Selección
Nada más entrar en el apartamento, Alfonso Vallejo comprobó que el anterior inquilino se había dejado sus pertenencias, la ropa en la cómoda del dormitorio, los útiles de aseo en el baño, una botella de orujo en la cocina. Las mudanzas eran siempre laboriosas, admitió mientras echaba un vistazo, incluso la que estaba haciendo él, a pesar de que apenas se había llevado parte de su vestuario y unos cuantos libros, pero a la vez servían para no dejarse los restos del pasado desperdigados por las gavetas de un escritorio, dentro de los roperos o tras las puertas de un armario. La gente acumulaba objetos a lo largo de la vida y, a veces, no sabía bien qué hacer con ellos, si llevárselos en cada cambio de domicilio o deshacerse de ellos, así que decidió tirar todo aquello. En la sala de estar había una librería, por allí debía empezar la limpieza, y abrió sus cajones con el propósito de hacerse hueco sin miramientos, y eso hubiera hecho, arrojar aquellas cosas al contenedor de la basura si no hubiera sido por el objeto que encontró entre recibos de bancos y pilas que rodaban, abandonado como los demás enseres de ese apartamento pero con unas implicaciones que se le escapaban. ¿Cómo explicar el extravío del voluminoso y viejo álbum lleno de las fotografías familiares?
Era probable, especuló, que alguien, por las prisas de lo que parecía una huida, olvidara recoger la ropa, los enseres domésticos, pero extraviar el álbum, la memoria del pasado personal, eso era inaudito. En ese instante, un rayo de sol iluminó la habitación. Apartó los visillos y examinó el cielo, antes cubierto de nubes foscas, ahora casi radiante, con la claridad del aire helado del invierno. A la vez, una mosca intempestiva se golpeó contra el vidrio, haciendo un ruido seco. Alfonso hojeó las páginas del álbum tratando de hacer una valoración del descubrimiento. Eran los retratos de una familia acomodada de Zaragoza y abarcaban casi todo el siglo XX, como si los sucesivos propietarios hubieran ido añadiendo su archivo personal al colectivo. Y el anterior inquilino, ¿quién sería? ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué horrible accidente habría sufrido para desaparecer?
Y él, ¿no vivía unas circunstancias similares? ¿Dónde quedaba su álbum, por qué no lo llevaba entre su equipaje? Él ni siquiera poseía álbum, no al menos tan ordenado, y pensó en las fotos de sus padres, las que guardaban en cajas de hojalata en la rinconera del vestíbulo, en las tardes de domingo que dedicaba junto a sus hermanas a ordenar esas fotos revueltas de los años cuarenta, en blanco y negro, de los años cincuenta, cuando sus padres eran jóvenes y paseaban por las avenidas despobladas y sin tráfico de Zaragoza, de los sesenta, cuando nació primero Camila, luego él y más tarde Yolanda, y de los setenta, aquellas de color desvaído. La vida se le antojó un álbum también cuyas páginas se repasan en unos minutos de ensoñaciones y, después, nada, simplemente cerrar la tapa cuando llega la oscuridad, luego, una inmovilidad tan similar a la que enseñan las fotografías, el pie que nunca cae, el cabello siempre mecido por la misma ráfaga de viento, los ojos fijos en un punto indeterminado que queda fuera del encuadre. ¿Y los álbumes de su periodo matrimonial? Esos los tenía Celia en los estantes del salón, preparados para aturdir a las visitas con los momentos dichosos de su matrimonio, la boda y el banquete, los viajes turísticos por el mundo civilizado, la sonrisa irrepetible de la niña cuando cumplió tres meses. Pero indudablemente estaban mejor custodiados en manos de la reanimada Celia; desde luego, ella nunca los olvidaría si se mudara y él ni siquiera tuvo un atisbo de recuerdo, ni siquiera hizo un gesto por llevarlos consigo, aunque solo fuera un retrato de su hija.
Las fotografías mostraban las poses de una familia afortunada y con seguridad desaparecida, pero se le antojó que aquellos seres parecían vivos, como si el aire continuara en sus pulmones, como si la sangre circulara todavía por sus venas, como si los pensamientos y deseos prendidos de sus cerebros, y los rastros de amargura en las comisuras de los labios, y las visiones en los ojos que en ese momento funcionaban, fueran pruebas evidentes de la supervivencia. Y los nombres de las tres generaciones escritos con pulcra caligrafía en los dorsos: Juan Francisco García Cubel y su esposa Adela Oliván de García ante la fachada de una espléndida finca en Panamá, en 1939; Hortensia, Pilar y Lorenzo García Oliván en la plaza del Pilar, en 1951; los hermanos Penélope y Julián Cortés García fotografiados ya en color junto a un Diane 6, en junio de 1974.
No tenía nada para beber, salvo el orujo de la cocina, no había comprado ni tan siquiera una botella de ginebra, una falta de cálculo imperdonable. El nudo de congoja del estómago no paraba de crecer y Alfonso se sirvió una copa. Pero el trago no le reconfortó, al revés, acentuó todavía más su desasosiego. Con certeza había una explicación para su lamentable estado de ánimo, quizá el cansancio que suponía reconstruir un abanico de costumbres, rehacer los ritos diarios, edificar una estructura sostenible para alimentarse, el aseo, el trabajo, el ocio, eso debía ser, o la simple desidia que llevaba injertada en el cuerpo como si fuera un hueso, la columna vertebral, algo que no se podía extirpar sin riesgo de desmoronamiento. Tendría que comprar ginebra, pero le producía un cansancio infinito la simple idea de bajar a por ella. Era preferible conformarse con el orujo, acabarlo si era preciso, llenar la copa y entretenerse con las fotografías del álbum de los García que, en cierto modo y aunque solo fuera por la casualidad de haber coincidido en ese apartamento, ya sentía tan cercanos.
A ese ritmo, con la segunda copa en el estómago, pronto sería incapaz de articular palabras, tampoco pensamientos, puede que de improviso comenzara a nublársele la vista y que las fotografías se difuminaran, se borraran del campo visual. Ante él, desfilaban las escenas principales de las vidas de aquellas personas, muchas quizá fallecidas. Se veía a una pareja joven en el estudio de un fotógrafo zaragozano, ella sentada en un banco sobre almohadones, él en pie, arrogante y varonil, luciendo mostacho y un traje gris de corte irreprochable. Unas páginas más adelante, encontró una curiosa instantánea de bañistas en la playa de la Concha en el verano de 1933. Dos muchachos recién salidos del agua y sonrientes junto a un grupo de tres chicas de las que apenas se veían sus rostros debajo de sus parasoles. Pero no se entretuvo con ella y siguió pasando las páginas del álbum, acelerando el tiempo con un simple gesto. Parecía que esa familia había sido muy aficionada a los viajes a la costa y los baños en el mar, porque halló media docena de fotografías, ya en color, de bañistas en una playa del Mediterráneo. Extrajo una, le dio la vuelta y leyó los nombres de Hortensia García Oliván y Penélope Cortés García, el lugar y la fecha, Salou, 4 de agosto de 1969. Allí estaba la hermosa Hortensia en bañador tumbada sobre la arena, con su frondosa cabellera desparramada algo anárquicamente sobre los hombros. Y su hija al lado, la dulce Penélope, de pie sobre la toalla, una niña de siete años que posa ante la cámara de su padre con una naturalidad pasmosa, casi insinuándose, con los brazos en jarras, el cuello torcido, una sonrisa impropia de la edad, su cabello sobre los hombros y un mechón que retiene entre los labios. Era increíble, pensó Alfonso, una niña de una belleza endiablada, su cuerpecito incipiente apenas empezaba a revelar los volúmenes que en un futuro no muy lejano, en 1975 ó 1980, se manifestarían en todo su esplendor.
Su primer impulso fue pasar las páginas en busca de esa bañista de nombre Penélope unos años más tarde, pero no tenía prisa, por lo tanto, más le valía relajarse y servirse otra copa de orujo antes de levantarse de la silla e ir a buscar la lupa china que había descubierto en uno de los cajones de la librería. Y eso hizo, empuñar la lupa de seis aumentos, beber un sorbo y escrutar la formidable foto con mayor detenimiento. Esa niña, Penélope, su cuerpecito, el bañador estampado amarillo y verde, tenía una cadenita de oro en el tobillo derecho, cómo era posible que sus padres le dejaran si era una cría, y Alfonso Vallejo imaginó a su hija en la playa y en el mohín de disgusto de Celia si la hubiera visto posar así. Calculó que Penélope rondaría ahora, si estaba viva, su edad, los cuarenta y cinco, tendría marido e hijos y ellos también marcharían en verano a la playa para repetir los ciclos inconscientemente. Era maravillosa, pensó, debería ampliar la foto, o buscar otras del mismo estilo, pero antes se puso a examinar la playa con la lupa, una playa llena de gente, como siempre en verano y a orillas de cualquier mar, señoras que charlan en pie junto a la rompiente, niños en el agua, un hombre pensativo que pasea con las manos enlazadas a la espalda, nadadores al fondo, cerca del horizonte, una jovencita que lame un helado, siluetas extendidas sobre la arena hasta donde alcanza la vista, edificios como telón de fondo de una localidad turística en pleno crecimiento.
Iba a dejar la fotografía y la lupa sobre la mesa cuando se dio cuenta de un detalle singular. Entre los cuerpos extendidos sobre la arena, cerca de la posición que ocupaban Hortensia y Penélope, descubrió a una pareja de madre e hijo, ella con un bañador blanco y el niño con uno rojo, un chaval moreno y delgado, idéntico a su imagen en las fotos que conservaba de la infancia, y lo más curioso, la mirada de ese crío clavada en el objetivo de la cámara, como si se hubiera visto involucrado en el juego del fotógrafo y sus modelos y hubiera deseado compartir ese instante decisivo. Esbozó una sonrisa y bebió más orujo. Ni tan siquiera el fotógrafo fue consciente de que captaba esa escena sin importancia, como tantas otras esparcidas a lo largo y ancho de la playa, y que no podía evitar simplemente porque no buscaba un primer plano de su mujer y de su hija, sino uno general que situara en el contexto adecuado sus recuerdos. Seguro que esa mañana decenas de aficionados hicieron lo mismo con sus cámaras baratas y las emulsiones compradas en los establecimientos al pie del paseo marítimo, razonó Alfonso. Era probable que esa escena, o una similar, estuviera en los álbumes de todos los zaragozanos, Salou era la salida natural al mar de los aragoneses, Salou y las localidades cercanas a Tarragona, y en las fotos de las playas de la Costa Dorada saldrían miles de bañistas por azar, porque estaban allí de vacaciones.
Pero, a pesar de todo, se quedó perplejo ante la visión de ese niño, como si algo en su interior le advirtiera de lo extraordinario del caso, como si algo pugnara por salir de la memoria y manifestarse con un estallido pirotécnico. Porque le daba la impresión de que él había sido partícipe de la fotografía, quizá él mismo estaba incluido en el encuadre, no en balde su familia también pasó varios veranos en esa localidad, lo recordaba bien, a finales de los sesenta, en el agosto de 1969 en que estaba tomado el documento. Recordaba bien el apartamento que solían alquilar, la piscina comunitaria en la que estaba prohibido bañarse al subir de la playa para no llenarla de arena y sal, el paseo marítimo que debían cruzar para llegar hasta el mar y la sensación de que había muchos turistas. El niño que miraba a la cámara no podía ser él, era una soberana estupidez. Pero esa niña, Penélope, empezaba a ver claro, esa niña de la cadena en el tobillo derecho la tenía vista, coincidieron en ese lejano estío, puede que sus padres hubieran alquilado otro apartamento por la zona y que fueran cada mañana a parar al mismo tramo de playa, eso debía ser. Porque le sonaban los rasgos de esa niña tan consciente de su singularidad y del poder de atracción que ejercía en muchachitos como él. Comenzaba a ver claro en la escena, parecía imposible, pero a fin de cuentas Zaragoza es un pañuelo, una ciudad grande pero no lo suficiente para pasar desapercibido y donde todos conocen a alguien involucrado en la vida de los otros, donde no es raro que los individuos compartan amistades con desconocidos y que hablando de esto y de aquello surjan afinidades hasta entonces ocultas y se instale una camaradería automática, no era insólito, en absoluto. Un cúmulo de recuerdos se agolpó en su cabeza y surgieron nuevas imágenes, instantáneas que nadie había capturado, ni el padre de Penélope ni el suyo, pero que adquirían relieve, consistencia, corporalidad. Sí, ya tenía la certeza, esa niña que se paseaba ante sus ojos en el verano de 1969 como una diva ante su público, consciente de su belleza y de la expectación que causaba en los niños, en particular, en ese chiquillo de bañador rojo que nunca le quitaba los ojos de encima, que se bañaba cuando ella se bañaba, que pululaba a su alrededor sin atreverse a decir nada, como un juego de seducción prematuro y sin malicia, o un despertar sexual cargado de inocencia, era la niña de sus recuerdos recuperados, la que se duchaba junto a la piscina comunitaria con ese descaro que tanto le atraía y de cuyo cuerpo mojado por el agua no podía apartar la vista. Ahora podía jurarlo, Penélope Cortés García había sido, solo por unos días, la quincena de rigor en que solían alquilar el apartamento, en ese tórrido agosto de 1969, la primera chica que había deseado en su vida.
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