Archivo de Febrero 2010

Efrén Funes Guara.
Hereje nacido en Ávila, en 1837, y muerto en la misma ciudad en 1880. Se le debe la fundación de la secta de los Alumbrados, como así se hacían llamar, que fundó en un pueblo perdido de la sierra abulense. Su doctrina no tenía otro fin sino injuriar la fe católica, pues carecía de fundamentos filosóficos y morales, y abogaba en contra de los Sagrados Sacramentos, habiéndosele conocido casos de celebración de misas negras con profanación de objetos de culto robados en iglesias rurales. Eran también, Funes Guara y sus acólitos, tanto varones como hembras, que de todo había en su secta, contrarios al sexto mandamiento, por lo que se entregaban en los claros de bosque, en noches de luna llena de verano, a tumultuosas y horripilantes orgías que prolongaban hasta el amanecer. Fueron acusados por la Inquisición en 1859 de destructores del pudor y de la santa honestidad, de las buenas costumbres y de la santidad del matrimonio y, por último, de destructores del dogma católico del sacramento de la penitencia, pues ningún arrepentimiento manifestaron en el proceso llevado a buen término en 1860. Funes y Guara y trece más fueron condenados a presidio, habiendo salido de la cárcel en 1868 debido a la amnistía concedida por los revolucionarios. Terminó sus días en Ávila, viviendo amancebado y en pecado continuo.
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“11/3/45. J. F. García y su hijito.”
Nacimiento del anhelado hijo varón, que acaparará las fotos hasta el final del álbum. Es el niño deseado, que se llevará con sus hermanas 14 y 12 años. Debió nacer a finales de 1944 o comienzos de 1945, por lo que en la actualidad tendrá 65 ó 66 años. El final de los sinsabores de la pareja, aunque les coja un poco mayores. El hijo tardano que viene a endulzar la madurez. La satisfacción de Juan Francisco. Pronto regresarán a Barcelona, en plena posguerra, a iniciar una nueva vida. Sin embargo, para el pequeño Lorenzo el periodo de estancia en Panamá debió dejar poca huella, salvo por estas fotografías que ya no tiene.
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La ría de Bilbao en la década de 1920. Se ve el puente transbordador Vizcaya que une las localidades de Portugalete y Getxo. Es el más antiguo del mundo en su género y está activo desde 1893. A la izquierda de la fotografía, un hombre pasea con las manos cruzadas tras la espalda, solo, tremendamente solo 90 años después.
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“Niñas Hortensia García (con patines) y Pilar García. A la izquierda de la fotografía, la entrada de la casa donde vivimos.”
Después de la estancia en Costa Rica, los García regresan a Colón y cambian de casa. Hortensia tiene ya 13 años y Pilar 11. Todo el mundo tiene su álbum de fotos, más o menos completo y mimado. Y las situaciones se repiten con insistencia. Hablar de estos álbumes es hacerlo al oído de media Humanidad, expuesta a extraviar su pasado de la misma forma que los García. Con el tiempo, el número de álbumes que existen ha ido creciendo, debe de haber millones, y por eso crecen también las posibilidades de extravío. No es incongruente vaticinar que muchos de esos álbumes cambiarán de manos, sean cuales sean las causas (muerte, mudanza, separación, desidia…) y que será posible adquirir la memoria ajena como quien compra libros de segunda mano, o cuadros, ropa, muebles. Será posible especular con la vida de los otros como quien practica un juego novedoso.
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El acorazado de la armada española Alfonso XIII, construido en los astilleros de El Ferrol y botado el 7 de mayo de 1913. Durante la Guerra Civil, capturado por los nacionales, hizo campaña en el Cantábrico hasta que fue hundido el 30 de abril de 1937 por una mina frente a las costas de Cantabria. En la imagen numerosas barcas se dirigen al buque o están amarradas a su lado. Debe ser un día de puertas abiertas, sobre la cubierta se ve una multitud de visitantes.
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La familia García come en un restaurante. Los cuatro miran a la cámara. Supongo que un camarero u otro cliente les hizo el favor y tomó la fotografía. Al menos se aprecian doce mesas más, algunas desocupadas. Un hombre corpulento y solitario bebe agua de su copa detrás de Adela. Luego se ve a otro comensal que agacha la cabeza como si estuviera leyendo un periódico que ha dejado sobre el mantel. Al fondo, dos hombres más, uno que mira hacia el centro del comedor y otro que lle unas hojas, con el puño en la barbilla. A la izquierda del encuadre, un muchacho que parece atento a la escena de los García y el fotógrafo. Al fondo, se ven otros comensales, un anciano, dos niñas y dos mujeres. Y la puerta de acceso al comedor en el ángulo superior izquierdo, con una cortina. En la pared del comedor, un cuadro de dimensiones irrisorias flanqueado por otros dos de forma hexagonal con aplique encima.
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Juan y Jesús Maldonado Benítez.
Célebres hermanos gemelos nacidos en Sevilla en 1845 y muertos, a la vez también, en 1879. Nunca quedó claro cual de los dos nació primero, pues su misma madre era incapaz de distinguirlos. Desde niños mostraron tal sincronía ya no solo de movimientos sino de carácter y espíritu que llamaron la atención de médicos, psicólogos y estudiosos de la materia. Es por ello que se les sometió a numerosos experimentos. Si se encerraba a Juan bajo llave, sabía en todo punto Jesús qué sucedía con él, y sentía las mismas sensaciones, ya fuera su hermano expuesto a la sed o al hambre, pinchado con agujas, cortado con hojas afiladas o maltratado de mil maneras distintas. Y a la inversa, si era Jesús el que sufría del encierro y sentía los experimentos que se hacían sobre su hermano, este último, Juan, también era capaz de sentir la angustia del primero, en una especie de simbiosis de singular naturaleza, pues cualquier cosa que les aconteciera, aún las consecuencias morales que se derivaran, sucedían en cascada de uno a otro, en una degradación casi infinita de sucesos y sentimientos que llegaban a marear hasta a los científicos más experimentados. Es por ello que a nadie extrañó que murieran juntos, de fiebre tifoidea, ignorándose a la fecha de hoy quién de los dos lo hizo primero o último.
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Oviedo, 1920, parque y edificio. No sé su nombre, ni en qué parte de la ciudad se encuentra. A la derecha, junto al hombre de sombrero blanco, hay un grupo de cinco individuos que miran algo que debe haber en el suelo. Más a la derecha, un hombre sentado en un banco lee el diario. A la izquierda de este señor, una niña y su niñera sentadas en el mismo banco. Que vivos estaban todos ellos hace noventa años y que muertos deben estar ahora.
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El crecimiento de las niñas. Pasando las páginas del álbum se asiste a una vida acelerada, los pequeños cuerpos van creciendo, los padres envejeciendo a marchas forzadas. Es cuestión de perspectiva, en todo caso la vida es un suspiro, es como pasar páginas de un álbum, páginas numeradas, limitadas, situaciones tipo, nacimiento, enfermedad, ocio, trabajo, viajes, muerte. Un álbum cualquiera podría ser el álbum de cualquier persona. Cambian las caras, algo las personalidades, pero todos estamos sometidos a las mismas fuerzas incontrolables, el paso del tiempo, la decrepitud, los acontecimientos vitales dignos de figurar en una antología del género.
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La ciudad de Gijón hacia 1920. A la derecha, el monumento a Don Pelayo. Creo que el edificio de detrás es el palacio de Revillagigedo o del marqués de San Esteban del Mar, concluido en 1702 y que es, probablemente, el mejor edificio antiguo de Gijón, que lleva adosada la iglesia colegiata dedicada a San Juan Bautista. Se ven los raíles del tranvía y la gente paseando por una ciudad sin tráfico rodado, fantasmagórica, detenida en el tiempo.
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