Las niñas dormidas
“Bueno, Carmen, tú que eres madre de una niña preciosa, te voy a enseñar unas fotos para que me cuentes lo que te sugieran, lo primero que se te ocurra, lo primero que te llegue a la cabeza.”
“Vale, de acuerdo.”
“Esta es la primera.”
“Es muy antigua, ¿no? Es preciosa… Es una madre con su niña dormida entre los brazos. ¿Se la hicieron en un estudio? ¿No? Eso parece al menos, que la hicieron en un estudio hace muchos años, tal vez cien, o más. Y la niña está tan tranquila, dormidita como un ángel. Qué paz desprende esta foto, sí, paz…”
“¿Qué más?”
“No sé, la niña es muy linda con esa boquita cerrada, sus ojos cerraditos… La madre debía estar muy orgullosa posando con su niña. M. Sala era el fotógrafo, ¿no?”
“¿Y esta otra?”
“Está un poco desenfocada, ¿no es verdad? Será porque también es antigua, sí… Es una niña pequeña, todavía un bebé, que duerme sobre una cama. Tiene la cabeza sobre la almohada y la han arropado hasta la cintura con una sábana que parece de seda… Al menos eso parece por el brillo de la tela y porque no tiene arrugas… Tiene los bracitos cruzados sobre el pecho y las manos enlazadas…”
“¿Algo más?”
“Bueno, sí, que tiene poco pelo, unos mechones en la sien izquierda. Y los ojos cerrados, la boca entreabierta… La han vestido con una blusa blanca que lleva puntillas en cuello y puños.”
“¿Eso es todo?”
“A la izquierda hay una cuna adornada con encajes y se ve como un dibujo de un chino o algo así en la pared. Bueno, y flores, al menos eso me parece…”
“Mira esta de aquí”.
“Caramba, esta otra sí que es antigua, con tantas manchas. ¿Otra niña dormida? ¿O es un niño?”.
“¿Dormida?”
“Bueno, la verdad es que no parece lógico hacer una fotografía a una niña dormida… Yo al menos nunca se las he hecho a mi hija, qué quieres que te diga. Una le hace fotos, no sé, en el parque, con las amiguitas, en las fiestas, lo normal, ¿no? Pero así, dormida, eso ya no…”
“Carmen, estas niñas no están dormidas.”
“¿Qué quieres decir?”
“Que nadie toma fotos de niñas dormidas, Carmen, ni ahora ni nunca, ni en 2008 ni en 1880. Sería algo extravagante, ¿no te parece? Míralas bien. Mira sus caras, los ojos tan cerrados, esas bocas entreabiertas como si estuvieran respirando por allí. Mira la posición de sus cuerpecitos inertes sobre las camas, las manos cruzadas sobre los pechos, los vestidos de domingo que lucen… ¿Crees que están dormidas?”
“Pero, no me irás a decir que…”
“Sí, Carmen, te lo digo, esas niñas no están dormidas, esas niñas están muertas.”
“¡Qué!”
“A esas niñas les hicieron niñas fotos después de morir.”
“¡Pero no puede ser, es una barbaridad, a quién se le ocurre hacer fotos de niñas muertas…!”
“Bueno, tiene su explicación, Carmen. La mayoría de la gente hace fotos a sus hijas, como tú decías, en el parque, jugando, riendo, qué se yo… Pero ten en cuenta que a finales del siglo XIX, cuando se hicieron estas cuatro fotografías, casi nadie tenía una cámara. Y por lo tanto la gente no tenían fotos de sus hijas vivas.”
“Me dejas helada…”
“Entonces había una alta mortandad de niños… Por eso la gente, para conservar un recuerdo, encargaba a un fotógrafo que hiciera retratos a las niñas muertas.”
“¡Joder!”
“Era lo normal, Carmen, si querían conservar un recuerdo de ellas no les quedaba otra opción. ¿Lo ves? Todas estas niñas no tenían fotos de cuando estaban vivas y tuvieron que recurrir a un fotógrafo ambulante o llevarlas a un estudio para que les sacara estos retratos tan singulares… Retratos de niñas muertas, Carmen.”
“¡Qué barbaridad! Y yo que creía que estaban dormidas, te lo juro, parecen tan tranquilas y relajadas encima de sus camas con los ojos cerrados y las manitas así. Te juro que pensaba que eran niñas dormidas…”
“Pero, en el fondo, Carmen, tienes parte de razón. Si te fijas en todas estas niñas parece que estén dormidas, en plena siesta del mediodía, dormidas después de comer, que así debe ser la muerte, un sueño del que no se despierta…”




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