Archivo de Enero 2010

Eulogio Timonet y Vázquez.
Reconocido aeronauta nacido en Melilla en 1801 y muerto en Madrid en 1860. Siendo aún muy joven construyó una máquina volante en forma de pájaro que no dio resultado y a punto estuvo de costarle la vida al haberse lanzado alocadamente desde el monte Gurugú. Pronto se interesó por los aerostatos franceses, empeñando parte de la fortuna familiar para hacerse con uno en 1832 con el que inició sus ascensiones, habiendo sido el primero en cruzar el estrecho de Gibraltar por el aire. En 1845 contaba ya con 77 ascensiones afortunadas y solo una desafortunada, la que realizó en noviembre de 1844 en Jerez de la Frontera y a causa de un ataque de apoplejía que le obligó a efectuar un aterrizaje de emergencia. Halló la muerte en 1860 en Madrid, en su 99ª ascensión, por habérsele incendiado, no se sabe cómo, el globo en el que iba y desde el cual debía lanzar fuegos artificiales con motivo de la verbena de San Isidro, cayendo sobre el tejado de una casa situada en la calle Lope de Vega, esquina con San Agustín. Se le debe la relación de una de sus excursiones que tituló Un viaje sobre la tierra andaluza o la pena de no saberse pájaro (Sevilla, 1848).
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“San José de Costa Rica, diciembre 1939. Pista del aeródromo nacional mirando hacia el norte, lado del volcán Poas. En primer término las niñas Hortensia y Pilar García.”
Desconcierta ver las pequeñas figuras de las niñas ante la pista interminable del aeródromo. Al fondo, se intuye la cadena montañosa de la Cordillera Central que abarca desde el volcán Turrialba al Poas, y cuyo punto culminante es el Irazú, con 3353 metros. En 1723 el Irazú sufrió una erupción que duró varios días y que destruyó la ciudad de Cartago. En 1841 otra erupción causó parecidos estragos. En 1910 tenía 5731 habitantes, antes de un terremoto también devastador. Hacia 1938 se había recuperado de nuevo y contaba con 94247 habitantes. Una historia cíclica de catástrofes.
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Una aldea gallega. No tengo datos para identificarla. Uno se pone a mirar con la lupa y descubre unas redes a la derecha de la imagen puestas a secar, las fachadas de las casas, algunas ventanas abiertas que dan vértigo al pensar en las escenas domésticas del interior, paralizadas en esta emulsión, un individuo que navega en su bote a la izquierda.
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“San José de Costa Rica, diciembre 1939. El edificio para oficinas de Aduana y otros, del aeropuerto Nacional en La Sabana al final del paseo de Colón. En primer término las niñas Hortensia y Pilar García.”
Las niñas aparecen cegadas por el sol y protegiéndose los ojos con sus manos. ¿Qué recuerdo, si viven todavía, guardarán ellas de las fotos que les hacía su padre, tan tenaz, y del mismo viaje o viajes a Costa Rica? Entonces, tenían 7 y 5 años. ¿Ayudarían las fotos a refrescar su memoria? Aunque las fotos puedan ocasionar un efecto contrario al deseado y llegar a provocar el olvido. De hecho, las escenas del pasado retratadas pasan deprisa ante los ojos, cuando alguien ojea su álbum, casi sin ejercitar la memoria, para eso ya están las fotografías. La fotografía sustituye a la memoria y acrecienta el olvido.
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La localidad de Pontedeume, cerca de La Coruña, tal y como era hace unos 90 años, con esa fisonomía de pueblo de principios de siglo, el casco urbano tan definido con sus casas similares, la iglesia destacando en el paisaje, y su excepcional puente que cruza hasta un paisaje rural y bucólico.
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“Naranjo, Costa Rica, 16 julio 1939. Procesión paso del Santísimo.”
Gente en procesión. Se ven muchachas vestidas de blanco, mujeres de negro, hay un grupo de fieles arrodillados a la vera del camino, alguien lleva un paraguas para protegerse del sol, un rostro de policía con gorra reglamentaria y chaqueta abotonada, personas que llevan incensarios, palmas… Cuerpos congelados en la instantánea. La fotografía abarca a los que posan voluntariamente y a los que pasaban por el lugar, al fondo del encuadre, ajenos al proceder del fotógrafo. Además de los retratos deliberados, cada individuo ha debido salir en su vida en innumerables fotos sin darse cuenta, entrando en el campo focal e una cámara. ¿Sería posible reunir todas las fotos donde sale un humano sin querer, ese registro inconsciente de la vida?
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Desconozco en qué pueblo fue captada esta imagen, pero me inclino a pensar que fue en Galicia. A la izquierda, las mujeres y las niñas del pueblo han ido a recoger agua a la fuente, se ven los cántaros en primer término. Una de las mujeres, de espaldas, vestida de blanco, lleva un botijo sobre la cabeza. Hay más gente en la plaza, puede que fuera día de mercado pues se ven canastas con frutas y hortalizas. En total, unas 30 personas en la sombreada y tranquila plaza, en una escena impagable de la vida cotidiana allá por 1920.
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Socorro Espina Morales.
Desgraciada campesina salmantina nacida en Béjar en 1814 y muerta accidentalmente el año de nuestro señor de 1889. Llevó una vida bastante anodina dedicada a sus labores, y no habría pasado a la posteridad de no ser por los sucesos de los que fue testigo y por su trágica muerte, única en los anales de la historia de España. Parece ser, y de lo cual no se tiene otra prueba que su obstinado y vehemente testimonio, que un día, al llevar la comida a su marido e hijos que se afanaban en los míseros campos de su propiedad, vio unas luces brillantes que surcaban la bóveda celeste, que ella definió, dada su parca cultura, como platos de metal ardiente. Asustada de su visión, corrió espina Morales a refugiarse a la sombra de una encina, desde donde siguió vigilando la evolución de los platos, que al parecer volaban a la velocidad del rayo en un ir y venir frenético, siendo su dirección predominante de oeste a este. De todo lo visto dio cumplida cuenta a su confesor, a pesar de lo cual enteróse todo el pueblo del extraño lance, por lo que fue objeto de burla hasta su muerte, acaecida también en pleno campo salmantino cuando vino a caérsele encima un meteorito de treinta centímetros que la dejó seca, constituyendo el suyo el único caso conocido, al menos hasta la fecha, de muerte por impacto de meteorito de nuestra nación.
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“Grecia, Costa Rica, 16 julio 1939. Parroquia, parque y templete.”.
En el ángulo inferior derecho hay un niño que se asoma al tiempo en que Juan Francisco toma la fotografía. ¿Estará vivo? Causa inquietud pensar en ello, los niños, setenta años después, puede que todavía sobrevivan y sean ancianos sin memoria, o con memoria acentuada. A lo mejor ese anciano costarricense recuerda la tarde de verano festiva en el parque de Grecia y al señor que hacía fotos y que le gritó por ponerse en medio. Puede que coexistan recuerdos y pensamientos sobre los mismos sucesos y que nunca se sepa. En un mismo instante, alguien recuerda algo que un desconocido ve en una foto perdida. El microsegundo atrapado en la cartulina revive en dos puntos de la tierra a la vez.
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Paisaje gallego, supongo, una ría con una isla a la entrada que parece amurallada, como si fuera un fortín. A la izquierda, aunque muy diminutas, se ven varias mujeres y decenas de sábanas blancas, recién lavadas, puestas a secar tanto sobre el muro que da al mar como sobre cuerdas colocadas en la zona peatonal. Es como si todo el pueblo se hubiera puesto de acuerdo para lavar la ropa blanca el mismo día, una jornada mezcla de fiesta y trabajo.
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