Archivo de Abril 2009

Clotilde Bosch y Bisbal.
Arpista nacida en Santa Cruz de Tenerife en 1840 y desaparecida en torno a 1869 cerca de Madrid. Esta arpista tinerfeña fue discípula aventajada de su madre, doña Engracia de Bisbal, empezando a tocar su virginal instrumento de muy jovencita, dícese que a la edad de seis años, cosa que asombraba a sus coetáneos. Desde 1850 comenzó a realizar giras por los más afamados teatros de Europa y América, cosechando siempre un éxito sin precedentes, siempre en compañía de su instrumento, que nunca abandonó a pesar de que con el tiempo el susodicho íbase ajando y perdiendo sus cualidades originarias, lo que a Bosch y Bisbal parecía no importar, pues ella siempre lo cuidó como si formara parte de su anatomía. Tanto es así, que hubo de cesar en su rentable actividad por los problemas que le ocasionaba su instrumento, llegando su dueña a enfermar y a verse obligada a abandonar los escenarios. Pasó los últimos años de su vida en Madrid, olvidada del mundo del espectáculo, solo visitada por media docena de incondicionales amantes ellos también de sus respectivos instrumentos, hasta que desapareció sin dejar rastro, en compañía de su arpa, en el curso de una excursión por la sierra de Guadarrama, donde desde entonces se honra su memoria en el paraje llamado El arpa de Clotilde.
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Insignificancia.
La insignificancia del ser humano queda en evidencia en valles feraces como Pineta, donde la naturaleza todavía conserva características casi primigenias, cercanas a lo salvaje, con poca intervención de la mano del hombre, y eso se nota en la virulencia de los fenómenos meteorológicos, las heladas y temporales, el frío extremo y las cumbres de más de tres mil metros, y en la competencia con otros seres que lo pueblan, en contraste con las monocordes ciudades, como los árboles centenarios que seguramente vivirán lo que varias generaciones o los insectos efímeros en formaciones multitudinarias. En todo caso, en el valle el ser humano ocupa una posición marginal, a pesar de las aglomeraciones agosteñas, y eso se nota cuando se pasea por el bosque un lunes cualquiera de un mes sin turismo como febrero.
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Foto-relatos cumple su primer año y quiero aprovechar la ocasión para daros las gracias a todos los que lo leéis y lo hacéis posible, y no es un tópico; cuando comencé a editarlo me marqué unos mínimos para seguir y se han cumplido con creces. Espero, entonces, seguir algún tiempo más contando historias basadas en fotografías, esos tremendo álbumes que la gente pierde y que yo rescato para vosotros.
Es momento de dar las gracias a algunas personas que me han apoyado desde sus blogs, como Antón Castro, siempre tan generoso, o Antonio Serrano Cueto y sus magníficos silenos, a Fernando Valls que me apoyó cuando este blog, en su alojamiento primitivo en blogger, sufrió un episodio de absurda censura, o a Encantero, Loren, Mega y tantos otros que han comentado tan acertadamente las entradas. Muchas gracias a todos.
Es un enorme gozo para un escritor recibir mensajes desde su propia tierra, de Zaragoza, o desde la otra punta del mundo, la Patagonia chilena. Desde Barcelona, un abrazo para todos.
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El gigante Bimbo, del circo “Krone Festival”, sostiene a un niño en alto, allá por 1950, en Barcelona. Es una fotografía simpática, el gigante en un gesto tan humano, el niño con cara de sorpresa, hay gente por los alrededores y se ven los carromatos del circo Krone estacionados bajo una torre metálica. Lo curioso de esta fotografía es la impericia del fotógrafo, ya que no hay manera de saber cuál pudo ser la altura aproximada del gigante, al carecer de toda referencia fiable. Para empezar, el fotógrafo hizo contrapicado y, claro, así cualquiera es alto, incluso gigante. Luego el niño tampoco es precisamente una buena referencia debido a su corta edad y poco peso, cualquiera podría sostenerlo en alto sin demasiado esfuerzo. El resto de los elementos tampoco ayudan mucho, los personajes que pasan, los carromatos, es más, el anclaje del ángulo inferior derecho parece demasiado grande en comparación con el tamaño del gigante, incluso la torre metálica, que llega a la altura del niño sostenido en alto, tampoco da ninguna pista sobre la altura del gigante. Sé que es un gigante porque lo pone en el dorso.
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Una fotografía de especie, como todas las que se hacen, como todas en las que aparecen hombres o mujeres, una fotografía que nos contiene a todos, a los bonaerenses de 1888, a los internautas de 2009, a esos señores que estuvieron empleados en una vaquería de un suburbio de Buenos Aires hace 130 años, que ordeñaban vacas a diario, que limpiaban con cepillos de cerdas de metal el suelo adoquinado, que miraban al objetivo de la cámara como quien mira al futuro. Y esa niña que debió moverse en el momento del disparo y cuyo rostro aparece algo difuminado, esa niña que acababa de beberse un vaso de leche recién ordeñada y que tenía el estómago caliente. Y esa otra muchacha que se escondía tras el hombre de sombrero y camisa remangada, reacia a salir ella en la foto, asustada por la fantasmagoría que estaba a punto de culminarse y de la que tuvo un atisbo mientras se escondía cuando no debía, cuando debería haber ocupado su sitio también, como otro fantasma que sobrevive al paso de los siglos, como otro ser humano sin nombre, perteneciente a la especie, como otro fantasma cuya imagen no quiso entrar en la tumba.
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Sebastián de Avendaño e Iriarte.
Afamado abogado madrileño nacido en 1837 y muerto en 1890. Fue abogado sobresaliente de la capital del reino, aclamado polemista, orador notable y escritor de cierta enjundia. Se hizo tan célebre por su impetuosidad contra los adversarios que cuando un litigante quería intimidar a su contrincante, amenazaba a este diciéndole que se serviría de Avendaño e Iriarte como defensor. Quizá por todo ello los emolumentos que cobraba se hicieron prohibitivos para la mayoría de los mortales, especializándose en la defensa o acusación de personajes de alcurnia, nobles, banqueros, comerciantes, generales y altos funcionarios. Fue muy reconocida su intervención en el famoso juicio contra el marqués de Calatrava, acusado de asesinar a un palafrenero que decía ser su amante y con quien supuestamente se encontraba en las cuadras de palacio, y para cuyo fin compuso un afamado discurso que comenzaba de esta guisa: Si un hombre de honor ha de doblegar sus rodillas ante la Historia… Entre sus escritos figuran Lecciones de elocuencia, Recuerdos de un jurisconsulto, Compendio de discursos magistrales, Cartas a mi rey, Elogio de inmortales, etc, etc.
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Emboscadura.
Acercarse a los límites del bosque es habitual, está al alcance de cualquiera, de esos miles de turistas que se acercan en sus automóviles hasta las entradas de los parques naturales y los saturan con su indumentaria de centro comercial. Pero meterse en el bosque de verdad, en su espesura, fuera de los senderos y los caminos, es “emboscarse”, franquear el límite que separa la naturaleza de la cultura, el límite entre el orden humano y el caos de la Naturaleza. Meterse es penetrar un espacio hostil, residencia furtiva de espíritus misteriosos, bestias salvajes y fugitivos de la justicia. Por eso casi nadie lo hace, aunque esa hostilidad forme parte más de la leyenda que de la realidad. El bosque, más de noche que de día, es la región desconocida que envuelve el microcosmos donde habitan el caos, la muerte y la oscuridad. Sentarse sobre un tocón, entonces, es un ejercicio que nos lleva a otra realidad, a la iluminación.
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Esta es una imagen curiosa de L’Estartit, en la Costa Brava, hacia 1930. Las barcas varadas sobre la arena, no había puerto alguno en la localidad, los campos de cultivo que comenzaban nada más terminar el pueblo y que se extendían hasta el horizonte, el caserío perfectamente delimitado en primer término, que linda sin más contemplaciones con la playa. Conceptos como “puerto deportivo”, “paseo marítimo”, “hostelería”, “turismo”, “urbanización”, “chalet”, “piscina”, por poner unos ejemplos, no existían para nada en la vida de aquellas gentes, pescadores y agricultores. Anclados en el tiempo, en su tiempo, nada podría hacerles imaginar lo que habría de llegar. Igualmente ahora, ante la fotografía de un Estartit de 2008, sería difícil imaginar una vista de la misma ciudad en 2080, o en 2154. El studium de esta foto es el vértigo temporal de las transformaciones, más o menos rápidas, que se produjeron y han de producirse, la constatación del fluir temporal que todo lo borra, salvo las mismas fotografías, testigos de lo que fue y sigue siendo.
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Esta es la foto de un modesto carnicero bonaerense. El único rastro que queda de aquel buen hombre es saber que era carnicero. Y luego su imagen salvada de milagro, en una fotografía que debió cruzar el Atlántico y que bien pudo destruirse decenas de veces. Este documento muestra a un hombre prematuramente anciano, vestido pobremente, apoyado en un palo que hace las funciones de bastón, llevando una cesta vacía, cubierta su cabeza por una modesta gorra. Su rostro irradia cierta sorpresa, la del hombre trabajador a quien se disponen a hacer una fotografía, lo que no era frecuente allá por 1880. Se giraría en ese momento, alertado por el fotógrafo, y poco después volvería a girarse para acudir a su trabajo. Corría sangre por sus venas, su corazón latía por entonces, sus ojos veían a un fotógrafo armado tras su cámara. Ese hombre, realmente, no murió, siguió vivo en la foto, sigue vivo en cada uno de nosotros que nos retratamos cada día, que miramos al mundo cada día, sigue vivo en nuestros corazones que laten como latía el suyo, en nuestras venas llenas de sangre como las suyas. Esta es una fotografía de especie, la humana, que nos retrata a todos.
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Marcos de Abad y Morillo.
Musicógrafo y polifacético nacido en Cofrentes (Valencia) en 1843 y muerto en Munich en 1904. Primeramente vivió en Valencia y luego trasladóse a la corte madrileña, donde hizo construir reproducciones de los instrumentos de música antiguos, y compuso también melodías a imitación de los modos hebreo y griego, pero el público acogió humorísticamente tales ensayos y Abad y Morillo hubo de salir de Madrid pasando entonces a Italia. Más tarde fue profesor del gimnasio de Génova, donde fue bibliotecario y director de las aduanas del puerto. Trasladóse a Francia en donde obtuvo el cargo de profesor del gimnasio de Tours, y hacia 1891 se dirigió a París para ofrecer al gobierno francés un barco de guerra que había inventado. No fue más afortunado en esta empresa que en las anteriores, e igualmente fracasó al ofrecer al gobierno inglés el texto hebreo, revisado por él, del Antiguo Testamento. Murió en Munich en la miseria y dejó varias obras, entre ellas Antiquae musicae auctores septem, De proportionibus musicis, De fabrica triremium y Opúsculos, todas ellas inéditas, aunque háblase del interés por recuperarlas.
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