Sí, vida gastada inconscientemente, derrochada a manos llenas en todos los rincones del mundo, como en Buenos Aires en 1880. Gente anónima, la esencia del género, la explicación del impulso vital, del afán de procreación. Vida y muerte, sin que importen las causas. ¿De qué nace la gente? ¿De qué muere? Esta es una fotografía de una calle de un cementerio de Buenos Aires, seguramente el del Oeste o Chacarita, inaugurado en 1867 y que tuvo que ampliarse cuatro años después debido a la mortandad causada por la fiebre amarilla. Sí, la fiebre amarilla causó la muerte, en esas fechas, de 18.360 bonaerenses, cada uno con sus rasgos particulares, su rostro único, su pensamiento personal. La gente moría de tuberculosis, de enfermedades del corazón, de meningitis, de hemorragias cerebrales, de cáncer de estómago e hígado, de arteriosclerosis, tifus y traumatismos. Tantas muertes y ampliaciones constantes de los cementerios, como el de la Recoleta, o el Nuevo Cementerio inaugurado en 1886. Y dos siluetas paseándose, todavía, entre panteones.
Archivo de Febrero 2009Manuel Fernández López, Pocapena. Bravío matador de toros de bastante crédito y fama nacido en Córdoba el 31 de mayo de 1839 y muerto en Baeza en 1889. Empezó en una cuadrilla de niños cordobeses que recorrían las plazas de segunda de Andalucía, y luego fue banderillero en las cuadrillas de su paisano José Rodríguez (Pepete) y Manuel Domínguez (Dominguito). Este le dio la alternativa en el Puerto de Santa María, Cádiz, el 31 de agosto de 1864, corrida en la que cortó cuatro orejas, y se la confirmó Cúchares en Madrid el 5 de mayo de 1865, en donde pudo hacerse con dos rabos. Lo mató un novillo en la plaza de Baeza (Jaén) que le clavó el hasta izquierda en su pulmón derecho, lance que se produjo al saltar al ruedo a ayudar a unos toreritos que él dirigía y cuando acosado por la res iba a refugiarse en un burladero. Ocurrió el hecho el 20 de junio de 1889. Pocapena estaba reputado como uno de los mejores ejecutantes de la suerte de recibir y era afamado también por su sangre fría, su valor y su desprecio por la vida de sus rivales, las reses bravas. Los efectos catastróficos de la nieve. Cuando la nieve se acumula en mucha cantidad su peso puede ser de varios kilogramos por centímetro de suelo. Los vegetales poco flexibles, las leñosas, sufren daños mecánicos importantes. La presión puede ser igualmente importante sobre ramas horizontales. Los movimientos horizontales de la nieve también son importantes pues los árboles adquieren una forma arqueada o presentan ramas únicamente en el lado protegido del choque directo con la nieve. Por ejemplo, el haya a menudo aparece acodada en la base en las laderas de fuerte pendiente: de este modo se compensan las deformaciones derivadas del peso de la nieve durante los primeros años en que el tronco, muy flexible, registra importantes deformaciones. Asimismo, los aludes pueden ser catastróficos. Se producen preferentemente en zonas sin cubierta vegetal, pero cuando afectan a los árboles pueden tumbarlos fácilmente. En estos casos, el bosque queda interrumpido por pasillos o corredores longitudinales correspondientes a las zonas arrasadas, cubiertos de una vegetación resistente al efecto de los aludes. Estas otras chinas falsas, muchachas disfrazadas a principios del siglo XX, tenían los pies normales, enteros, debajo de sus calzados normales, el 36, el 37, el 39. Ocho amigas en carnavales, quedando para disfrazarse en grupo, quedando para confeccionar sus vestidos, aunque los abanicos sean una pequeña incongruencia que no desentona del todo. De todas ellas, sobresale notablemente la única que lleva sombrilla a lo chino, esa que ocupa el centro de la fotografía, de pie, con su rostro extraño, cuadriculado, una cara rectangular, de líneas rectas y alargadas, los rasgos tan mal encajados, las enormes mejillas que parecen caer desde los ojos hasta la barbilla, sus rasgos toscos, los ojos inexpresivos que miran por encima de la cámara que estaba retratándola en aquel preciso instante, con su mandíbula que es más ancha que su frente, con su incongruencia a cuestas. El rostro de esa muchacha, el punctum de la foto, tiene una enorme fuerza de expansión, llega a comérselo todo, al resto de rostros, a las demás muchachas y sus vestido sofisticados. Junto al edificio de la Aduana Vieja, en un momento que parece de marea baja, varias mujeres ya muertas se entretenían lavando la ropa blanca de sus casas. En primer plano, una mujer agachada manipulaba su fardo de ropa, tensaba los músculos, anudaba con sus dedos los bordes de la sábana que contenía el resto de las prendas, sudaba algo por el esfuerzo, la sangre fluía por sus venas, en ese instante acababa de latirle el corazón, como le latería un segundo después de que el fotógrafo accionara el obturador de su cámara. ¿Estaba su corazón en sístole o diástole en el momento del disparo? ¿Gestaba su cuerpo los síntomas de una enfermedad, un tumor maligno tal vez, coágulos en las venas y arterias, las primeras incongruencias de la locura? También sus pensamientos quedaron en suspenso en ese momento. Los retratados no piensan en las fotografías, no les da tiempo, el obturador permanece abierto una décima de segundo y no hay reflexión que quepa en tan corto intervalo de tiempo. ¿Fue feliz esa mujer, tuvo descendencia? ¿Alguien conserva su memoria, alguna pista sobre ella? ¿Dejó un diario, un libro de memorias? Me extrañaría. Cuanto desperdicio, entonces, supone la vida de hombres y mujeres, gastada inconscientemente. Bueno, termino ya esta carta que amenaza con hacerse demasiado larga, a pesar de que mi intención al principio solamente era ponerles tres líneas para decirles que estábamos bien e interesarme por su salud. El día 22 de julio vendrá el taxista y el 24 saldrá el vapor otra vez rumbo a Mallorca, donde pondré esta carta en el correo y donde es nuestra intención pasar una semana más. Esperamos llegar a Madrid el día 31 de julio de 1936. De momento, solo deseo despedirme y desearles lo mejor en salud a los dos, padre y madre, que se cuiden y que sepan que siempre están en nuestro pensamiento. Saluden también de nuestra parte a Luisito, que pronto terminará su servicio militar en Melilla y podrá reiniciar su vida en el punto en el que la dejó. Saluden también a tía Amalia y a tío Antonio y a los primos si tienen ocasión de hablar con ellos allá en su retiro de Burgos, no saben cómo deseamos hacerles una visita a nuestro regreso para abrazarles y comentar todas las novedades de la familia. Un fuerte abrazo y los mejores deseos de Ricardito, Lupe y su hijo que tanto les quiere, Ricardo. Antonio García de la Cerda. Autor dramático nacido a finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX y muerto entorno a 1860, conocido como el Licenciado García de la Cerda, y autor del celebrado Discurso a favor de las comedias, que algunos identifican con un nombrado Juan que usó los mismos apellidos y que era licenciado en jurisprudencia. Este Juan residió en Granada y fue amigo del poeta portugués Juan Rodríguez Silvestre, en honor del cual escribió algunas composiciones. Si, efectivamente, Juan y el Licenciado son un mismo personaje, pues esta creencia se basa solo en la semejanza de nombres y en haber vivido en la misma época, debía ser muy joven cuando frecuentaba la amistad de Rodríguez, muerto en 1823, y si son distintos entonces hemos de confesar que no sabemos nada de su vida, bien que en un documento aparezca como funcionario de la Diputación de Valladolid. Y por si esto fuere poco aún, contribuye a aumentar la confusión el sevillano Diego García, y finalmente hay noticia de un Luis García de la Cerda del que se conservaba en la biblioteca de Osuna un auto fechado en 1803, al que también se ha querido identificar con el tantas veces repetido Licenciado. Por no estar seguros, tampoco lo estamos de que la fotografía, documento tomado hacia 1860 y aquí reproducido, sea suya, circunstancia que de confirmarse daría a nuestro nombre, o a su heterónimo, larga vida. Cien días. Sigue el valle cubierto de nieve, y ya vamos para cien días. Que yo sepa, al menos han caído tres grandes nevadas de medio metro de espesor, y algunas más como la de esta noche, de unos 20 centímetros. Entonces, este año la media anual de cuarenta y un días se sobrepasará con creces, aunque bien es cierto que el invierno pasado fue especialmente escaso en nevadas. De ahí las medias, las estadísticas que tanto nos atraen. Debemos reconocer que el horizonte de la percepción humana es bastante corto, dada nuestra esperanza de vida media, y que enseguida nos lamentamos o nos felicitamos por los malos o buenos años, que no sabemos tener paciencia en nuestra relación con la Naturaleza, que lleva más de tres mil quinientos millones de años desarrollándose, sin elaborar estadísticas. Tres damas chinas en París, hacia 1860, en una fotografía de estudio en formato carte de visite, ataviadas con trajes tradicionales de su país, que hubieron de traerse en sus baúles para tan largo viaje. Quizá se instalaron allí, puede que formaran parte del personal de la legación diplomática de China en Francia, o que fueran parte del séquito de un importante hombre de negocios en ruta por Europa, o de un noble que estuviera dando la vuelta ociosa del mundo. Era el siglo XIX, la fotografía acababa de echar a caminar, era un acontecimiento especial este de retratarse en el estudio de un fotógrafo de los bulevares de París, por eso ellas se ataviaron de esa manera, peinados y tocados tradicionales, trajes tradicionales, calzado tradicional… El puctum de esta fotografía, sin duda, los diminutos pies de las dos chinas sentadas en primer término, pies atrofiados, vendados, que respondían a un canon de belleza, los pies de loto dorado, pies cubiertos por diminutos y bellos zapatos, pies retorcidos y mutilados, enfermos debajo del zapato confeccionado tan lujosamente. Por mi parte, decirles que me encuentro, como pueden deducir de estas líneas, en uno de los momentos mejores de mi vida, sin ningún género de dudas, viendo disfrutar a Lupe y a Ricardito minuto tras minuto, y disfrutando yo también de los beneficios de esta terapia naturista, el contacto con el sol y el agua del mar, con la brisa y la sombra de los pinos, dedicando mi tiempo, alejado del despacho y de las obligaciones, a la pesca, a los baños de sol y mar, a los juegos con mi hijo, a la compañía de Lupe, a la práctica de mi afición por la fotografía que, creo, tan bien documentará nuestra estancia en esta cala del fin del mundo. Nadie se ha acercado hasta aquí en estos días, ningún alma hemos visto en nuestras correrías por los alrededores, todo lo más un hortelano en lontananza, o una barca de pescadores a unos centenares de metros de la costa. Era lo que buscábamos, soledad y alegría de vivir, y creo que lo hemos hallado con creces. Da pena pensar en el final de estos días y en el regreso a la pura realidad, pero de momento seguiremos disfrutando. |










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