A todo ello debemos añadir el comportamiento deshonesto de las tropas alemanas a lo largo y ancho de aquellos cuatro años de conflicto, ejemplificado en el saqueo de las localidades tomadas al asalto, en las que los soldados se entregaban con deleite al pillaje en nuestras casas, edificios oficiales y religiosos, en nuestros museos. Y cuando no era el pillaje era la simple destrucción de lo que no podían llevarse, bienes inmuebles y muebles, todo lo que caía en sus manos. O los atentados contra los civiles llevados a la práctica sin arrepentimiento, con saña y violencia injustificadas, el asesinato de seres inofensivos, de mujeres y niños que antes eran violados por pelotones enteros cuyos integrantes hacían fila en espera de su turno. O el empleo de venenos y de armas envenenadas, o los bombardeos de ciudades abiertas e indefensas, como el caso de París que fue denunciado en el mundo entero.

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