Archivo de Septiembre 2009

Potsdamerplatz. Era una de las plazas más bulliciosas e importantes del Berlín de antes de la guerra, nudo de tranvías, lugar de paso obligado. Quedó arrasada en la Segunda Guerra Mundial, como se ve en la imagen inferior, y después quedó partida por la mitad durante la Guerra Fría. Por ella pasaba el muro. Después de 1989, desaparecido el muro, era un terreno baldío objeto de la codicia de los constructores. En este espacio se ha construido el Sony Center, compuesto por 8 edificios y terminado en el año 2000, que alberga en su interior el Forum ovalado con su famosa cubierta de cristal y acero iluminada de noche con colores cambiantes.

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Retrato de grupo, puede que tomado en una fiesta de las niñas. Adela con sus hijas, que llevan gorrito, en primer término. Hortensia llora desconsoladamente. En total, hay catorce niños y niñas, de los cuales solo cuatro miran hacia el objetivo, los otros diez están completamente distraídos, ajenos al prodigio fotográfico. Cierta sensación de desasosiego cuando se repasan los rostros con una lupa. El sol da sobre las caras. Brazos y manos inermes, el gesto convulso de los niños que lloran, micro instantes captados y fijados sobre el papel. La foto debe ser de 1934, muchos de los que posan ya habrán muerto. El hecho de que catorce de los retratados sean niños refuerza el desasosiego. Pero, por otro lado, es una escena ordinaria, deben existir millones de fotos similares en el mundo, de todas las épocas, desde que a mediados del siglo XIX comenzó a vulgarizarse la fotografía. En suma, el álbum de los García Oliván no es nada extraordinario, son fotos corrientes, situaciones muy usuales, el nacimiento de los hijos, su crecimiento, los viajes y excursiones, a casa familiar… Pero en esto mismo reside la importancia del álbum, en su carácter universal, como el que cada uno va llenando a lo largo de los años. Esa nota de desasosiego impregna todas las fotografías, incluidas las que cada uno colecciona, un poco inconscientemente, como quien reúne piezas de un rompecabezas que solo con la muerte se completa.

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Ellos recurrieron a otra abyección mayor, a otra barbarie contra la civilización occidental, como fue el alistamiento de salvajes, bárbaros y exóticos procedentes de sus colonias africanas, Togolandia, Camerún, Tanganica, Ruanda-Burundi, Kenia y Kionga, salvajes que desconocían totalmente el derecho de guerra de nuestra Europa cristiana. El nivel inferior de civilización de tales tropas, la falta de principios en luchas ajenas del todo a su voluntad y a sus países e intereses, las supersticiones debidas a sus falsas creencias religiosas, todo contribuyó a que se cometieran los mayores crímenes y que se practicaran las crueldades más inimaginables, como el descuartizamiento de cadáveres en el mismo campo de batalla, como la práctica del canibalismo documentada pertinentemente por nuestros servicios de espionaje, o como las violaciones indiscriminadas de mujeres, niñas e incluso niños de cortísima edad en las localidades que asaltaban a cuchillo y a traición.

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Retrato, en la galería de la casa, de las dos niñas junto a un personaje que aparece en varias fotos del álbum y que bien podría ser una vecina o una asistenta. Es una mujer huesuda, de rostro extraño, poco agraciado, de piel morena. Nunca mira directamente a la cámara, lo que quizá se deba a cierto atavismo ante estos artilugios. Su imagen quedará atrapada en un pedazo e papel, viajará a un país lejano al otro lado del océano y quedará expuesta a las miradas de otros. Por otro lado, la cámara actúa como un filtro entre el fotógrafo y sus retratados. Las imágenes de los cuerpos y los rostros vuelan en fracciones infinitesimales hasta la emulsión que las fijará para siempre. Y el fotógrafo, amparado por la impunidad que le ofrece la cámara, ejecuta el instante con un gesto, una decisión entre varias posibles, una centésima entre millones, una milésima que se individualiza. Conciencia de que entre las personas se instalan las fotografías, esos filtros de la existencia que tanto difuminan la realidad.

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Primera fotografía de Adela con su hija Pilar, nacida el día 11 de junio de 1933, y que debe tener unos tres meses de vida. La madre con semblante serio, sin ganas de ser retratada. Cierto gesto de resignación, no se siente favorecida. A la derecha, un brazo y parte del vestido de una niña, no desde luego Hortensia, que tiene dos años, quizá una vecinita. A pilar tardaron más tiempo en hacerle fotos que a su hermana, es un comportamiento natural, como si las energías del fotógrafo aficionado se agotaran con la primogénita. Pilar posa casi siempre junto a su hermana, apenas tiene fotos exclusivas. A la vez, el protagonismo de Hortensia parcialmente eclipsado por su hermana. Más tarde, en 1945, llegará el varón a la familia y las niñas dejarán de salir en las fotos.

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La catedral. La catedral de Berlín, dedicada al culto luterano, tiene una larga historia de construcciones y destrucciones, como tantos y tantos edificios de la ciudad. En tiempos de Federico Guillermo IV había en su emplazamiento una cripta sobre la que se construyó la catedral antigua, erigida a mediados del siglo XVIII. A su vez, esta catedral antigua había sido reconstruida por Schinkel en 1822. La catedral actual fue construida entre 1894 y 1905 en los mismos solares, en estilo Renacimiento italiano, y mide 105 metros de longitud por 75 de ancho. Bombardeada en la Segunda Guerra Mundial, quedó seriamente afectada, como se ve en la foto inferior. Las obras de reconstrucción comenzaron en 1975 y siguen en curso hoy en día.

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Día de Reyes de 1932. Otra vez la sombra del fotógrafo sobre el suelo, que parece una señora por el pelo, una amiga o vecina de Adela. El rostro de Adela parece una máscara, sus rasgos marcados entre la alegría y el dolor, la dentadura incompleta, las órbitas de los ojos tan marcadas y profundas, el cabello pegado al cráneo, bajo el sombrero. Una mujer de rostro singular que a veces se acerca a la belleza y a veces se aleja, quizá influida por los embarazos y los partos, quién sabe, por los abortos no documentados.

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Día de Reyes de 1932. Hortensia junto a sus juguetes, el árbol de Navidad profusamente adornado con los regalos al pie, un gato y un perro con correa, una muñeca mofletuda y con caperuza, un lobo con la lengua fuera, una pelota, un negrito, una gatita, un piano de niño. Navidades al sol del trópico. La colección de instantáneas aumenta y varía la percepción del tiempo. El álbum vacío, que poco a poco se va llenando, es como el cobijo de la vida que resta, el nicho de los segundos inmortalizados. Un álbum vacío de fotos es lo que queda de vida. ¿Hasta qué página se llenará? ¿Quién pegará la última foto del ya difunto? El álbum como objeto de unas implicaciones tremendas, tanto vacío como lleno. Lleno es el resumen de unas vidas, vacío, la incógnita del futuro.

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No, no se detuvieron allí esos enemigos de la civilización venidos del otro lado del Rhin. Por primera vez en la historia de la humanidad, utilizaron cultivos microbianos con propósitos ofensivos, para sembrar la enfermedad, el pánico y la destrucción entre nuestras filas. Sí, es cierto, emplearon el ántrax para envenenar a nuestros soldados, que se retorcían de dolor en los hospitales, al principio sin saber muy bien por qué, ante el desconcierto de nuestros médicos. Y emplearon el bacilo que provoca la enfermedad del muermo en el ganado, tanto en los caballos y bueyes que se utilizaban masivamente como medio de transporte en los diferentes cuerpos de ejército, como en el ganado utilizado para consumo humano, vacas, corderos, cerdos que llegaban a los mataderos de nuestras ciudades y al que accedían mediante operaciones secretas de infiltrados, espías y traidores. ¿Cabe mayor abyección? ¿Es posible ser tan pérfido?

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Hortensia en brazos de una amiga de la familia, o una vecina, quién sabe. Lo curioso de esta foto es que se ve la sombra del fotógrafo, la huella de su presencia, que así tiene doble virtualidad: por un lado, la visión que se inmortaliza sobre el papel es la que tuvo el fotógrafo en el instante de apretar sobre el obturador, cosa que le da presencia sobre el documento, aunque invisible; por otro, esa sombra proyectada sobre el suelo da corporeidad al fotógrafo, volumen, era un cuerpo que vivía en ese momento y reflejaba su sombra, tras el sol, sobre el pavimento. Y debía utilizar una cámara de aquellas que tenían el visor en la parte superior y que se colocaban junto al pecho, y no un modelo reflex como los que se popularizaron más adelante. De hecho, la introducción de la Leica hacia 1925 revolucionó el concepto de fotografía y empezaron a popularizarse las cámaras pequeñas para fotografía de exterior, a la vez que se perfeccionaban las emulsiones.

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