendo a otras personas que se hacían pasar por clérigos. También fundó la Congregación de San Pedro de sacerdotes naturales de Madrid, y fue Nuncio Apostólico del Santo Oficio. Escribió un Elogio de la filantropía (Madrid, 1880) y un Manual de cualidades del buen filántropo y de los usos que debe observar cualquier establecimiento de socorro mutuo (Madrid, 1883), que ha sido considerado como obra pionera del arte del hospedaje.

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