En el bosque
Tengo el gusto de presentaros mi nuevo libro, En el bosque, que acaba de publicar Mira Editores (Zaragoza). Se trata de un trabajo entre el diario y el ensayo en el que hablo del valle de Pineta, en Bielsa, uno de los enclaves más singulares de los Pirineos de Huesca y que forma parte del Parque de Ordesa y Monte Perdido. A lo largo de un año de estancias intermitentes lo recorrí de norte a sur, de este a oeste, anotando las impresiones que me causaba la Naturaleza. Es una obra escrita desde el punto de vista de la Ecología Profunda, aquella que sitúa en el mismo nivel la vida de todos los seres, ya sea un microorganismo, una planta, un insecto o un mamífero, incluido el ser humano. En esta obra todo tiene el mismo valor, las lluvias torrenciales del otoño o el brote de un caducifolio, el paso de los excursionistas o de las hormigas, las heladas del invierno o la lumbre de la chimenea. Puedo decir que me siento especialmente orgulloso de este punto de vista, alejado del antropocentrismo con que se escriben los libros sobre los Pirineos. Hacía falta acercarse a la Naturaleza con otra visión, despojar a los bosques de ese estigma que los identifica como lugares terribles, del horror y del miedo, cuando son, al menos a mi juicio, todo lo contrario, el espacio de la iluminación y de la ebriedad. Por otro lado, al libro debía ponerle un punto final. Eso no quiere decir que mi interés por el valle de Pineta haya pasado, al contrario. Sigo visitando Pineta y sigo tomando notas. La prueba son los párrafos que irán apareciendo en este blog, acompañados de fotografías hechas por mí y que son como una prolongación de En el bosque, lugar al que me escapo siempre que puedo para perderme unas horas.

Silencio.
El hombre es un ser ruidoso y poco observador. Cuando camina por el bosque, va ahuyentando a los animales que lo habitan con su actitud arrogante, despreocupada, el bramar de las voces, el olor corporal, sus ropajes chillones. Por eso, si uno se introduce en la floresta y se queda inmóvil y en silencio un buen rato, no es extraño que poco a poco comience a sentir que la vida se reanima a su alrededor. Entonces, sí es posible escuchar el canto de las aves, hasta poco antes enmudecidas, o ver los saltos de una ardilla de tronco en tronco, o apercibirse de las setas que crecen junto a donde se pisa, o de la tela de araña descubierta por su brillo, o del curioso gesto de un pájaro que se acerca mucho más de lo que uno podría imaginar.

Emboscadura.
Acercarse a los límites del bosque, estacionar el automóvil en la explanada que precede a la floresta y hacerse fotografías con los árboles como telón de fondo son gestos habituales. Los turistas saben bastante de ello. Sin embargo, no es tan habitual meterse en el bosque, perderse en la espesura, emboscarse, franquear el límite que separa la naturaleza de la cultura, el límite entre el caos y el orden humano, entre lo imprevisible y lo previsible, entre lo intolerable y lo tolerable. Emboscarse es penetrar un espacio hostil, residencia ancestral de espíritus misteriosos, apariciones, bestias carnívoras, fugitivos de la justicia. El bosque, todavía más de noche que de día, es la región desconocida donde habitan el peligro, el caos y la muerte. Es por ello que la gente no se embosca. Pero una vez en la floresta, aunque sea de noche, desaparecen como por ensalmo los temores, los miedos ancestrales, todo lo de irracional que hay en nosotros. Surge entonces la visión del espacio boscoso como iluminación, orden, perfección y vida.

Combate.
En la lucha ancestral entre pinos y abetos, unas notas sobre el combate. Allí donde acaba el abetal comienza un bosque de pino albar, de ejemplares altísimos y en franca competencia. Pero en el pinar hay multitud de brotes de abetos, que constituyen la población principal de individuos jóvenes, por lo que no es descabellado augurar una sustitución paulatina de los pinares por abetales, al menos en estas laderas de umbría que no reciben la luz directa del sol en invierno y donde llueve todo el año copiosamente, y que por eso reúnen mejores condiciones para el espeso bosque de abetos, que va ganando el combate lenta e inapreciablemente. Sin embargo, también podría afirmarse lo contrario, debido al calentamiento paulatino de las estaciones, que quizá influya en el régimen anual de lluvias, lo que, sin duda, favorecería al pino rojo en lugar de al abeto. Toda una incógnita, pues, y un extraño fenómeno sobre el que resulta aventurado formular hipótesis.

Catástrofes.
Se ha asegurado que las catástrofes a escala planetaria han supuesto, a lo largo de la historia de la evolución, numerosas extinciones en masa. Y hay quien relaciona las diversas extinciones, que se producen con una escalofriante periodicidad cada 26 millones de años, con la lluvia de cometas de la nube de Oort, el cinturón de restos cósmicos que se encuentra más allá de Plutón y que parece ser perturbado, con una precisión casi incomprensible, o bien por Némesis, la supuesta estrella hermana del Sol, o por el movimiento del sistema solar a través de la Vía Láctea. En todo caso, son precisamente las catástrofes de ese tipo, con la consiguiente extinción en masa que provocan, la ocasión perfecta para que la vida se regenere ante las nuevas oportunidades que se abren para las especies que han tenido la fortuna de sobrevivir. Puede que también nuestro catastrófico desarrollo de depredadores sin freno suponga a la larga, para otras especies, la oportunidad de prosperar en un mundo en apariencia hostil. Es un consuelo pensar que si algo ha de desaparecer de la faz de la tierra es la civilización humana, no la vida, que buscará sus caminos para sustituirnos.

ADN.
Además de la mutación, los científicos ya han señalado otros mecanismos evolutivos, aquellos utilizados por las formas vivas para extender su presencia sobre el planeta. Y uno de los más singulares es la llamada Recombinación del ADN, de gran efectividad, desarrollado exclusivamente por las bacterias, esas especialistas en la supervivencia que sin duda heredarán el dominio que ahora ejercemos nosotros. Las bacterias se pasan unas a otras, libremente y sin esperar a la reproducción, los rasgos hereditarios que les son propios, en lo que se ha definido como una red global de intercambio de poder de una eficacia increíble. Como si fuera un mercado de valores al que todos los individuos pueden acceder, o un banco central que distribuyera el patrimonio genético, son capaces de utilizar genes provenientes a veces de linajes muy distintos y que cubren funciones que su propio ADN no podría desarrollar. Es por ello que son tan rápidas en su respuesta a los fármacos, y que no es raro que una cepa de bacterias desarrolle una resistencia ante, por ejemplo, un determinado tipo de antibiótico. Además, esta habilidad les reporta otras ventajas, como el de ser capaces de adaptarse a los cambios medioambientales en pocos años, mientras que otros organismos más complejos precisarían de milenios de mutación para hacer lo mismo. ¿Alguien piensa que el humano puede terminar con la vida sobre la Tierra? ¿No será nuestra especie aquella que prepare el salto de otras mejor adaptadas, como las bacterias?
El azar.
¿Realmente es una estrategia defensiva de determinadas plantas segregar alcaloides u otras sustancias tóxicas? Parece claro que los efectos de algunas plantas son desagradables, incluso mortales, lo que confirmaría la hipótesis. ¿Pero, por qué otras plantas, en vez de provocar la enfermedad, nos embriagan profundamente? ¿Son ellas capaces de ahuyentar a los herbívoros pero incapaces de alejar a los humanos? ¿O es que los herbívoros también se embriagan con ellas? Basta pensar en la emborrachacabras (coriaria myrtifolia), de nombre elocuente, que en estos animales tiene efectos embriagantes, no así en el humano, a quien puede resultar mortal. Recuerdo una bonita hipótesis de un antropólogo que sostenía que el salto evolutivo de los primeros homínidos al homo erectus se debió al consumo de plantas sintetizadoras de alcaloides, que tienen como efecto un aumento de la sensibilidad perceptiva que permitió, a nuestros ancestros, redoblar la eficacia de su vigilancia en la sabana ante eventuales ataques de depredadores. ¿Son entonces los alcaloides, ya no venenos, sino catalizadores del proceso evolutivo? ¿Con qué finalidad producen las plantas ese tipo de sustancias? De existir finalidad, habría que admitir la inteligencia del reino vegetal, lo que a todas luces es exagerado, o la existencia de un ser supremo. Fue el error en el que incurrieron ciertos naturalistas del siglo XIX, el pensar que los mecanismos de defensa eran desarrollados con un objetivo, una intención. Pero en realidad fue el azar el que intervino, e interviene, en forma de mutación constante, cambio fortuito que nutre la experiencia de la vida y sigue aconteciendo, a pesar del impacto que nosotros ocasionamos, al menos todavía.
La hipótesis Gaia.
Que la Tierra es un todo, un sistema autoorganizado y vivo, es la teoría que alumbraron James Lovelok y Lynn Margulis hace ya unos cuantos años. Partiendo de la constatación de que la temperatura en la superficie de la Tierra se ha mantenido constante, a un nivel confortable para la vida, durante los últimos cuatro mil millones de años, independientemente de los cambios naturales y cíclicos, llegaron a la conclusión que debía existir algún mecanismo regulador de la misma, que definieron como una compleja red de bucles de retroalimentación que implicaba tanto a los sistemas vivos, desde las bacterias a los mamíferos, como a los no vivos, como las rocas, los océanos y la atmósfera. Así, la Tierra sería capaz de autorregularse las condiciones aptas para su propia existencia. Y observando lo que sucede en un valle como Pineta, desde los cristales hexagonales de hielo al vuelo de las rapaces, desde las intricadas relaciones entre las comunidades de hormigas hasta la presencia humana, desde la retracción de los glaciares hasta los vendavales que derriban árboles, parece que esa teoría se confirma continuamente. Todo está relacionado, el cadáver que se descompone con la vida que se genera, los fenómenos meteorológicos y la configuración de la orografía, el estiércol de las vacas con la ebriedad. Y es aquí donde se pueden recoger las pruebas para concluir que Gaia no está amenazada por los humanos, al contrario, que fue capaz de generar la vida mucho antes de nuestra aparición y que seguirá haciéndolo cuando nos hayamos extinguido.
Caballos pastando.
Supongamos un caballo pastando en los llanos de La Larri, en la cabecera del valle de Pineta, Huesca, como los que se ven en la fotografía, que es distraído por una mariposa que remonta el vuelo. Entonces, el caballo vagará probablemente por el campo siguiendo un camino diferente del que hubiera seguido de no ser molestado por la mariposa, lo que indudablemente influirá, al menos, en las hierbas que el caballo come o no: mueren unas y no otras, lo cual, para ellas, es de suma trascendencia, aunque sea una forma de vida vegetal. Sin embargo, lo que cambia es la cronología de los sucesos, no el abanico de los sucesos posibles. Comer o ser comido, ahora o después, esa es la diferencia. Así, cambios mínimos en la vida cotidiana de una hierba, un caballo o un ser humano pueden llevar a resultados fatales (o al contrario, deseables), quién sabe, un encuentro en la calle con un amigo nos lleva al punto del accidente por el que hubiéramos pasado antes de no ser por el encuentro, pero no cambia el abanico de sucesos posibles, sino su cronología y desarrollo, sufriremos el accidente antes o después. En todo caso, hierbas, caballos y humanos sometidos a los dictados del azar.
La aceleración evolutiva.
Curiosa teoría de John Platt, la aceleración evolutiva, quien cree que la vida en la Tierra está alcanzando su punto más crítico en 4.000 millones de años. La vida está avanzando con ímpetu tan rápidamente que es imposible decir qué puede pasar incluso en un periodo de tiempo geológicamente corto, a lo cual contribuye también la ciencia humana, que es como la cúspide de esa aceleración. Es un fenómeno que se remonta al origen de los tiempo y se manifiesta ahora, con la intervención del hombre, en su máximo esplendor, o decadencia, según se mire. Los períodos de tiempo necesarios para el desarrollo de nuevos sistemas o tecnologías se han recortado drásticamente, y se recortan cada vez más. ¿Está la civilización al borde de la decadencia y del colapso o, al revés, será ahora el momento en que pueda dar solución, o respuesta, a los viejos interrogantes?
Amanita muscaria.
Es el enteógeno más conocido del mundo, utilizado desde el año 6.000 a C. Está muy documentado su uso chamánico, medicinal y lúdico entre tribus siberianas, entre las que es muy apreciada la orina de quienes la han ingerido, ya que contiene su principio activo y no otros que ocasionan algunos inconvenientes (vómitos, náuseas…), pudiendo durar, esa orina reciclada, hasta el cuarto o quinto hombre. El folclore siberiano asociaba la amanita con el abedul, ya que crece en simbiosis con él, y por eso le llamaba “Árbol del mundo” o “Árbol de la vida”. Se especula que su utilización remota en Siberia se extendió por el mundo en la prehistoria, constituyendo el precedente inmediato de todas las religiones. Por eso se la ha identificado con el soma, la planta-dios de la antigua civilización aria que se desplazó en el 2.000 a. C. al valle del Indo y compuso los Vedas; con el “hongo divino de la inmortalidad” o Ling Chih del arte taoísta; y con la “hierba de la inmortalidad” de la epopeya de Gilgamesh de los sumerios. Samorini sugirió que el “Árbol de la vida” y el “Árbol del conocimiento del bien y del mal” del Génesis eran en realidad un solo árbol, el abedul siberiano, y que su fruto no era otro que la amanita. ¿La manzana de Adán y Eva pudo ser un hongo? Hay bastantes muestras en iconografía cristiana antigua que asocian el árbol y la amanita. No se sabe si son representaciones ocasionales, o si hay algo más profundo, que relacionaría el Antiguo Testamento con la ebriedad.
El bosque recuperado.
Pineta recupera arbolado conforme se despuebla. Actualmente, por el abandono de campos, talas, pastoreo, carbón vegetal, etc, se asiste a la lenta pero consistente recuperación del bosque, al menos en Occidente. La actividad humana deja su lugar a la vegetal. De hecho, puede decirse que el estado actual, después de la despoblación provocada por la Guerra Civil, debe ser bastante parecido al paisaje vegetal del cuaternario, después de las glaciaciones. Es por ello probable que en el valle existieran, como ahora, bosques de frondosas, de coníferas y mixtos de coníferas-frondosas. Una lucha desigual se ha producido en el valle entre las especies vegetales, los árboles, y el hombre, que durante siglos fue venciendo en esa batalla, hasta el punto que a finales del siglo XIX y comienzos del XX, más o menos la frontera que establece la Guerra Civil, el valle era de dominio humano y las especies vegetales estaban en franca regresión. Entonces, a Pineta la llamaban la balle berde, el valle verde, no por el color de la vegetación arbórea, como en un primer momento parecería, sino de los pastos de la numerosa cabaña ganadera. Existen fotografías que muestran una Espierba en blanco y negro rodeada de pastos, sin las masas forestales actuales, recuperadas en los últimos sesenta años. En todo caso, en el municipio de Bielsa siempre se ha conservado una importante masa forestal debido a que, entre otras causas, la desamortizaciones del siglo XIX no la afectaron con la misma intensidad que en otras zonas. Mucho montes comunales cubiertos de pinos, hayas o robles de más de 100 hectáreas fueron exceptuados de la desamortización ordenada en 1855. En virtud de las exenciones del Decreto de 22 de febrero de 1862, un total de 7.747 hectáreas de Bielsa se declararon no enajenables.
El papel de las setas.
Puede afirmarse el papel fundamental que estos antiquísimos organismos juegan en la cadena evolutiva. Sin ellos, gran cantidad de desechos y residuos que dejan otras especies, desde los excrementos de las vacas a los troncos caídos en el bosque, nunca llegarían a reciclarse e introducirse de nuevo en la cadena trófica. Los hongos se nutren de esos residuos, a la vez que sus propios desechos sirven de sustrato nutritivo a otras especies. Casi todas las plantas dependen de algún hongo diminuto que facilita la absorción de nitrógeno por las raíces. Puede decirse que las raíces de los árboles del bosque están interconectadas por una inmensa red de hongos que ocasionalmente emerge a la superficie en forma de setas. Y llegamos nosotros, los recolectores de setas, para introducirnos jovialmente en la cadena, buscando los portentosos hongos del bosque, guisándolos, comiéndolos en jornadas festivas, expulsando también la materia que, de nuevo reciclada, corre a cumplir su papel en la obra del continuo devenir.
Los fractales.
En 1904, Helge von Koch ideó la “curva del copo de nieve”, una curva matemática que representa un fractal compuesto de triángulos equiláteros que van haciéndose sucesivamente más pequeños, por lo que refleja bien el comportamiento de los fractales: tienen siempre la misma estructura en todas las escalas. Un segmento de la curva del copo de nieve, ampliado diez o cien veces, sigue teniendo la misma forma. Más adelante, la palabra fractal y el desarrollo de esa teoría matemática se debieron a Benoît Mandelbrot, que la formuló en torno a 1975 en su The fractal geometry of nature. La mayor parte de la naturaleza es muy complicada. Si se quiere hablar de nubes, montañas, ríos o relámpagos, el lenguaje geométrico resulta inadecuado. Así que Mandelbrot creó la geometría fractal (“un lenguaje para hablar de las nubes”) para describir y analizar la complejidad del mundo natural que nos rodea. La propiedad más sorprendente de estas formas fractales es que sus patrones característicos se encuentran repetidamente en escalas descendentes, de modo que sus partes, en cualquier escala, son semejantes en forma al conjunto: rocas en montañas que se asemejan a pequeñas montañas, bordes de nubes que repiten el mismo patrón una y otra vez… Cuanto más sesgados los perfiles del relámpago o los bordes de las nubes, cuanto más abrupto el perfil de costas y montañas, mayor será su dimensión fractal. De todos los modelos de fractal, es quizá el patrón fractal de las nubes el más asombroso, y el que inspiró a Mandelbrot. La autosemejanza alcanza hasta siete órdenes de magnitud, lo que significa que el borde de una nube, ampliado diez millones de veces, sigue mostrando el mismo aspecto conocido.
Cien días.
Sigue el valle cubierto de nieve, y ya vamos para cien días. Que yo sepa, al menos han caído tres grandes nevadas de medio metro de espesor, y algunas más como la de esta noche, de unos 20 centímetros. Entonces, este año la media anual de cuarenta y un días se sobrepasará con creces, aunque bien es cierto que el invierno pasado fue especialmente escaso en nevadas. De ahí las medias, las estadísticas que tanto nos atraen. Debemos reconocer que el horizonte de la percepción humana es bastante corto, dada nuestra esperanza de vida media, y que enseguida nos lamentamos o nos felicitamos por los malos o buenos años, que no sabemos tener paciencia en nuestra relación con la Naturaleza, que lleva más de tres mil quinientos millones de años desarrollándose, sin elaborar estadísticas.
Los efectos catastróficos de la nieve.
Cuando la nieve se acumula en mucha cantidad su peso puede ser de varios kilogramos por centímetro de suelo. Los vegetales poco flexibles, las leñosas, sufren daños mecánicos importantes. La presión puede ser igualmente importante sobre ramas horizontales. Los movimientos horizontales de la nieve también son importantes pues los árboles adquieren una forma arqueada o presentan ramas únicamente en el lado protegido del choque directo con la nieve. Por ejemplo, el haya a menudo aparece acodada en la base en las laderas de fuerte pendiente: de este modo se compensan las deformaciones derivadas del peso de la nieve durante los primeros años en que el tronco, muy flexible, registra importantes deformaciones. Asimismo, los aludes pueden ser catastróficos. Se producen preferentemente en zonas sin cubierta vegetal, pero cuando afectan a los árboles pueden tumbarlos fácilmente. En estos casos, el bosque queda interrumpido por pasillos o corredores longitudinales correspondientes a las zonas arrasadas, cubiertos de una vegetación resistente al efecto de los aludes.
El haya.
Pienso en el haya, que tiende a brotar antes que otras especies competidoras, y en las ventajas que esa peculiaridad puede reportarle. Antes, con un clima algo más frío, no era raro que, debido a heladas tardías, muchos ejemplares de haya sufrieran lesiones graves en sus hojas que las armaban peor para pasar el verano y las estaciones sucesivas. Ahora, sin embargo, debido al alargamiento de la primavera, que también empieza algo antes, esa característica puede venirle bien a las hayas, ya que el riesgo de helada disminuye año tras año conforme las temperaturas del planeta, dicen, van aumentando. Estaría el haya, entonces, bien preparada para el futuro cambio climático. Podría decirse que la asociación con el hombre, a fin de cuentas, le viene bien, después de siglos de sobreexplotación, en estos bosques reliquia de la cabecera del Cinca.
Claro de bosque.
A un lado de la pista forestal, una extraña formación rocosa. Entre árboles adultos y sotobosque frondoso, en una superficie de media hectárea, descubro un gran cúmulo de rocas. Sorprende que alrededor de las rocas la vegetación presente su aspecto normal, los pinos adultos engarzando sus ramas, las rosáceas como alambres enmarañados, arbustos que compiten por el espacio. No hay torrentera a la vista, o cono de deyección. ¿Cómo llegaron hasta aquí? El lugar tiene algo de mágico, el musgo cubre las piedras con su manto verde, la humedad se percibe físicamente, se diría que alguien ha ideado este escenario y lo ha construido siguiendo con fidelidad sus planos, guiado por un propósito incognoscible. Pero, más tarde, desde la borda, descubro más arriba, en la empinada ladera de la montaña, un pequeño cono de deyección que explica el misterio. Sin embargo, el claro tiene su personalidad, una sinergia que llama y propone otras visitas.
Miedo.
¿Qué otra cosa sino miedo deben sentir los habitantes naturales de este valle ante la incursión de los ruidosos y estrafalarios humanos? Es seguro que las ardillas y las aves, los insectos y las plantas, nos perciben con gran anticipación, ya cuando llegamos a bordo de nuestros arrogantes automóviles y nos extendemos, como una plaga, por las inmediaciones del Parador de Turismo de Bielsa. Entonces, los ruidos provocados, el griterío, la chillona coloración de las prendas de vestir, los olores que vuelan raudos impulsados por el viento, la inquietante visión de los enormes mamíferos en manada colonizando la zona, debe asustar a los moradores de todos los días, que han retirarse a las partes más lejanas y recónditas en espera de que, a la noche, o fuera de las fechas señaladas, la multitud de humanos dejen de importunar. Habría que imaginarse un escenario parecido en las ciudades ante la llegada de una especie fenomenal que nos obligara a nosotros a refugiarnos lejos de su campo de percepción. Pero la capacidad de fabular está, últimamente, muy recortada.
Simbiosis.
Además de las catástrofes, las mutaciones y la recombinación del ADN, el cuarto motor de la evolución sería la Simbiosis o creación de nuevas especies a través de fusiones entre miembros de antiguas. Se ha señalado que también el ser humano es fruto de esa Simbiogénesis, y que solamente ha llegado a su estado evolutivo gracias a las uniones entre organismos mucho más simples, como las bacterias. De hecho, no somos más que colonias de bacterias y células especializadas que componen a un individuo que se renueva del todo cada veinte años, conservando su conciencia individual, como un ordenador al que le sustituyen sus componentes poco a poco y que, sin embargo, sigue respondiendo a las mismas órdenes y atesorando los mismos archivos. La Simbiogénesis supuso una pequeña revolución en las teorías sobre el desarrollo de la vida sobre la Tierra, ya que puso el acento en la cooperación y la alianza antes que en el combate y la adaptación. No solo hubo mutaciones que resultaban favorables a los individuos o no, o catástrofes que dejaban huecos evolutivos a especies mejor adaptadas, con la carga de tragedia que ello supone, sino alianzas entre seres para avanzar en la escala evolutiva. Toda una enseñanza en un lugar como Pineta y sus bosques, el territorio que poco a poco se despoja del dramatismo, de su carácter de locus terribilis, para reclamar otro tipo de valores, como la ebriedad o la cooperación.
Emboscadura.
Acercarse a los límites del bosque es habitual, está al alcance de cualquiera, de esos miles de turistas que se acercan en sus automóviles hasta las entradas de los parques naturales y los saturan con su indumentaria de centro comercial. Pero meterse en el bosque de verdad, en su espesura, fuera de los senderos y los caminos, es “emboscarse”, franquear el límite que separa la naturaleza de la cultura, el límite entre el orden humano y el caos de la Naturaleza. Meterse es penetrar un espacio hostil, residencia furtiva de espíritus misteriosos, bestias salvajes y fugitivos de la justicia. Por eso casi nadie lo hace, aunque esa hostilidad forme parte más de la leyenda que de la realidad. El bosque, más de noche que de día, es la región desconocida que envuelve el microcosmos donde habitan el caos, la muerte y la oscuridad. Sentarse sobre un tocón, entonces, es un ejercicio que nos lleva a otra realidad, a la iluminación.
Insignificancia.
La insignificancia del ser humano queda en evidencia en valles feraces como Pineta, donde la naturaleza todavía conserva características casi primigenias, cercanas a lo salvaje, con poca intervención de la mano del hombre, y eso se nota en la virulencia de los fenómenos meteorológicos, las heladas y temporales, el frío extremo y las cumbres de más de tres mil metros, y en la competencia con otros seres que lo pueblan, en contraste con las monocordes ciudades, como los árboles centenarios que seguramente vivirán lo que varias generaciones o los insectos efímeros en formaciones multitudinarias. En todo caso, en el valle el ser humano ocupa una posición marginal, a pesar de las aglomeraciones agosteñas, y eso se nota cuando se pasea por el bosque un lunes cualquiera de un mes sin turismo como febrero.
El secreto del bosque viejo.
El secreto del bosque viejo, novela de 1935 del italiano Dino Buzzati, es una obra interesante localizada en un entorno natural boscoso, el llamado Bosque Viejo, el abetal más antiguo del mundo, que recibe en herencia el coronel Sebastiano Procolo. Hasta ese momento, el Bosque Viejo había permanecido virgen durante cientos de años, pero el coronel quiere explotarlo. Los habitantes del bosque, los duendes que moran en el interior de cada abeto, se oponen a sus planes. Es una visión animista, que insufla vida antropomórfica a los animales, las plantas y los fenómenos meteorológicos, que cobran vida consciente. Parece una lucha entre la intransigencia humana y su afán de explotar los recursos naturales y el mundo natural, un mundo natural dotado de una vida de rasgos antropomórficos. Pero al final, el coronel muere como un árbol, lentamente, plantado en medio del bosque, semienterrado por la nieve del temporal, sin haber podido talar los árboles centenarios, que observan su agonía.
Locus terribilis.
Desde el interior, el bosque se muestra como un espacio propicio para la soledad, la reflexión y el conocimiento de la naturaleza. Quizá por su color oscuro, del verde al negro, por su impenetrabilidad, por ser territorio donde habitan las fieras, se expliquen las tenebrosas imágenes ligadas al bosque que subsisten en el imaginario colectivo. Simbólicamente, el bosque es una ocasión excelente para acceder al universo del inconsciente de los sueños, los símbolos y los mitos. La imagen típica de la naturaleza salvaje, la soledad, el miedo, son elementos que el paisaje boscoso evoca en la mente humana. El bosque es una invitación a la soledad y el aislamiento. Alimenta miedos atávicos, leyendas, cuentos, historias de brujas y duendes. También surge del bosque una representación que enfatiza la vertiente iniciática: los grandes héroes de la humanidad, después de pasar un tiempo de meditación clandestina en el bosque, vuelven al orden humano para comunicar su lenguaje innovador, revolucionario (San Juan Bautista, Zaratrusta, el Ché).
El Cornato.
El Cornato, uno de los parajes más bellos del valle de Pineta, es un bosque joven. No hay todavía grandes ejemplares de abetos, esos que alcanzan los cuarenta metros de altura y un diámetro de tronco considerable y que tanto imponen al paseante cuando se detiene a su sombra. Tampoco se ven colosos caídos sobre el suelo, pudriéndose entre brotes después de haber presidido su parcela de bosque durante varios siglos. La mayoría de los árboles son jóvenes y ello se debe a que el valle de Pineta, la Balle Berde en aragonés, se llamaba así por las extensiones de terreno dedicadas al cultivo y a la pastura, que lo teñían de ese color. Ahora, sigue siendo verde, más incluso que hace medio siglo, ya no por los campos sembrados y los pastos de vacas y ovejas, sino por esos bosques jóvenes que comenzaron, hace cuarenta o cincuenta años, libres ya de la influencia humana y de sus cultivos, a colonizar de nuevo su hábitat natural.
Una excursión.
Ahora, en primavera, si el clima acompaña, es buena época para hacer excursiones por el valle, por ejemplo, saliendo desde el Refugio de Pineta y cruzando el río hacia las Inglatas. Desde allí, comienza una fuerte ascensión por Las Fayetas, un espléndido hayedo. Atravesando los barrancos de las Fayetas, la Espluca Negra y la Solana, se llega a un paraje denominado Planeta la Fuen, donde el camino se divide en dos: a la izquierda, hacia el Collado de Añisclo y el valle del mismo nombre, a la derecha, hacia la Faja Tormosa y la cabecera del Cinca. Y por aquí seguimos, remontando el valle entre extensos campos de acónito sobre los que es posible encontrar ejemplares de flor de la nieve o edelweis. Es el punto en que termina el territorio que domina el pino negro, que desciende ladera abajo sembrando de troncos retorcidos el profundo desnivel. El sendero atraviesa otros barrancos, Tormosa, Feixa el Tabo, las Articas, Esquinarasnos, siempre a la sombra de los macizos que forman las Tres Sorores, el pico de Añisclo o Sum de Ramond (3.259 m), el Monte Perdido (Mon Perdito, 3.348 m) y el Cilindro de Marboré (Zilindro de Marmorés, 3.325 m). Una enorme roca desprendida arrasa todo a su paso, solo unos metros por delante de los excursionistas. El valle, contemplado desde esta altura aproximada de 2.000 metros, sugiere otras cosas, la enormidad de los territorios que se abren, el triunfo indiscutible de un medio natural sobre el que las construcciones de los hombres, allá abajo, y sus siluetas invisibles, carecen de relevancia. Más tarde, el descenso se verifica entre roquedales junto a la Cascada del Cinca, entre hayedos reliquia y sorprendentes bojedales antes de llegar de nuevo junto al Refugio.
La voluntad.
Una frase pronunciada por un personaje de Solaris, la película de Andrei Tarkovski basada en la novela se Stanislav Lem: “La Naturaleza hizo al hombre para que la conociese”. Lo que implica varias cosas. La Naturaleza tenía, entonces, la firme voluntad de hacer al hombre, que no sería un accidente sino un designio en esa concepción panteísta. Y lo hizo con una finalidad determinada, que el hombre llegara, mediante la evolución y su inteligencia, a comprender que es hijo de la Naturaleza, a reconocer su ascendencia, y que por lo tanto llegara a idolatrar a su progenitor en una era anunciada de respeto por los valores naturales. Podría estar de acuerdo, pero a mí se me cuela el Azar, que sustituye a la Voluntad. La Naturaleza, así, evolucionaría hacia el hombre accidentalmente, a golpe de mutación y tiempo, y el hombre, a su vez, llegaría a comprender el fenómeno evolutivo para reconocer su progenie accidental y llegar a esa armonía tan anhelada.
La magia en el bosque.
Según Parecelso, los espíritus de las plantas serían las dríadas, hamadríadas, los silvanos, los faunos; los dusii de San Agustín, las hadas de la Edad Media, los Doire Oigh de los galos, los Grove Maidens de los irlandeses. Paracelso da el nombre de silvestres a los habitantes de los bosques, y ninfas a los de las plantas acuáticas. Son los seres elementales, habitantes del plano astral que aspiran a elevarse hasta la condición humana, dotados de una inteligencia instintiva. Pueden producir curas y visiones sorprendentes. Este mundo astral tiene por nombre para los vegetales Leffas, según Paracelso, y combinado con su fuerza vital constituye el Ens primum, que posee las más altas propiedades curativas. Éste es el objeto de la Palingenesia o renacimiento de los seres, en este caso las plantas. El simbolismo vegetal se halla extensamente expuesto en los libros sagrados: el árbol de la ciencia del bien y del mal y el árbol vivificador del jardín del Edén, en la Biblia; el árbol de Sephiroth de la Kábala; el Aswatta, o higuera sagrada; el Haonna de los mazdeístas; el Zampoun del Tibet; el Iggradsil, el roble de los antiguos Celtas, o Yggdrasil, árbol del mundo del que brotaba la mágica hidromiel de la sabiduría, mencionado en la mitología noruega; el “árbol del mundo” o “árbol de la vida” del folclore siberiano, identificado como un abedul… Es por eso que la admiración por ciertos árboles monumentales, ancianos, de porte magnífico, sería una especie de neopaganismo, pero despojado de supersticiones y excesos, fruto de la observación de hombres que normalmente viven en entornos urbanos.























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