Excursión a Europa

Prólogo.

Este álbum que ahora comento perteneció a Francisco Navarro y su mujer y contiene las fotografías de una excursión que hicieron en compañía de su hijo Francisco y de sus familiares Agustín Navarro y Flora por el sur de Francia e Italia, del 25 de junio al 10 de julio de 1956. La mujer de Francisco Navarro guardó en un sobre, pegado en la solapa, diversas facturas de restaurantes, transporte, telegramas, cambio de moneda, etc, que, junto a las fotos en blanco y negro y algunas postales, forman el material de este álbum familiar perdido que ahora vuelve a este rincón de la red. Distribuiré el material por etapas del viaje imaginando los comentarios de la mujer de Navarro, cuyo nombre desconozco.

 

Salimos de Barcelona el día 25 de junio de 1956. Teníamos el propósito de salir a las 5 de la madrugada, pero no pudimos tener el pasaporte de frontera de nuestro hijo Francisco, ya que como hasta el día 15 del mismo mes no terminaba con el servicio militar, el tiempo fue muy escaso para prepararlo todo. Así, a las 10 de la mañana estábamos en la plaza de Cataluña, con todo el coche cargado y a punto de marcha tan pronto tuviéramos el pasaporte. No se presentaba bien la cosa, ya que el agua caía a cántaros, pero a las 11 y cuarto, con el documento en las manos, nos lanzamos hacia la frontera por La Junquera. Tan pronto pasábamos a Francia salió el sol y ya no tuvimos mal tiempo en casi toda la excursión. Un buen presagio para nuestro viaje, que empezaba así con buen pie, después de los problemas del pasaporte.

 

Como teníamos pagados los hoteles y teníamos previsto dormir en Marsella, nos pasamos el día en el coche corriendo siempre por esas carreteras tan limpias de Francia, y comiendo dentro de él por turnos, porque llevábamos bocadillos de jamón y otros de queso, además de buen vino, que a Francisco le encanta y quiere siempre tener a mano. Apenas paramos para orinar tres veces, poniéndonos de acuerdo en el momento, por no ir haciéndolo al capricho de cada uno, aunque hubo de hacerse una parada extra por culpa de Flora y sus apreturas. Francia me pareció un país muy ordenado, todo en su sitio, las flores son flores de verdad, los pueblos están hechos un primor, los campos tan bien ordenados que da gusto de verlos… Así, alegremente, animados por el paisaje, llegamos felizmente a Marsella a las 10 y media de la noche. Todo perfecto.

 

Para conocer algo de Marsella que en la ruta solo era de paso, salimos por la noche un par de horas y otras dos horas por la mañana, un poco deprisa, eso es verdad. Pero no había más remedio si queríamos visitarlo todo, o al menos lo más importante. Por la noche fuimos hasta el puerto a cenar, en unas tabernas algo sucias que a mí no me gustaron anda, no así a los hombres, que estaban encantados de lo barato que resultaba el aguardiente. Por la noche, regular, ya que la mala digestión apenas me dejó dormir, bueno, la mala digestión y los ruidos del hotel, cosa en la que coincidimos Flora y yo. Por la mañana visitamos la Virgen de los marineros llamada Notre-Dame de la Garde. Este sí es un monumento que merece la pena visitar, se ve toda la ciudad, que le tiene mucha devoción a la Virgen, a la que rezamos para que todo fuera bien en nuestra excursión. Salimos de Marsella a las once de la mañana rumbo a Niza.

 

Ya en ruta, los hombres se iban turnando al volante mientras nosotras, detrás, echábamos una cabezada, en mi caso por el cansancio acumulado de la mala noche, en el de Flora porque es una dormilona, aunque ella diga que no. Más tarde, paramos en un pueblecito playero, muy lindo y coquetón, para comer en un restorant francés de los de verdad, casero y populoso, lleno de gente, con camareros muy atareados, donde todo estaba muy bueno y abundante, pero que nos costó aproximadamente al cambio 200 pesetas por cabeza la comida. ¡Un Potosí! Menos mal que el día anterior habíamos llevado los bocadillos, así que algo compensamos. El pueblecito se llama San Rafael y bien merecería la pena visitarlo más despacio, o pasar unos días en su playa, pero debíamos salir ya, pues los hoteles ya estaban contratados desde Barcelona. Aquí estamos mi hermana Flora y yo con mi marido Francisco. El pueblecito tan coqueto del fondo es San Rafael. La foto la hizo Agustín, mi cuñado y marido de Flora. Por cierto, que Flora aguantó bien las tripas ese día.

 

Salimos de comer para volver al coche pasando por Antibes y ya en ruta hacia Niza. Panoramas preciosos, paisajes que quedan en la imaginación solamente, pues la marcha impedía que hiciéramos las fotografías que me hubiera gustado tener de recuerdo. En medio de tanta belleza natural, de tanta luz, de tanta limpieza y orden, llegamos a Niza por el paseo de los Ingleses lleno de luz y fastuosos hoteles a las once de la noche. Las luces eléctricas daban un aspecto muy bonito a la población. Aunque tuvimos que ir primero al hotel a toda prisa por las apreturas de Flora. El hotel solamente era tal sin comedor, y a esas horas tuvieron que hacernos cena en un bar chiquito pero suficiente, aunque los problemas de estómago comenzaron otra vez a la madrugada. En realidad en Niza es donde comimos peor siempre que lo hicimos en ella, en cambio el hotel estaba muy bien y las camareras eran muy atentas.

 

A la mañana siguiente nos paseamos por Niza un ratito, para ver el paseo marítimo que es una maravilla, tan lujoso y lleno de gente muy interesante, gente que viste requetebién y te mira un poco por el rabillo del ojo. Y eso que nosotras íbamos de lo más elegante que permitían nuestros vestuarios. Pero nuestra visita de verdad, a la que dedicamos más tiempo, fue a Cannes, hermosas playas, grandes, inmensas pero sin arena, con cantos rodados que no podíamos con ellos sin herirnos los pies y haciéndonos el baño muy desagradable por falta de costumbre. Eso nos decepcionó. Desde luego, como las playas de España no hay otras en toda la Europa, eso puedo decirlo aquí, porque es la pura verdad. Nadie nos gana en arena en las playas, aunque no tengan retretes como las francesas, y eso, se quiera reconocer o no, es una ventaja. Que se lo digan a Flora. Volvimos a Niza a la tarde para comer otra vez muy regularmente y muy caro. Yo es que no me acostumbro a la comida francesa, aunque tiene mucha fama, eso sí. Y a Flora casi todo le sienta mal. Luego salimos nuevamente para Montecarlo, la siguiente etapa de nuestra excursión.

 

En Montecarlo comimos dos días y muchísimo mejor que en Niza, tanto es así que mi estómago no se quejó de nada y pude dormir como una bendita. Por la noche visitamos el casino. El edificio es algo majestuoso, un verdadero palacio que encerrará seguramente muchísimos recuerdos de generaciones pasadas y de futuras, aunque en el fondo nos decepcionó. Nada de vestidos largos y lujosos, poquísimas joyas y muy desanimado debido a que todavía no es la época estival. Solo estábamos a 27 de junio. Pero los hombres quisieron probar en la ruleta y perdieron todo aquello que apostaron. Como Flora decía, es que en los casinos todo está preparado para perder. A pesar de todo, hicimos el viaje a Montecarlo tres veces y por distintas carreteras pues está dividido en tres Cornisas. La primera junto al mar, la segunda a media montaña y la tercera por lo alto. La más hermosa es la segunda pues se divisa todo el paisaje ya que la tercera ya se adentra en tierra y se pierde la vista del mar.

 

La excursión en Niza se dividió pues en dos: Montecarlo y Cannes. Cannes tiene solamente muchísimos hoteles de gran confort y donde van todos los millonarios pero también algo desierta todavía por ser pronto para los baños. Limpio todo, cuidadísimo todo, pero el mar desagradable siempre por falta de arena, no como en España que pasa un poco lo contrario, mucha arena y algo de porquería. Eso sin olvidar los retretes de playa franceses, claro. En Montecarlo visitamos además el palacio (por fuera, no nos dejaron entrar) de los príncipes Rainiero y Gracia Patricia, que se casaron el 18 de abril, hace solamente 2 meses y pico, aunque ya no queda nada de aquella boda que podamos ver o fotografiar, por lo que compramos Flora y yo unas postales que venden por toda la ciudad y que conmemoran el enlace. Era lo que más ilusión nos hacía, ver a los Príncipes en directo, pero debían estar de viaje de boda. Lo que más me gustó fueron los jardines de palacio, tan primorosamente cuidados por todas partes. Así como el acuario y los cactus, que resultan muy impresionantes como colección que son única en Europa, diría yo.

 

Para despedirnos, nos hicimos esta foto en los jardines de cactus de Montecarlo, lo mejor visto hasta el momento, de verdad impresionantes. A Flora se le cortaban las ganas solo de ver los pinchos. Salimos después de tres días hacia Italia. Tomamos la carretera llamada de las flores porque en cada cien metros tienen puestos de ellas que ofrecen a los coches que pasan y que dan una nota de color tan agradable que no se olvida fácilmente. Pasamos la frontera y comimos en San Remo. Un hotel junto al mar donde hay una playa esta sí con arena y muy linda donde tomamos un baño antes de comer. Salimos nuevamente en ruta para Génova donde llegábamos a las diez de la noche. Siempre queríamos llegar temprano a los sitios donde teníamos que dormir, pero no sabemos por qué siempre hemos llegado de noche y teniendo que buscar la calle del hotel, haciendo mil preguntas y sirviéndonos de risa hasta dar con él. Bueno, yo sí que sé por qué, y Flora también. Llegamos pues al hotel, cenar y salir un ratito. Subimos a un funicular desde donde se veía Génova de noche. Nada de particular, pero para ver algo, ya que a la mañana siguiente salíamos para Cremona porque las capitales no nos han interesado nunca.

 

No pudimos llegar a Cremona como teníamos proyectado. El coche se estropeó y dando tumbos llegamos hasta Piacenza. Fue una odisea de lo más desagradable. Parecía todo el rato que el coche no andaría más, pero milagrosamente aguantó hasta Piacenza, como las ganas de Flora, que yo creo se le cortaron del soponcio. Buscamos un hotel y llevamos el coche a un mecánico. El hotel era bastante feo, el personal desagradable que no acertaba a cumplir nuestros deseos, y la comida mal preparada y todo hecho con desgana. Sin embargo el mecánico resultó ser un hombre simpático y bien dispuesto, que aseguró que nos tendría el coche preparado en un santiamén, bueno, lo dijo en italiano. Así que confiados nos fuimos a cenar en un restorant este sí limpio y sencillo donde se comía una pasta de primera, y luego a dormir, que estábamos tan cansadas. No así los hombres que habían conducido poco y estaban tan enfadados con el coche que se quedaron hasta las tantas tomando un aguardiente del país que se llama grapa o algo así.

 

Al día siguiente volvimos hasta el mecánico, que siempre parecía contento. Nos dijo que después de examinado había resultado que la avería era de pronóstico. Ya por la tarde estuvimos en un pueblecito comiendo mientras el mecánico andaba con el coche arriba y abajo, probándolo por si las moscas, que estuvo cuatro horas enteritas, sin hacer nada de provecho pues el coche finalmente se paró definitivamente. Desilusión y comentarios, pero todo se solucionó cuando nos dijo que podíamos coger otro coche alquilado y seguir nuestra ruta mientras se arreglaba el nuestro, y que podríamos recogerlo como nuevo a la vuelta. Cambio de coche pues y hacia Cremona donde ya debíamos estar la noche anterior. El coche es un FIAT 1100 estupendo del mismo mecánico que se quedó para arreglar el nuestro, ese hombre tan feliz y atento, a tanto el kilómetro, me parece que a 25 liras, lo que a mí me parece mucho, pero como a los hombres les parece bien el cambio por pilotar ahora un auto mejor, pues así se hizo. Eso no evitó que tuviéramos que parar más de la cuenta por culpa de Flora.

 

 

A Cremona llegamos algo temprano sobre las doce, aunque con ese día de retraso acumulado por la avería de nuestro auto. Los hombres decían que los autos italianos eran mejores que los SEAT, y debía ser verdad, al menos el FIAT era más amplio y confortable. Pero por fin en Cremona y con ganas de verlo todo. Es una ciudad muy bonita, a mí me gustó mucho, y a Flora también. Subimos a la torre de la catedral que tiene 115 metros de altura y una barbaridad de escaleras que fueron un calvario para Flora. En la foto se le ve preocupada por sus apreturas en lugar tan inapropiado, que no se sabía bien cómo saldría de apuros si se daba el caso. Ella siempre con las piernas bien cerradas como haciendo fuerza. La torre tiene 500 escalones que han de subirse a pie y además pagar. Subimos con toda nuestra buena fe pero valía la pena la vista desde esa altura. Todo fue bien a pesar de la preocupación y de nuevo sobre tierra respiramos con alivio, sobre todo Flora y yo, ya que los hombres de todo esto ni se enteraban, ellos a lo suyo, haciendo fotos y hablando de coches y de italianas. Comimos bien en un restorant de la Galería 25 de abril, con buenos retretes y demás. Flora, como siempre, su rissoto por lo que pudiera pasar, los demás nos decantamos por cosas sencillas. No estuvimos mucho más en Cremona, la verdad es que estas ciudades de la Italia se ven rápido, al menos los monumentos importantes, unas iglesias y demás, unas calles lindas, y palacios, pero deprisa porque a mí al final todos los edificios me parecían iguales.

 

En fin, dejamos Cremona y pronto en ruta otra vez, por esas carreteras tan bien hechas que tienen los italianos, autoestradas las llaman, con tantos carriles que los hombres se vuelven como locos y corren una barbaridad. Entre el FIAT y las autoestradas, parece que no les interese nada más. Al fin llegamos a Padua entre un lío tremendo de coches que no se puede imaginar. Esta ciudad tiene todo su poder en la hermosa y regia catedral de San Antonio donde tiene un altar dedicado al santo que creo no puede existir mejor en todo el mundo. Romano gótico con cúpulas semiesféricas. Digno de verse, de recordar y de no olvidar nunca. Nosotras, desde luego, nunca lo olvidaremos, pues hasta tienen retretes bien limpitos para los visitantes, que creo que es la primera iglesia que yo visito que los tenga. Algo de primera, y en esto estábamos todos de acuerdo. Y Flora relajadita que hasta se puso de rodillas a rezar un rato en un banco, como si tal cosa, como en casa, a pesar de la postura, que ella prefiere estar siempre sentada, como taponando. Nos pasamos algún tiempo en la Basílica, dando vueltas y mirándolo todo con detenimiento, pero para verse tal como se merece hubiéramos tenido que pasar en ella un par de días. Sin embargo estaba ya todo fijado y salimos hacia Mestres a media tarde, donde nos íbamos a alojar por resultar mucho más económico que Venecia, en donde todo es tan caro y hay que andarse con mucho cuidado.

 

Venecia es algo único creo que en el mundo. Todo es distinto a todo, y el agua que según me habían dicho era pudiente y horrible, es la que da toda la belleza al paisaje. No diré que sea clara y hermosa como un río, pero no se siente mal olor sobre todo en los canales grandes y no está sucia ni mucho menos. La ciudad está llena de turistas y esto es uno de los inconvenientes que presenta, siempre hay gente por todas partes lo que a nosotros no nos gusta. Se ven gentes de todas las naciones de Europa y puedo decir que los españoles somos de los más educados y bien vestidos. Se ven extranjeros creo del norte que llevan unos pantalones horrorosos y que lo enseñan todo, sobre todo ellas, las señoras, por llamarlas de alguna manera. La gente creo ha perdido en Europa la compostura, no así las italianas, que van más elegantes con vestidos como nosotras. Y los italianos siempre trajeados que da gusto verlos, igual que nuestros hombres, que dan cien vueltas a los extranjeros. Pero pese a todo Venecia es única en el mundo. Hicimos el día entero y terminamos agotados. Flora siempre quejándose de los retretes venecianos, escasos y sucios. En esto le doy la razón. Y de noche muchas cosas no se destacan pero tiene un encanto especial que no se olvida.

 

Por la mañana nuevamente en Venecia. Todo es tan hermoso que dedicarle letras no tiene importancia. No se me ocurre en realidad qué decir, salvo que hacía mucho calor, que había muchos turistas que todo lo llenaban y nos incomodaban y que los precios eran bastante altos para lo que daban. Los restorantes siempre llenos y caros, casi más que en Francia aunque no se pueden comparar. Está todo pensado para el turista. Pero lo mejor son los canales que como calles recorren la ciudad. Es algo único en el mundo, creo yo, y da gusto sentir el agua que yo pensaba maloliente. A Flora todo esto le da mucho pis, pero como venía ya sobre avisada tampoco sabemos si es un efecto diurético del agua de la ciudad o su propia preocupación, que nunca le abandona. Lo que nunca olvidaremos es el gentío que había por la Plaza de San Marcos y alrededores, que no se podía dar un paso sin pisar a un turista. De todas formas visitamos la Catedral, más hermosa por fuera que por dentro. La Torre del reloj extraña y antiquísima. Otra torre, la más alta donde se sube por lo menos en ascensor la mitad de ella. Tomamos un refresco en la plaza de San Marcos, donde nos preguntaron por nuestra nacionalidad y al servirnos el refresco nos tocaron un chotis. Delicadeza que acostumbran a hacer por lo visto con el turismo pero que nos cobraron 25 pesetas por cada Coca-cola de las mujeres y 50 cada grapa de los hombres. Las atenciones en todas partes cuestan caras.

 

Aquel día volvimos a comer en el hotel de Mestre porque estaba incluido en el precio y después de una siesta vuelta a Venecia. Hicimos muchas compras, nos llovió y perdimos una hora en el coche en el puente largo con un embotellamiento que nunca había visto cosa igual en Barcelona, a pesar de ser capital también con muchos coches. Pero así y todo pudimos hacer lo que queríamos. Un paseo en góndola de una hora visitando la tienda de Murano donde compramos unos detallitos para la familia y para nuestros salones. El gondolero no cantaba ni nada, bueno, por decir no dijo ni pío, pero aún con todo resultó un paseo agradable y caro. En la foto, se ve a Flora como siempre muy seria ya que nunca se relajaba, y en góndola menos todavía por la imposibilidad de satisfacer las apreturas si se presentaban. Francisco sale mal a un lado. Y yo sonriendo como siempre para ayudar a Flora y hacerle olvidar sus problemas intestinales, a pesar de que a mí la acidez me comía por dentro.

 

A la mañana siguiente nos fuimos a bañar en el Lido. Es un rincón delicioso para los millonarios, todo un paraíso en limpieza, flores, hermosa playa, rincones deliciosos, etc, etc, y una delicia de arena, de agua y de colorido. Yo me puse el bañador, no así los hombres, que prefirieron tomar algo en los bares de los hoteles, ni Flora, siempre tan rígida ella por si las moscas, que no se atreve a hacer gestos raros, como tumbarse en el suelo, no vaya a entrarle su clásica apretura y todo se vaya al traste, ella siempre sentada o todo lo más de pie apretando por si acaso. En fin, yo ya estoy acostumbrada desde niña así que no le hago mucho caso, no, pero ella siempre demanda su atención. Como todo lo bueno se acaba, y Venecia fue casi lo mejor, pero tuvimos que dejarla después de tres días para dirigirnos a Verona y seguir con los planes. No creo que se me olvide nunca esta bella ciudad, una de las más bellas del mundo, eso dicen, y yo estoy de acuerdo y no me parece exagerado, lo único malo es la cantidad de gente que te molesta por todas partes, en los restorants, en las calles, en los museos aunque no vimos ninguno, en los hoteles, que es el mayor inconveniente que no sé la gente como tiene ganas de venir, pero bueno, siempre merecerá la pena pasar unos días en Venecia.

 

En Verona tuvimos un hotel en donde el ascensor automático y el hotel una monada verdaderamente, como toda Verona. El mejor después de Mestres (aquel fue una maravilla). Francisco y Agustín y el chico salieron para ir a un cine que creo fue una desgracia, nosotras (yo estaba algo indispuesta, para qué hablar de Flora) salimos solamente a dar una vuelta por las murallas del castillo donde se conserva con sus puentes colgantes grandes para los carruajes y al lado el pequeño para la servidumbre. Todo está tan bien conservado que parece que va a salir por una de sus puertas Romeo o Julieta. Visitamos sus tumbas, sus moradas y sus casas particulares, por lo menos lo que la leyenda dice y lo que a los turistas enseñan, arreglado todo muy bien y dando la sensación de realidad. Tiene una como si dijéramos plaza de toros, enorme, que ellos llaman “arenas” y donde se dice que hacen las representaciones de las mejores óperas del mundo. Además compramos unos platos de postre, 12 servicios con dos platos grandes, dos platitos pequeños para regalar como recuerdos y un jarroncito pequeño, todo de porcelana alemana de Bavaria, que allí está de muy buen precio, puesto todo nos costó 5810 liras, al cambio unas 830 pesetas. Visto toda Verona salimos para los lagos, el primero lago Garda.

 

El lago ya lo dice la palabra es todo belleza, luz, color y el agua azul siempre limpia y transparente… No creo que Suiza tenga nada mejor ya de lo que hemos visto. Tiene una carretera que da la vuelta a todo el lago que es inmenso. En su trayecto los camineros (que les llamamos aquí) tienen el trabajo de limpiar siempre la carretera de todo, incluso de las hojas muertas de los árboles, ya que sus lados son verdaderos jardines de flores durante todo el trayecto de tantos kilómetros. Hay sitios de naranjas y limones que dan un colorido especial además de que calman la sed del viajante aunque este vaya en coche. Lástima que este año con las heladas tan tremendas del invierno no han valido nada ni naranjas ni limones. Los limones le hubieran ido muy bien a Flora, pero qué se le va a hacer si no hay, y los pocos que se ven, arrugados y carísimos que no merece la pena ni pensarlo. De todas formas hermoso el lago y creo que todos ellos los de la Italia, porque el agua, como el verde de sus follajes y el color fuerte de sus casas y sus tejados rojos, y sus flores de mil colores, son para la vista un sedante, un espejismo de belleza y una oración a la creación hermosa de todo ello…

 

Desde allí con tan hermosos recuerdos a Milán que llegamos a media tarde. Milán es una gran ciudad parecida a Barcelona, donde se viste bien, se calza mejor y hay hermosas mujeres, hermosos escaparates (ya que en el extranjero casi todo la mujer se viste de ropa ya confeccionada, así hay trajes desde al cambio pesetas 170 hasta 3000) y todo a lo grande aunque sus precios sean inasequibles para nosotros, porque están por las nubes. Da gusto sentarse en un café y ver pasar a las chiquillas con unos tacones de 10 centímetros finísimos y contoneándose de lo lindo… pero no chabacanamente ya que dejo dicho que donde he visto mejor vestida a la mujer es en Milán. Y de eso pueden dar testimonio los hombres, que estaban entusiasmados con las milanesas y decían que de verdad sus vestidos eran de primera, que nosotras nos sorprendió ese repentino interés de nuestros hombres por la moda, que nunca antes habían comentado. Y luego el problema de los retretes en todas partes. Mi hermana y su calvario, que creo está así desde niña, desde que tenía problemas en el colegio de las monjitas y desde entonces no ha sabido contenerse bien. Y es verdad que tiene problemas de estómago, como yo, pero ella lo exagera todo mucho más.. Y es que cuando tiene un retrete a mano nunca lo utiliza, y cuando carece de él, es como si lo necesitara de golpe, pues siempre se le antoja cuando menos favorables son las circunstancias.

 

 

De Milán otra vez a Piacenza para ir en busca de nuestro coche. Pero nos encontramos con que por ser una avería importante no se han atrevido a hacerla sin consultar. Así se ha tenido que coger la culata del motor, mandarla a Milán porque en Piacenza no hay soldadores, y esperar durante dos días para terminarla. En esos días no hemos hecho más que vagar… Francisco se marchó a ver unas fábricas en Torino ya que llevaba bunas cartas de su fábrica de Barcelona, quedando en que vendría a buscarnos por la noche. Como Francisco es muy despistado, se marchó sin pasaporte. Se lo hemos mandado al hotel de Torino, pero Francisco regresó sin él, no se lo habían dado. Ahí tenemos otro conflicto. Conferencias, llamadas, etc, etc, hasta que al fin localizado quedamos en que iremos a Torino todos a recogerlo. A partir de ahora ya con nuestro coche, hacia Torino a buscar el pasaporte que al fin encontramos y ya de regreso a casa. Me olvidaba. Mientas estábamos en Piacenza hemos estado en un pueblecito a 15 kilómetros (para pasar el tiempo) medieval por completo. Las fotografías dirán de él más que puedo decir yo y así pudimos pasar una mañana agradabilísima haciendo fotos y mirando cosas bellas. Aquí no estuvo Francisco que estaba en Torino.

 

Y terminó la excursión haciendo de un tirón los kilómetros hasta casa. Pasando los Alpes italianos, preciosos, comiendo en una de sus casillas amables y acogedoras, durmiendo en Francia ya en lo peor de toda la excursión, una fonda indecente pero que por ser ya las once de la noche y como estaba por lo menos limpia, allí nos quedamos ya que no teníamos previsto esta noche por ser ya pasada debido a la avería del coche. Ese mal recuerdo queda en el olvido, procuraremos no pensar en él, aunque lo pongo para saber que no se puede ir por el mundo sin previo alojamiento. En Perpiñán nos detuvimos a comer y compramos algunas cosillas que no faltaban en nuestros deseos. Nos cogió como a la ida una tormenta de agua y esta vez con electricidad y todo, tuve un miedo espantoso entre sus montañas, pero a pesar de todo emprendimos la marcha hacia casa donde llegamos a las doce de la noche. Francisco hijo llevó el coche estupendamente y cuando llegamos a Barcelona se estropeó otra vez por el mismo sitio, que luego los hombres se quejaban del mecánico italiano que a nosotras nos pareció tan buena persona, pero ya no sentimos cuidado alguno y nos queda de todo el más hermoso recuerdo.

 

Impresiones: las carreteras de Francia magníficas, más que las italianas, aunque en Italia tienen autoestradas (donde se tiene que pagar para pasar por ellas) que son las carreteras de Francia simplemente, pero donde se puede correr de veras sin sentir miedo, confiadamente. La vida carísima. En Francia la carne está en las calles en refrigeradoras, hermosísima, pero a 950 francos el kilo y la fruta preciosa en sus cajas tan bien colocadas pero los melocotones a 270 francos el kilo y así todo lo demás. Lo bueno carísimo, lo malo no lo hemos visto. Las flores son la belleza de todos los puntos y están en todas partes, preciosas, bien colocadas, pero a precios que dudo que la gente humilde pueda tener un manojo de claveles en su mesa. Ahora las fotografías hablarán mejor de todo. Los retretes, según Flora, que es quien más sabe sobre el particular, mucho mejor en Francia, ya que en Italia solían estar sucios y sin papel. Nuestras horas felices y llenas de risas fueron el idioma que mezclábamos siempre, sobre todo en las comidas y en los viajes en automóvil. De todo queda el mejor recuerdo, y sirvan estas letras para recordarlo también en el futuro, cuando la memoria flojee y sea necesario recurrir a ellas y a las fotografías.