Primera Guerra Mundial
Es verdad, de mí solo queda un leve rastro sobre la tierra, y es mi nombre esculpido sobre una lápida del cementerio de Dijon, Marcel Jouvet, 13 de abril de 1881, 29 de enero de 1934. Luego estarían las inscripciones en los registros, una para el nacimiento, otra para el matrimonio, y el nacimiento de mi hijo, y la muerte al final, pero estas huellas están más ocultas y resultan menos accesibles que mi tumba. Y luego las fotografías que ahora alguien ha rescatado de la destrucción, en una almoneda cualquiera, y que han dado pie a que me pidan este breve testimonio de mi vida, demasiado breve, solamente una docena de párrafos. No hablaré, entonces, de mi vida cotidiana, de la que fue mi mujer, del que fue mi hijo y que también ha muerto ya, en 2009. Estos detalles pertenecen a la infrahistoria y son idénticos a los de otros millones de seres que han vivido, que viven ahora, por lo que no es difícil imaginárselos. Prefiero hablar de mi participación en la Primera Guerra Mundial, porque yo estuve allí y luché contra los desalmados boches.
Me llamaron Marcel Jouvet y el suceso más notable de mi vida fue sin duda alguna mi participación en la Primera Guerra Mundial del lado de nuestras fuerzas nacionales contra la invasión de los teutones. Sin embargo, no describiré los lances de las batallas, la camaradería entre los compañeros, la ola de patriotismo que inundó mi amada Francia en aquellos años, la solidaridad entre los compatriotas y el objetivo común de derrotar a los invasores, los sucesos de Verdún y de las otras grandes batallas. Prefiero aprovechar esta oportunidad para revelar la perfidia de los enemigos, su comportamiento deshonesto y anti caballeresco en el campo de batalla y fuera de él, la falta de moralidad de unas tropas sumidas en la intemperancia y la degradación, los inhumanos métodos de guerra empleados en los campos de batalla. Se trata de aprovechar el espacio que me brindan y hacer algo útil por la historia de Francia. Se trata de desaparecer como individuo para dar testimonio de unos sucesos que nunca más deberían repetirse.
Uno de los sucesos más conocidos fue la utilización de la guerra química, por primera vez de forma masiva en los campos de batalla, por parte de nuestros enemigos. Recuerdo muy bien las acciones de soldados alemanes provistos de fumigadores que cargaban de una mezcla de bencina y esencia de petróleo con la que regaban los edificios destinados a ser destruidos, solamente para provocar mayor devastación. O el empleo de hidrógeno fosforado líquido y de dimetilfosfina, que se inflamaban espontáneamente al contacto con el aire, para preparar los asaltos a nuestras trincheras. Y la no menos salvaje y antinatural utilización de gases asfixiantes, deletéreos y lacrimógenos en batalla, como el gas mostaza, que tenían el aspecto de nubes o neblinas, como yo mismo pude comprobar, y que luego fueron utilizados también en proyectiles asfixiantes con forma de granadas de mano. O el envenenamiento de pozos de agua destinados al consumo humano cuando las tropas teutonas se batían en retirada. Es, quizá, el lado más conocido de la perfidia, pero no el único.
No, no se detuvieron allí esos enemigos de la civilización venidos del otro lado del Rhin. Por primera vez en la historia de la humanidad, utilizaron cultivos microbianos con propósitos ofensivos, para sembrar la enfermedad, el pánico y la destrucción entre nuestras filas. Sí, es cierto, emplearon el ántrax para envenenar a nuestros soldados, que se retorcían de dolor en los hospitales, al principio sin saber muy bien por qué, ante el desconcierto de nuestros médicos. Y emplearon el bacilo que provoca la enfermedad del muermo en el ganado, tanto en los caballos y bueyes que se utilizaban masivamente como medio de transporte en los diferentes cuerpos de ejército, como en el ganado utilizado para consumo humano, vacas, corderos, cerdos que llegaban a los mataderos de nuestras ciudades y al que accedían mediante operaciones secretas de infiltrados, espías y traidores. ¿Cabe mayor abyección? ¿Es posible ser tan pérfido?
Ellos recurrieron a otra abyección mayor, a otra barbarie contra la civilización occidental, como fue el alistamiento de salvajes, bárbaros y exóticos procedentes de sus colonias africanas, Togolandia, Camerún, Tanganica, Ruanda-Burundi, Kenia y Kionga, salvajes que desconocían totalmente el derecho de guerra de nuestra Europa cristiana. El nivel inferior de civilización de tales tropas, la falta de principios en luchas ajenas del todo a su voluntad y a sus países e intereses, las supersticiones debidas a sus falsas creencias religiosas, todo contribuyó a que se cometieran los mayores crímenes y que se practicaran las crueldades más inimaginables, como el descuartizamiento de cadáveres en el mismo campo de batalla, como la práctica del canibalismo documentada pertinentemente por nuestros servicios de espionaje, o como las violaciones indiscriminadas de mujeres, niñas e incluso niños de cortísima edad en las localidades que asaltaban a cuchillo y a traición.
Pero la perfidia de los enemigos no se detuvo ahí, no, su grado de maldad no conoció límites. Recuerdo varios sucesos que conmocionaron sobremanera no solo al alto mando y a las tropas, sino también a la opinión pública, convenientemente informada por los periódicos de París. Uno de ellos fue la detención de supuestas ambulancias de la Cruz Roja que en realidad eran transportes camuflados de municiones alemanas. Otro fue la simulación de rendimiento mediante enarbolación de la bandera blanca en una posición avanzada en el frente de Verdún utilizada como treta para atraer a nuestras tropas, que fueron masacradas sin piedad desde un nido de ametralladora. Y la no menos horrible estratagema de despojar a los soldados franceses muertos de sus uniformes para crear pelotones de falsos compatriotas que lograban así infiltrase entre nuestras líneas y causar estragos.
¿Y qué me dicen de los bombardeos indiscriminados sobre nuestras ciudades indefensas? ¿Qué me dicen de su artillería pesada, de la “Gran Berta”, de los ingenios que producía su industria pesada, de las monstruosas bombas que ideaban sus ingenieros? ¿Qué me dicen del bombardeo de la catedral de Reims por parte de la artillería alemana en septiembre de 1914? Utilizando falsas informaciones, rotundamente desmentidas por el mariscal Joffre, y con la excusa de que dicha ciudad se hallaba convertida en una verdadera fortaleza merced a la construcción de un campo atrincherado, con la falsedad asimismo de que se habían instalado puestos de observación para la artillería en las torres de la catedral, los proyectiles alemanes fueron dirigidos hacia el maravilloso templo, cuya mutilación lamentó el mundo artístico y religioso en los cuatro puntos cardinales del mundo.
A todo ello debemos añadir el comportamiento deshonesto de las tropas alemanas a lo largo y ancho de aquellos cuatro años de conflicto, ejemplificado en el saqueo de las localidades tomadas al asalto, en las que los soldados se entregaban con deleite al pillaje en nuestras casas, edificios oficiales y religiosos, en nuestros museos. Y cuando no era el pillaje era la simple destrucción de lo que no podían llevarse, bienes inmuebles y muebles, todo lo que caía en sus manos. O los atentados contra los civiles llevados a la práctica sin arrepentimiento, con saña y violencia injustificadas, el asesinato de seres inofensivos, de mujeres y niños que antes eran violados por pelotones enteros cuyos integrantes hacían fila en espera de su turno. O el empleo de venenos y de armas envenenadas, o los bombardeos de ciudades abiertas e indefensas, como el caso de París que fue denunciado en el mundo entero.
También se entregaron con saña, como si tales comportamientos estuvieran previamente estudiados, definidos y ordenados por el Alto Mando Alemán, al maltrato de los prisioneros, en contravención del Manual de Oxford del Instituto de Derecho Internacional y de las Convenciones Internacionales de La Haya y de Ginebra. De hecho, los prisioneros fueron utilizados para trabajos vejatorios e ilegales en directa relación con el conflicto, por lo que se veían obligados a cavar trincheras que favorecerían al enemigo. Además, las penosas condiciones de internamiento en campos totalmente irregulares y situados en lugares insalubres como marismas y terrenos cenagosos, la alimentación malsana e insuficiente, el trato vejatorio, los interrogatorios y torturas llevadas a cabo sobre oficiales para que revelaran secretos de guerra, el confinamiento en un primer momento de los prisioneros en lugares donde se concentraba la potencia de tiro de nuestra artillería, todo ello contribuyó a un alto índice de fallecimientos de nuestros soldados y oficiales capturados.
Y no terminaría nunca este relato de no ser por la premura de espacio, por eso debo abreviar y mencionar también la utilización de rehenes civiles, como la toma de notables de los municipios ocupados para que respondieran con sus vidas de la seguridad de las tropas allí acantonadas y de la seguridad de los medios de transporte y vías de ferrocarril ante hipotéticos actos de sabotaje. Y las exacciones, requisiciones y contribuciones de guerra que atentaron contra la propiedad privada de civiles, y toda clase de robos y hurtos cometidos ya no solamente por los Estados Mayores de los ejércitos alemanes, que nunca entregaban recibos de cuantos bienes materiales confiscaban, como señala el artículo 56 del Manual de Oxford, o el artículo 52 del reglamento de La Haya, sino por sus tropas dedicadas al pillaje en las localidades ocupadas y devastadas.
Dejo para el final la mención de otros sucesos que no deberían repetirse nunca más y que deberían ser conocidos por todos los humanos, para escarmiento del género, como la ejecución de soldados franceses heridos en batalla que eran capturados por los alemanes quienes, en lugar de llevarlos a hospitales y curarlos conforme a las normas internacionales, los ejecutaban sobre el terreno para evitar el gasto añadido de transportarlos y sanarlos, incluso las acciones tendentes a obstaculizar esa tarea en el bando nacional, como los casos de capturas de médicos y de enfermeras para impedir que realizaran su trabajo, o el lastimoso episodio de la captura, violación y asesinato de un grupo de damas pertenecientes a la Sociedad Francesa de Socorros a los Heridos Militares, a la Asociación de Damas Francesas y a la Unión de Mujeres de Francia, cuya misión no era otra sino socorrer a los heridos y consolar a los afligidos.
He de terminar esta breve crónica de la abyección narrando uno de los episodios más espeluznantes que me fue dado vivir, y que no debería olvidarse nunca, y que fue la profanación de cadáveres y despojos humanos, que no eran sepultados conforme a la Convención de Ginebra de 1916, sino utilizados para atemorizar a las poblaciones cercanas a los campos de batalla y aún a los soldados atrincherados. Yo viví en primera persona uno de tales sucesos, no en vano cayeron sobre mí y mi unidad los restos de nuestros compatriotas muertos. Fue el caso del bombardeo, el día 24 de julio de 1916, de la ciudad de Moulainville, cerca de Verdún, del que, como digo, fui testigo directo por estar en ella reponiéndome, junto a mi soldados, de los combates de aquellos días, con cadáveres y despojos humanos de compatriotas muertos en el campo de batalla. Los boches utilizaron catapultas cargadas con despojos de franceses, es cierto, como proclamo yo desde mi tumba para que quede constancia, aunque sea lo último que me sea permitido decir.
















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