Archivo de Mayo 2009

La crueldad del fotógrafo es el título de mi nueva novela, que publica Mira Editores. Es la historia de un individuo que, al mudarse a un apartamento de alquiler en Zaragoza, encuentra los objetos personales que el anterior inquilino parece haber olvidado. Y entre esos objetos hay uno muy especial, el álbum de las fotografías familiares de esa gente. Alfonso Vallejo, que así se llama el protagonista, comienza a hojear el álbum hasta dar con una foto del verano de 1969 de una niña, en Salou, en la que se reconoce a sí mismo detrás de esa niña, retratado por casualidad en un pasado remoto que vuelve a su memoria instantáneamente. La necesidad de localizar a esa niña se convierte en su obsesión. Pero no será el único en ver turbada su vida cotidiana por ese extraordinario suceso, también su ex mujer, Elia Laguna, y su amigo Federico Méndez, escritor y periodista, se involucrarán en la trama y en las consecuencias que a veces acarrea el cruel arte de la fotografía.

Quiero también anunciaros que el próximo domingo día 31 de mayo de 2009, de 11 a 14 y de 18 a 21 horas, estaré en la Feria del Libro de Zaragoza, en el stand de Mira Editores, en el Paseo de la Independencia, firmando ejemplares de mi novela. Estaré encantado de recibiros y charlar con vosotros si pasais por allí.

Por otro lado, en este blog aparecerá en breve otro foto-relato que también se titula La crueldad del fotógrafo. Está basado en el primer álbum de fotografías de desconocidos que compré, hace algunos años, y que en cierto modo dio origen a la novela y a la misma idea de este blog. Son fotos reales que, como tantas otras, me dan pie a fabular e inventar la vida de los otros. Así, todo se convierte en ficción.

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Amadeo Fuentes Paniagua.

Célebre destatuador aragonés nacido en Zaragoza en 1834 y muerto en Palma de Mallorca en 1900. Consciente desde joven del grave problema que a veces, y para las almas de bien, representaban los tatuajes, que muchas veces se encargaban sin reflexionar en el momento en que los individuos se hallaban poseídos por el estado eufórico consecutivo al calor de los banquetes, dedicó toda su vida al arte de destatuar, fruto de lo cual concibió su obra El destatuaje. Amén de referir las técnicas clásicas, como el bisturí, los cáusticos y los epispásticos, métodos dolorosos, peligrosos y a veces poco eficaces, Fuentes Paniagua describió la superposición de otro dibujo para tapar el comprometedor, o el contratatuaje con piqueteado de un polvo blanco de esmalte, la frotación con mezcla de incienso, nitro, ceniza de lejía, cera y miel, o la aplicación de axungia saturada de ácido acético. Señaló asimismo los métodos a base de polvo de cantáridas y aceite fenicado. Concedió importancia al destatuaje por medio de leche de mujer, método tan apreciado por los apaches y aun hoy de empleo cotidiano. Pero el más excelente de los procedimientos era el conocido entre la gente del hampa con el nombre de variotomía: se fricciona el tatuaje con una solución concentrada de tanino, se pica de nuevo con la aguja enmangada del tatuador, pasando luego un lápiz de nitrato de plata, por lo que la piel se ennegrece, espolvoreándose luego durante tres días con polvo de tanino.

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El Cornato.

El Cornato, uno de los parajes más bellos del valle de Pineta, es un bosque joven. No hay todavía grandes ejemplares de abetos, esos que alcanzan los cuarenta metros de altura y un diámetro de tronco considerable y que tanto imponen al paseante cuando se detiene a su sombra. Tampoco se ven colosos caídos sobre el suelo, pudriéndose entre brotes después de haber presidido su parcela de bosque durante varios siglos. La mayoría de los árboles son jóvenes y ello se debe a que el valle de Pineta, la Balle Berde en aragonés, se llamaba así por las extensiones de terreno dedicadas al cultivo y a la pastura, que lo teñían de ese color. Ahora, sigue siendo verde, más incluso que hace medio siglo, ya no por los campos sembrados y los pastos de vacas y ovejas, sino por esos bosques jóvenes que comenzaron, hace cuarenta o cincuenta años, libres ya de la influencia humana y de sus cultivos, a colonizar de nuevo su hábitat natural.

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Es esta la fotografía de un muerto. Como señala Barthes, cuando se fotografían cadáveres la fotografía “se convierte entonces en algo horrible… porque certifica… que el cadáver es algo viviente, en tanto que cadáver: es la imagen viviente de una cosa muerta.” Sin embargo, este retrato tiene al dorso una nota realmente singular: “José Poch Rivas, abuelo de Paquita. Esta foto está sacada de un cuadro pintado al óleo cuando estaba muerto”. O sea, el señor Poch murió y, estando muerto, de cuerpo presente, alguien pintó un retrato al óleo. Más tarde, el cuadro fue fotografiado, documento que llega a nuestras manos. Entonces, el vértigo que produce la foto, imagen viviente de una cosa muerta, se multiplica, la huella que nos queda de ese hombre es más borrosa, de tercer orden, ya que no se fotografió directamente su rostro de cadáver, sino un óleo pintado cuando ya estaba muerto. Muerte entonces en primer lugar, acto de pintar el óleo en segundo, acto fotográfico sobre el óleo en tercer lugar, que da como resultado esta foto ahora escaneada, cuarto círculo, y pegada aquí, en este blog como quinto y definitivo. ¿Definitivo? La imagen viviente de una cosa muerta ha pasado por cinco filtros y sigue cumpliendo ese papel de certificado de vida. ¿Pasará otros filtros?

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Eduardo Mata Coll.

Médico nacido en Puerto Llano, Cádiz, en 1811, y muerto en Barcelona en 1892, ciudad en la que floreció y en donde desarrolló toda su carrera profesional. Se le debe la magna obra Manual sobre palpación, inspección, percusión y auscultación, dada a la imprenta en Barcelona el año 1852 y de la que se han hecho múltiples ediciones, y que trata de la moderna palpación clínica. Para Mata Coll, la palpación puede ser superficial o profunda. La primera no exige cuidados especiales y solo requiere aplicar la palma o el pulpejo de los dedos sobre la región correspondiente. De este modo se explora la elasticidad, consistencia y sensibilidad de las partes. La palpación profunda exige cierto grado de fuerza y destreza. Se emplean primeramente diversas presiones como medio de habituación. Luego se penetra gradualmente en profundidad, cuidando de evitar el pulpejo de los dedos. Se llama palpación bimanual la que se efectúa con ambas manos. Cuando la palpación se realiza sobre los órganos internos recibe el nombre de tacto (vaginal, rectal, faríngea). Descubrimiento propio de Mata Coll es el de la percepción de las vibraciones por la palpación, que tiene una gran importancia en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades venéreas.

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Locus Terribilis.

Desde el interior, el bosque se muestra como un espacio propicio para la soledad, la reflexión y el conocimiento de la naturaleza. Quizá por su color oscuro, del verde al negro, por su impenetrabilidad, por ser territorio donde habitan las fieras, se expliquen las tenebrosas imágenes ligadas al bosque que subsisten en el imaginario colectivo. Simbólicamente, el bosque es una ocasión excelente para acceder al universo del inconsciente de los sueños, los símbolos y los mitos. La imagen típica de la naturaleza salvaje, la soledad, el miedo, son elementos que el paisaje boscoso evoca en la mente humana. El bosque es una invitación a la soledad y el aislamiento. Alimenta miedos atávicos, leyendas, cuentos, historias de brujas y duendes. También surge del bosque una representación que enfatiza la vertiente iniciática: los grandes héroes de la humanidad, después de pasar un tiempo de meditación clandestina en el bosque, vuelven al orden humano para comunicar su lenguaje innovador, revolucionario (San Juan Bautista, Zaratrusta, el Ché).

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Es esta una fotografía que me gusta especialmente, la madre con su niña muerta. Alguien creerá que esa niña no está muerta, sino dormida, aplicando criterios de hoy para las fotografías del siglo XIX. Sin embargo, hacia 1865 solamente se hacían fotos en el estudio de un fotógrafo, con toda la parafernalia que ello requería. Resulta evidente que a los niños se les llevaba al fotógrafo para retratarlos despiertos ante los focos. La misma excepcionalidad del hecho fotográfico requería atención y, si hacía falta, se despertaba a los niños dormidos, que habían de salir ellos también con los ojos abiertos al mundo. Además, la fotografía de niños muertos tenía su objeto, que no era otro que el conservar un recuerdo de un ser que había pasado tan fugazmente por el mundo, ya que, probablemente, no había dado tiempo a hacerle un retrato despierto. En todo caso, la foto es, además de bella y tierna, terrible, al menos para nosotros, habitantes del siglo XXI, que no nos entretenemos en hacer fotos de nuestros difuntos pues ya tenemos centenas o miles de retratos de cuando vivían.

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La fotografía de la especie, es verdad, todos y cada uno de nosotros retratados en todas y cada una de las fotografías que se han gastado desde 1839, cuando se inventó el arte que habría de cambiar el signo de los tiempos. La fotografía cambió el signo de los tiempos al permitir la vida eterna de los seres, al darnos noticia de los fantasmas de carne y hueso, al hermanarnos a todos en el tiempo y en el espacio. Ese músico callejero que tocaba la guitarra en la Buenos Aires de 1888 eres tú mismo apoyado a los carteles de aquella calle, de aquel día como todos los días, eres tú interpretando la canción de la vida, o de la muerte. Eres tú ese niño lazarillo que lleva un bastón tan largo como su cuerpo y que mira al objetivo de la cámara, ese niño que estaba triste, asustado, que intuía de alguna manera toda la carga de profundidad de su gesto, que habría de atravesar el espacio y el tiempo para llegar hasta nosotros, para seguir más allá de nosotros, para sobrevivirnos a pesar de todo.

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Avelino Batalla Chamorro.

Ingeniero y arquitecto naval nacido en Llanes, Asturias, el año 1834, y muerto prematuramente en Tetuán, en 1866. Desde su juventud había concebido el genial proyecto, antes que cualquier otro, de construir un túnel submarino que comunicara España con sus posesiones del norte de África por debajo del Estrecho de Gibraltar y que alojara una línea de ferrocarril que partiendo de Ceuta llegase hasta Tarifa. Sin embargo, uno de los mayores obstáculos que encontró Batalla y Chamorro fue el de la profundidad a la que debería de construirse dicho túnel, ya que a su juicio tal obra requeriría una profundidad de 850 metros bajo el nivel del mar, lo que acarreaba una longitud del túnel mucho mayor a la misma anchura del estrecho, de 19 kilómetros, que él calculaba en torno a los 60 kilómetros, que debía extenderse a uno y otro continente, a fin de evitar pendientes demasiado pronunciadas que resultasen inapropiadas para los medios de transporte. Redactó la Memoria de un sueño irrealizable poco antes de su muerte, documento que fue leído en una velada necrológica celebrada en su honor en Llanes y de la que no se tienen más noticias, pues nunca fue dada a la imprenta, habiendo quedado recogidas, aunque parcialmente, sus tesis en el libelo de su paisano Eduardo Villamil Recuerdo de un hombre inolvidable.

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El secreto del bosque viejo.

El secreto del bosque viejo, novela de 1935 del italiano Dino Buzzati, es una obra interesante localizada en un entorno natural boscoso, el llamado Bosque Viejo, el abetal más antiguo del mundo, que recibe en herencia el coronel Sebastiano Procolo. Hasta ese momento, el Bosque Viejo había permanecido virgen durante cientos de años, pero el coronel quiere explotarlo. Los habitantes del bosque, los duendes que moran en el interior de cada abeto, se oponen a sus planes. Es una visión animista, que insufla vida antropomórfica a los animales, las plantas y los fenómenos meteorológicos, que cobran vida consciente. Parece una lucha entre la intransigencia humana y su afán de explotar los recursos naturales y el mundo natural, un mundo natural dotado de una vida de rasgos antropomórficos. Pero al final, el coronel muere como un árbol, lentamente, plantado en medio del bosque, semienterrado por la nieve del temporal, sin haber podido talar los árboles centenarios, que observan su agonía.

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