Los desnudos de Eulàlia

Me llamaba Eulàlia Gombau. Nací en Barcelona a comienzos del siglo XX, da igual ahora la fecha exacta. Estas fotos me las hizo un amigo en 1926, cuando yo era una joven preciosa, con un cuerpo envidiable, que atraía a todos los muchachos del barrio de Sants, el barrio de mi familia de toda la vida. Fue una mañana de abril, todavía hacía algo de frío en la ciudad, también en la casa de mi amigo, que simuló un paisaje de invierno en el estudio que tenía en la buhardilla. Por eso no quedan mal, porque algo de frío tenía de verdad mientras él sacaba sus fotografías. ¿No notan mi piel de gallina? Es cierto, no se ve, pero les aseguro que pasé bastante frío. Tenía que aguantarme para no tiritar delante de la cámara. Solo pude posar quince minutos, así que mi amigo tuvo que darse prisa. Se le notaba que la visión de mi cuerpo desnudo le excitaba, pero ya habíamos hablado antes de la sesión y de lo que significaba para mí. Nada de sexo. Al menos con él, que no me atraía. Pero había hecho desnudos a algunas amigas de mi barrio y yo también quería tener mis fotos de recuerdo. De recuerdo de mi cuerpo en todo su esplendor, allá por 1926. Fue la mejor decisión que tomé en mi vida.

 

¿Por qué lo hice? Bueno, me gustaba mucho estar desnuda. Siempre que podía. En mi casa, ya siendo una niña, y en cuanto me quedaba sola, bien porque mis padres y hermanos salían, bien porque me encerraba en mi habitación, me ponía desnuda a la menor ocasión. Sobre todo en verano. El verano era perfecto para estar desnuda en mi casa. Me paseaba por todas las habitaciones acariciando los muebles, asomándome furtivamente a las ventanas para espiar a mis vecinos, a los transeúntes. Me gustaba sentir el frío de las baldosas en las plantas de mis pies, el frío de la mesa de mármol de la cocina bajo las palmas de mis manos. Y revolver los cajones de toda la casa y ponerme ropa de mi madre, de mis hermanas mayores. Incluso olfatear, llena de vergüenza, las prendas interiores de mis hermanos. Recuerdo perfectamente aquellos veranos, sin duda la mejor época de mi vida. Pero también en invierno, no se crean, era entonces cuando me encerraba en el cuarto de baño para darme largos baños en agua caliente durante los que me enjabonaba el cuerpo varias veces, lentamente, estimulando cada una de sus zonas.

 

 

Puedo decir que fui una mujer sensual, muy sensual. Pronto llegó mi pubertad, a los doce años, y desde ese momento mi erotismo se acentuó todavía más. Lo cierto es que en mi casa se vivía un clima bastante tolerante, mi padre era abogado de una naviera del Paseo de Colón y mi madre trabajaba en el Hospital de la Santa Cruz. Por eso casi nunca estaban en casa. Comparada con otras familias de la vecindad, la nuestra era liberal, abierta, sin tapujos, nos habían dado una educación libre, sin complejos religiosos, ácrata. Recuerdo que un día mi madre vino antes de hora del hospital y me sorprendió desnuda, masturbándome en el cuarto de baño, que no había atrancado con el cerrojo por creerme segura. No me dijo nada. Solo sonrió y cerró la puerta. ¡Cómo me gustaba masturbarme! Lo hice toda mi vida, independientemente de mis relaciones con los hombres. Acariciar mi cuerpo lentamente, los hombros, los pechos, los pezones, las ingles, mi coño, el culo, las plantas de los pies, las axilas, era un ejercicio parsimonioso que podía llevarme horas. Horas… Hace tantos años…

 

 

Y luego estaban los hombres, tan brutos ellos, tan hermosos, con sus cuerpos musculosos y el miembro entre las piernas siempre dispuesto, siempre preparado para esas acometidas fulgurantes, apasionadas, tan breves… Conocí carnalmente a muchos de ellos, sobre todo a partir de 1931, con el clima de liberación que llegó con la República. Hacíamos fiestas, fiestas con abundante alcohol y muchas risas, siempre había un muchacho hermoso con quien retirarse hasta el amanecer, sentirse acariciada, penetrada, horas y horas. Bueno, lo cierto es que pocos amantes podían satisfacerme del todo, ellos solían desinflarse antes de hora, completamente agotados y borrachos sobre la cama, y yo me quedaba mirándolos, jugueteando con sus miembros fláccidos, algo insatisfecha y necesitada de la masturbación para aplacar mi sensualidad. Pero he de reconocer que hubo dos hombres en mi vida que fueron especiales. El primero se llamaba Félix y era tipógrafo en un taller del barrio. Durante dos años y medio fue mi amante, y puedo jurar que pocas veces, se podrían contar con los dedos de una mano, me dejó insatisfecha. Pocas.

 

 

Y luego Xavier, el que fue mi marido y padre de mis hijos, tan bello y amable, el hombre ideal, siempre dispuesto, que sabía satisfacerme casi como yo lo hacía conmigo misma, quizá mejor, que me hacía llegar al orgasmo cada día, en cada acometida, en cada una de las innumerables, largas e inolvidables sesiones de sexo sobre nuestra cama. Con él tuve a mis dos hijos, Eulàlia primero, Xavier después, y puedo decir que el parto fue como un orgasmo al revés, pero orgasmo, al fin y al cabo. Todo lo importante que me ocurrió en la vida entró o salió de mi vagina. Por eso digo que fui una mujer tremendamente sensual, hasta el día de mi muerte, algo prematura. Xavier murió en el frente de Aragón, en el invierno de 1938, luchando junto a sus camaradas cerca de Teruel. Mis hijos pronto abandonaron el hogar, allá por 1954, para seguir sus vidas. Me quedé sola, sola en el piso del Ensanche que habíamos alquilado ya antes de la guerra, sola con mis recuerdos, con mi cuerpo, sola en la casa y desnuda casi siempre. Es verdad que tuve amantes ocasionales, pero ya nada fue igual. Prefería encerrarme sola en mi casa, completamente desnuda, para masturbarme con estas fotografías de mi cuerpo joven, estas fotografías salvadas milagrosamente de la destrucción.

 

 

Comprenderán ahora mejor por qué me hice estas fotografías. Quizá la mejor idea que tuve en mi vida. Las otras cosas, las relaciones personales, los trabajos, los anhelos, las emociones, los amoríos, las fidelidades e infidelidades, de eso ya no queda nada. Ni siquiera queda ya la lápida del cementerio de Montjuïc que un día cubrió mis restos mortales. Por quedar, ya no quedan ni mis restos mortales, en 2008, ni huesos ni nada, ni polvo, descompuesto junto al de otros miles de personas en los osarios comunales. Sí, fue una buena decisión. Las otras fotografías, las que documentaban mis horas felices, las excursiones, los viajes, las celebraciones sociales, el nacimiento y crecimiento de mis hijos, todas se han perdido para siempre, también convertidas en polvo. Por quedar, ya no queda de mí más que mi nombre, Eulàlia Gombau, en los registros civiles, una anotación para el nacimiento, otra para la muerte. Por eso me gustan estas fotografías. Sé que nunca se perderán. Siempre llamarán la atención. Antes, todavía existía el riesgo de que el papel también se descompusiera, como todo, pero ahora, con esto de las imágenes virtuales e internet, quizá las fotos de aquella sesión tan lejana de desnudos puedan subsistir para siempre, y yo con ellas, como si hubiera alcanzado la inmortalidad.

 

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