En el bosque
- Finales de julio.
- Hoy, un sábado de finales de julio, llego a mi borda en el valle de Pineta, uno de los parajes más pintorescos de los Pirineos de Huesca. Compruebo que los trabajos de reforma han culminado satisfactoriamente. Podré fregar los platos ante la ventana que da al jardín y la vista grandiosa del Mallo Chico, despertarme cada mañana sabiendo que bastará un simple gesto para contemplar el paisaje e impregnarme de los aromas, sentarme al atardecer, con el vaso de vino en la mano, a estudiar la evolución de las tormentas, el vuelo de las aves, las peleas entre insectos. ¿Qué significarán las vivencias venideras, qué huella dejarán los árboles y las lagartijas? ¿Cómo será la experiencia? ¿Será necesario un esfuerzo de comprensión o bastará con tumbarse en el prado, bajo el sol, con los ojos cerrados, a disfrutar sin complicaciones del descanso?
El pino moribundo.
Paseo sobre el lecho del río Cinca, cubierto de rocas y cantos rodados, de arbustos y juncos que crecen entre avenida y avenida. Lo efímero de la vida queda de manifiesto, pues encuentro un pino joven arrancado de su emplazamiento por una crecida y arrastrado hasta aquí. El árbol agoniza, sus raíces al aire, las ramas sobre las piedras, las hojas que amarillean, son los indicios de una muerte que se acerca. Es mi pino moribundo. Hace un mes cayó sobre el valle una gran tormenta. Hasta en los medios de comunicación se hicieron eco de ella. Entonces, decenas y decenas de árboles como este fueron arrancados por la violencia de los torrentes. Quizá había nacido demasiado cerca del punto donde el Cinca, en su tarea milenaria, roe y desprende la tierra, arrastrando cualquier rastro de vida. Sus raíces no soportaron el envite. Y rodó corriente abajo hasta quedarse inmóvil en este lugar, condenado a una agonía seguramente lenta aunque desconozco si dolorosa. ¿Le duele al pino joven su muerte prematura? Durante estos días estaré aquí, cerca de donde él se descompone. Toco sus finas hojas todavía verdes, acariciándolas, como quien consuela al enfermo en su agonía, en un gesto de caridad instintivo.
La densidad.
Un metro cuadrado de bosque (el lecho de humus, las hojas en descomposición, bacterias y hongos, ramas desprendidas, piñas y piñones, frutos agusanados y semillas a la intemperie, alguna especie estival de seta, plantas en crecimiento, proyectos de arbustos y árboles, raíces, guijarros, huesos de pequeños mamíferos, hormigas que cruzan raudas, escarabajos, moscas y mosquitos, avispas y abejorros, gusanos, arañas y sus telas extendidas como telones nunca alzados) o un metro cuadrado de prado (hierbas de mil tipos, flores que seducen con su encanto colorista, mariposas que despliegan sus alas, coleópteros impregnados de polen y con el néctar en su diminuto tracto digestivo, otra vez arañas asesinas y saltamontes que se dejan atrapar) me parecen mucho más interesantes que la Plaza de San Marcos en Venecia (humanos y palomas), por decir un lugar también saturado, o la Plaza del Pilar en Zaragoza (palomas y humanos).
Acónito.
Después de una corta subida entre hayas y veraneantes se llega a los llanos de La Larri, a una altura aproximada de mil quinientos cincuenta metros. Hoy hace un día cargado de nubes y los recorridos de sus sombras son de una gran plasticidad, como una teoría del color en movimiento. La pradera está cubierta de un manto verde y de millares de flores. Puedo identificar el acónito, la más impresionante de todas. Es venenosa porque contiene aconitina, un poderoso tóxico del que bastan de uno a dos miligramos para matar a un ser humano en menos de una hora. Las vacas, cuando pastan por el prado, desechan el acónito, que podría resultarles fatal. Y no debe ser difícil para ellas distinguirlo, con su color azul, entre el tono verde de las hierbas. Antes, lo llamaban “matalobos”, ya que untaban los cebos de carne con acónito para exterminar martas, zorros, también lobos, lo que explica la antigua enemistad entre el hombre y los depredadores del ganado, y cómo estos últimos han ido perdiendo la lucha en un proceso de milenios. El acónito sobrevive gracias a la aconitina y a su llamativo color. Se la tiene por la planta más venenosa de Europa. La belleza y el peligro en dosis similares. Y una garantía de supervivencia, pues nadie osa arrancarla y es contemplada con veneración.
Venenos.
En este asunto de los venenos, hay opiniones para todos los gustos. Plantas mortales o embriagantes, a veces se confunden. En el prado hay un gran rebaño de vacas pastando. Camino junto a ellas esquivando las boñigas, sobre las que proliferan ciertos tipos de hongos de la especie psilocibe, altamente alucinógenos gracias a los alcaloides que producen. Sus principios activos, la psilocina y la psilocibina, fueron sintetizados por primera vez, en 1957, por Albert Hofmann, el descubridor de la LSD 25. Busco de bosta en bosta, pero no soy capaz de distinguir ninguno. Un amigo me contó una excursión botánica entre Plan y Benasque, por la pista forestal que salva las montañas entre los valles. En un prado elevado y húmedo, descubrió un rebaño de vacas. Y paseando entre ellas, pudo recolectar una buena cantidad de hongos. Entonces, decidió montar una fiesta e hizo la lista de invitados mientras esquivaba, sin inmutarse, los cálidos cuerpos de las vacas. De regreso hacia su coche se dio cuenta de que la bolsa donde los introducía estaba agujereada. Por más que desanduvo el camino, ansioso y maldiciendo su torpeza, no pudo recuperar ninguno. Hoy tampoco es mi día. No encuentro ni un psilocibe.
La orla defensiva.
En ocasiones, y a pesar del destrozo que se produce, más vale alejarse de los senderos y penetrar en la floresta por los puntos no señalizados. Sirve para darse cuenta de que el bosque también se defiende, a su manera, con armas de una efectividad contrastada por millones de años de evolución. En su linde encontramos el majuelo, cuyas ramas están cubiertas de espinas de gran resistencia. Y el endrino, las zarzamoras y los rosales silvestres, que suelen asociarse a caídas poco saludables. Con esta orla defensiva el bosque se protegió de sus depredadores, los grandes herbívoros que poblaban los valles pirenaicos, ahora también de los incómodos y ruidosos excursionistas que se dan la vuelta y buscan la tranquilidad de la senda. Es una empalizada vegetal que se hermana con las murallas y fosos que rodeaban las ciudades en el medievo. En ambos casos se trata de reminiscencias, atractivos turísticos, reliquias de la época de esplendor de las selvas y los feudos, cuando lobos y osos, bandidos y soldados, se enfrentaban en combates cruzados. ¿Requerirán el sosiego y la visión de bosques domesticados para materializarse?
La borda.
Cualquier intervención humana en el valle, ya sea el tendido telefónico, o la carretera que lo surca de este a oeste, o las sendas y caminos formados a través de los siglos, o las construcciones que configuran las aldeas de Espierba, tanto más las obras de la infraestructura hidroeléctrica, es imperfecta y destructiva. En todo caso, parece fuera de lugar, y sus valores estéticos son más que cuestionables. Por ejemplo, la antigua borda del siglo XIX rehabilitada para mi uso, tan imperfecta, esos vacíos que se esconden detrás de la escayola que cubre las paredes, los desniveles salvados por el parquet, los agujeros del techo camuflados por las tablas de madera, los resquicios que se adivinan bajo las baldosas, los materiales utilizados para tapar los fallos de la desidia o la precipitación… Es algo que no sucede en la naturaleza. Cualquier ser vivo, un abeto, una lagartija, también los humanos que construyen obras imperfectas, es un ejemplo de armonía, no solo en su apariencia sino también en el interior. Y de haber defectos, estos resultan necesarios, apropiados, como una hoja con un lóbulo de más o una raíz que ha salido, indebidamente, del subsuelo.
Primer baño en el Cinca.
Debido a la temperatura del agua, en torno a los 7 u 8 grados centígrados, ya que apenas ha recorrido unos kilómetros desde los neveros antes de llegar a la altura de Las Cortes, cuesta un poco el primer baño estival. De hecho, conviene no pensárselo mucho y aprovechar cualquier poza para zambullirse, durante unos segundos, el tiempo que cada uno buenamente pueda. Quitada así la prevención, los baños sucesivos son menos ceremoniosos. Y la recompensa merece la pena. El cuerpo recibe la acometida del frío, liberándose del calor, y ordena la aceleración de la sangre. La carne enrojece, y uno se ve compelido a dar saltos sobre las piedras, resoplando, para secarse. A la vez, el arrebato de ligereza nos hace rejuvenecer, aunque solo sea momentáneamente. Además, el marco resulta incomparable, debajo del Mallo Chico y sus bosques de pinos, abetos y hayas, en un recodo del Cinca paradisíaco cercado por los árboles de ribera y oculto, así, de la mirada de los indiscretos, con la perspectiva, hacia el sur, del valle abriéndose antes de llegar a Bielsa y, hacia el norte, de las cumbres rocosas del macizo de las Tres Sorores y del Circo de Pineta.
Panorámicas.
Hay que reconocer que las panorámicas pirenaicas son grandiosas. Supongo que esto es lo que hechiza a los montañeros. Y el desafío de las cumbres de más de tres mil metros, la sensación de plenitud que se experimenta cuando llega la extenuación física y falta el oxígeno. Debe ser un estado de euforia parecido a la ebriedad, o una ebriedad en negativo, una reminiscencia mística. De ahí que las órdenes religiosas sean tan proclives a organizar acampadas y excursiones para los impresionables adolescentes. Ahora mismo, en medio de las praderas de La Larri, se contempla una gran vista, neveros perpetuos, rocas ciclópeas y desnudas, cascadas, pinos negros colgados sobre precipicios, prados y flores, arbustos y excrementos de vacas. Sin embargo, a pesar de constituirse en el trofeo más preciado de los excursionistas, estas panorámicas me impresionan menos que la posibilidad de encontrar un ejemplar de psilocibe sobre la boñiga de una vaca.
La Selba Pochas.
Atravieso los hayedos de la cabecera del valle. Es un tipo de bosque diferente, más atlántico, centroeuropeo, el sotobosque libre de arbustos que permite pasear entre las hayas, tumbarse en el lecho de hojas podridas y contemplar la fantástica masa vegetal. Hay ejemplares portentosos, quizá centenarios, de troncos inabarcables, que no alcanzarán menos de veinticinco metros de altura. Y primitivos helechos en las zonas de umbría, cargados de humedad y de historia, de veneno y competitividad, pues hace trescientos cincuenta millones de años que sobreviven. Más que el encinar o la pineda, típicamente mediterráneos, es el hayal la referencia iconográfica de los bosques, una especie de compendio de sus virtudes (la exuberancia, el color, el frescor, los aromas intensos de la vegetación) y sus servidumbres (el lugar donde la soledad puede hacerse insufrible y donde los humanos permanecen con los sentidos alerta y el pensamiento en suspenso).
Caza sutil.
En un metro cuadrado de prado verde y soleado es posible recoger algunos insectos, practicando un modesto ejercicio de entomólogo. Con la ayuda de un palo, introduzco en el frasco de cristal un escarabajo. Parece que se trata de una filoperta, cuyo hábitat está en jardines, huertas, parques, praderas y linderos de bosque de toda Europa. Y el tarro se va llenando de una variopinta comunidad: una mariquita de veintidós puntos negros sobre fondo amarillo; otra mariquita roja de siete puntos, más común que la anterior; un saltamontes verde, que se afana incansablemente por salir del frasco; una chinche sin especificar; y una mariposilla de la que tampoco tengo referencias. Al no haber ningún depredador, la pequeña y circunstancial comunidad permanece en paz, pacientemente, en espera de la suelta, cosa que hago unos minutos después.
Abedul.
Identifico un abedul junto al camino, el tronco plateado y blanco hacia la copa, la forma de sus hojas y frutos. Los tallos de sus ramas son largos y delgados, y con ellos se fabricaban los azotes de los maestros, aquellas varas que blandían ante sus pupilos y a veces descargaban para castigar el error y la impostura. Por la guía me entero de que es un árbol que se propaga con rapidez, esparciendo a los vientos del otoño millones de semillas voladoras que germinan solo si van a caer en un lugar propicio. Esto de los lugares propicios resulta demasiado sugerente. También el pino moribundo, a la postre, fue a germinar en el punto equivocado, como demuestra su agonía prematura. Y las semillas que se secan. O los huevos robados de los nidos por la serpiente. Podría trazarse cierto paralelismo con las poblaciones humanas que sufren, cíclicamente, la fuerza de los monzones, el temblor de las placas tectónicas, o una epidemia perpetua de paludismo. Una especie de ubicación desastrosa, que afecta a todo ser vivo en su afán por sobrevivir y en la que interviene, de forma definitiva, el accidente. Es lo que pasa con las tormentas estivales, que aplastan y ahogan miríadas de insectos.
La anciana.
Un buen lugar es la cabecera del valle, allí donde nace el Cinca de las cascadas de agua recién derretida. Es el llamado Circo de Pineta, con sus cumbres de tres mil metros, los neveros que este año tienen más nieve de la habitual, el río turbulento que salta entre rocas de grandes dimensiones, los hayedos frondosos sembrados de helechos y setas. Y la muchedumbre de campistas y excursionistas diseminada por las praderas, en las zonas de acampada, a la sombra de los árboles, remojando los pies en el agua helada, sentada en sus automóviles, en las sillas de los bares improvisados, paseando por la senda que lleva al Balcón de Pineta, tan frecuentada en el mes de agosto como La Rambla barcelonesa una soleada mañana dominical. A la vera del camino, una mujer de más de setenta años, las carnes blancas, los kilos de grasa acumulados, sus pies regordetes, el peinado a la antigua, algunas joyas adornan sus manos, las muñecas, las orejas, el reloj de pulsera marca las horas y los minutos del tiempo que le resta.
Nevero.
Una pequeña cascada y un nevero superviviente donde rompe la torrentera que baja por la Feixa el Tabo. Los campistas del Cinca suben cada mañana hasta aquí, con sus cubos de plástico, para recoger el hielo natural que ha de enfriar sus cervezas, que estarán especialmente sabrosas. Los turistas ensayan sus mejores poses sobre el nevero, en equilibrio inestable, tocando con la mano la cornisa helada, introduciéndose bajo el puente de hielo que ha formado el torrente. Inconscientes del peligro de derrumbamiento, juegan a retratarse recíprocamente, en un anticipo de la inmovilidad que les espera y que, ahora, aquí, parece tan cercana. La nieve salpicada de tierra y restos vegetales. El ruido del torrente al despeñarse. Las copas de los árboles forman una masa compacta. Los excursionistas que descienden por el sendero se van sumergiendo en el espesor verde como si bucearan en un océano, practicando la apnea.
El bosque erótico.
Uno de los lugares más eróticos que conozco es el bosque. No sé por qué cuando paseo por él siento un aumento importante de mi libido. Entonces, desearía estar desnudo, mis pies en contacto con el lecho de plantas pútridas, la superficie completa de mi piel expuesta a los rayos de sol y al viento. Quizá podría explicarse esa asociación inmediata entre el bosque y el sexo si pensamos en la pureza del aire. La vida es oxígeno, y la ebriedad, y la emoción erótica, por algo van tan unidas, como una tríada casi perfecta. Pienso en los misterios de la antigüedad, en las ofrendas y sacrificios, en las bacanales, en los aquelarres, en las fiestas del solsticio que se celebraban cuando aún había interés por perderse en la floresta y trato equitativo con las plantas. Los oferentes se despojaban de sus vestiduras, consumían pócimas elaboradas a base de plantas autóctonas (mandrágora, beleño, estramonio, amanita muscaria) y se entregaban a la orgía en la noche de verano, perdidos en la espesura, no muy alejados de la hoguera. Pasear desnudo por un bosque es uno de los mayores placeres imaginables, rodeados de seres vivos que también carecen de vestimentas. No hay impudor, no hay miradas lascivas, solo una impresión de plenitud que raras veces se da en la vida. Como si realmente congeniáramos con el reino vegetal. A pesar de las agresiones externas, los guijarros que se clavan en los pies, las ramas con espinas que desgarran la piel, los insectos que, atraídos por la desnudez y el calor corporal, se acercan y tratan de llevarse su ración de sangre humana.
Bielsa.
Bielsa, el municipio que se encuentra a la entrada del valle y del que dependen tanto la pedanía de Espierba como la pequeña aldea de Las Cortes, se convierte en agosto en un hervidero de turistas. Franceses que vienen a abastecerse de alcohol y tabaco en los supermercados repletos de botellas de Ricard, Pernod y Cointreau, y de cartones de Galoisses, Gitanes y Royale; catalanes y madrileños con sus atuendos deportivos y sus vehículos todo terreno; aragoneses que sienten un no disimulado orgullo ante las bellezas y cualidades de su tierra. Uno de los hechos relacionados con la villa más notable es la supervivencia del belsetán, el dialecto que todavía hablan los ancianos y que, acosado por la funcionalidad del español, intenta hacerse un hueco gracias a la labor de los filólogos. Otro hecho que se gravó en la memoria de los lugareños fue la llamada Bolsa de Bielsa. Las tropas republicanas quedaron atrapadas en estos angostos valles antes de pasar la frontera. Miles de personas cruzaron, en pleno invierno, con la nieve hasta las rodillas, los puertos hacia Francia ante el avance de los nacionales. El pueblo tuvo que ser reconstruido después de la Guerra Civil y de la quema por los franquistas con bombas incendiarias. De las 95 casas que, aproximadamente, había, parece que solo se salvó una, y eso porque estaba aislada, a las afueras. En todo caso, destinos contradictorios, conquistas de sesgo diferente, soldados armados hasta los dientes o turistas blandiendo euros. Los ciclos son imprevisibles y es obvio señalar que no han cesado. ¿El futuro del valle? La actividad terciaria ligada a la explotación de un Parque Natural, un santuario, un bien escaso. Puede que el bosque contenga el avance de los humanos, que necesariamente han de convertirse en cautos paseantes, conocedores de su riqueza.
La araña.
Me asomo a contemplar el paisaje desde la ventana de mi dormitorio pero quedo prendado de otra escena: un gusano envuelto en tela de araña oscila colgado del dintel. Todavía vive, y su esfuerzo por liberarse parece vano. La araña se acerca y manipula la bolsa que ha de alimentarla por unos días. Es una presa grandiosa y tierna, el bocado ideal para la araña que, a su manera, debe relamerse pensando en el prolongado festín. Al fondo, las altas montañas de la ladera sur del valle de Pineta, el Mallo Chico, Portanús, la Penna la Pala, que lindan con la Garganta de Escuaín, ya en el Parque de Ordesa y Monte Perdido. ¿Tendré la suerte de verla en acción, bloqueando a su presa y extrayéndole el jugo vital? No. Asombrosamente, el gusano cae al vacío, salvándose de una muerte segura e inminente. La araña gira en redondo y se acurruca en su rincón. Me queda la duda de si ha cometido una torpeza o si ha soltado su botín voluntariamente. Quizá no forme parte de su dieta, puede que el anélido segregue sustancias venenosas que le hagan indigesto o mortal. Pero no es una defensa volitiva, un método ideado o planificado, sino fruto del azar, de la mutación continua y del juego del error.
El bosque sonoro.
Una incursión en el bosque de coníferas. El sendero serpentea entre pinos y abetos y conduce al interior de la masa forestal. Allí, más que la flora o los insectos, llama la atención el rumor continuo que acompaña al paseante. Suena hipnótico, como una salmodia del viento que tañe en las copas de las coníferas. El coro de los mosquitos, abejas y moscardones se percibe en segundo lugar. De noche, el sonido es todavía más apabullante, porque esa oscuridad impenetrable actúa como caja de resonancia, no solo de los sonidos, sino también de nuestras pesadillas. De momento, por la tarde, el rumor se desvanece ante el acoso perseverante de los mosquitos, que literalmente me fuerzan a dar la vuelta y abandonar sus dominios.
Álamo.
Abstrayendo el pensamiento, me puedo sentir como el álamo que se ve en medio del cauce, solo, un ejemplar adulto, sometido a peligro constante, ignorado por los otros millares de árboles del valle, envejecido, pero todavía lúcido, orgulloso, con el empaque suficiente para marcar un territorio dada la singularidad de su porte y su ubicación en un lugar donde predominan las coníferas. Es cierto, el individuo también echa raíces allá donde puede, sumido en el anonimato de la muchedumbre, ignorado por sus congéneres, candidato a la agonía que siempre es solitaria e inenarrable, como la del pino moribundo que, unos metros más allá, pierde su savia. El álamo, ahora bajo la lluvia, se agita levemente.
Crecida.
En el río. Atardecer bañado en luz amarilla, entre sombras alargadas. Lentamente baja la temperatura, pero todavía es hora de que el Cinca crezca. Observo un cauce secundario que poco a poco es inundado por la riada. Avanza despacio pero inexorable, a razón de un metro por minuto. Así se crean los aliviaderos de la corriente principal, cuando hay deshielo o descargan las tormentas. Una inundación en miniatura, que da tiempo para contemplar esa lengua de río burlona y mansa, graciosa y sugestiva. Cuánto más sugestivas deben ser las crecidas auténticas, que llegan a provocar muertes y desapariciones.
Plantas y derechos.
Ya que los animales comienzan a tener derechos, ¿cuáles serían los derechos de las plantas? Una vida digna, un desarrollo integral, el acceso a los recursos, la tierra y el agua, el derecho a una sanidad básica de horticultor o chamán y una muerte digna, o al menos considerada, antes de entrar en el puchero. Serían, quizá, los derechos de las sesenta especies que cultivamos y nos comemos, como derechos reclaman para perros y gatos, canarios y loros, los poseedores de mascotas. Sin embargo, en lo más profundo de la floresta, esos conceptos carecen de sentido. El nacimiento, la vida y la muerte están guiados por otras pautas, el azar, la genética, el combate, la simbiosis.
Noche ventosa en el bosque.
Los árboles se agitan majestuosamente, zarandeados por las rachas de viento. Suenan cada una de las hojas, y casi se podría determinar en qué grado intervienen en el barullo general, una simple operación matemática. Luego están las ramas, que crujen, los troncos, que se agitan, y los invisibles grillos y cigarras que no cesan de provocar su música. De vez en cuando, pasa un automóvil por la carretera, no hay que olvidar que también aquí predominan los motores de explosión. Bosque adentro, el rumor debe ser puro y por eso estremecedor.
Gilgamés.
En el poema del Gilgamés, del siglo XXVI antes de Cristo, se narra un premonitorio episodio de deforestación conocido como El viaje al bosque. Gilgamés, necesitado de ingentes cantidades de madera para mantener su ciudad estado de Uruk, se internó en un gran bosque de cedros con el objeto de talarlos, a pesar de las prohibiciones de los dioses sumerios, que habían nombrado a Humbaba como custodio de los mismos. Pero Gilgamés decapitó a Humbaba y procedió a la tala de los centenarios cedros, que nada pudieron hacer, salvo gemir y entonar su triste canción. La roca quedó pelada y las montañas desprovistas de su cubierta vegetal, lo que a la larga acabó provocando la caída de Uruk.
Fotografías.
Gente posando delante de los elementos más tópicos del paisaje, las panorámicas, las cascadas. A nadie se le ocurre hacerse una foto junto a una de las monumentales hayas del Parque de Ordesa y Monte Perdido, o sosteniendo la flor del acónito, de unos inigualables tonos malva que tan bien resultarían en una moderna pantalla de ordenador a color de miles de píxeles. Antes, las fotografías en blanco y negro sumían a la flora en el anonimato, sin que fuera posible distinguir especies. La gente posaba igual que ahora, delante de la cascada que parece ser la misma en 1923 o en 1981, junto al cartel que indica la entrada al paraje protegido, en los soportales del Parador de Turismo de Bielsa, junto al cauce bravo del Cinca, ante la ermita de Nuestra Señora de Pineta y su fuente de agua fresca. Aquellas fotografías, de 1956, son iguales que las de ahora, dicen lo mismo, y muestran un rostro inescrutable delante de una porción de naturaleza indistinguible. Aunque de esta manera los retratados mimetizan con el paisaje, inmovilizados sobre el papel como los pinos que sirven de telón de fondo.
El quebrantahuesos.
A cientos de metros sobre el bosque, sobrevolando el valle en busca de carroñas para llevar a su nido y alimentar a los polluelos, un soberbio ejemplar de quebrantahuesos evoluciona en círculos. Me pregunto qué percepción tendrá él de los bosques, de los claros y los campos, del río y sus torrenteras, de las construcciones humanas, de los individuos armados de prismáticos que siguen sus evoluciones. Verán las copas de los árboles de una manera bien distinta a la nuestra, puesto que reciben otras franjas del espectro luminoso. Y si nosotros pudiéramos visionar en una pantalla esa percepción, seguro que casi nos resultaría imposible reconocer el valle.
El bosque químico.
El bosque de coníferas que hay frente a Las Cortes, cruzado el cauce del Cinca, es el lugar más mágico y sensual del valle, junto con los hayedos de la cabecera. Camino entre estupendos ejemplares de pino albar, abeto, enebro y boj. Voy buscando, en los claros provocados por aludes de rocas o caídas de árboles, la belladona y la digital, que crecen en estos parajes. Al menos de la belladona, así llamada porque se usaba en la Edad Media como maquillaje de ojos, tengo referencias, ha sido una planta directamente relacionada con el desarrollo de algunos aspectos de la cultura europea. Pero no soy capaz de localizarlas. Sin embargo, sí encuentro tres ejemplares de acónito, de unos ochenta centímetros de alto. Puede que sea la especie tóxica más frecuente en el valle. Su atractivo, esa mezcla de belleza y peligro que la distingue.
La fiesta.
Hay una fiesta cada vez que llueve. Se alimentan los torrentes, se reblandece la tierra, los árboles reciben el aporte extra que empapa las hojas y refresca en los rigores de la canícula. También los humanos se alegran cuando salen a pasear con los chubasqueros y las botas pensando en los beneficios de la lluvia para las cosechas, la prevención de incendios forestales, el nivel de los pantanos. Los aromas son ahora más evidentes, el bosque huele realmente a bosque, el color verde tiñe los pulmones. Hay una nueva percepción de los sonidos, tan secundarios detrás de la cortina acuosa que todo lo amortigua. Quizá al pino moribundo estas gotas extras le sienten bien y sean para él una prórroga de la existencia. En todo caso, y si no que se lo pregunten al árbol agonizante, hay una fiesta en el valle cada vez que llueve moderadamente.
Simulacro de vida vegetal.
En el bosque. Sentado sobre una piedra desprendida, en avalancha, como otras cientos diseminadas entre los árboles, desde la montaña de atrás. Pinos jóvenes en su mayoría, sotobosque denso y casi impenetrable, a duras penas he encontrado la manera de ascender unas decenas de metros. En cualquier lugar donde poso la vista, plantas de todo tipo germinan, árboles de un palmo recién nacidos al reino vegetal. Las moscas y mosquitos perseveran en el acoso, a pesar de los repelentes comprados en la farmacia. Una hormiga negra explora el territorio. Hoy descubro menos movimiento de insectos por el suelo, incluso las moscas de hace un momento parecen haberse esfumado. Solo el rumor del Cinca deshace la sensación de parálisis de la naturaleza. No hay viento. Un instante de quietud extrema. Sobre la hojarasca, iluminada por el sol, descubro una araña estática, detenida como en una emulsión fotográfica. Las agujas de las coníferas no se balancean, las hierbas y flores semejan estatuas, la misma sonoridad del Cinca se ha extraviado entre los sentidos, que nada perciben. Nada se mueve, salvo el bolígrafo sobre la libreta, y estos pensamientos en la cabeza. Me inmovilizo, los sentidos en suspenso, desconectados, debo dejar de pensar y escribir… La hormiga enorme sobre mi pie. Una ofensiva de mosquitos me fuerza a salir del bosque. Luego, me alegro de tener piernas mientras desciendo hacia el río, dispuesto a darme mi baño diario.
Mutaciones.
En este juego dramático que es la vida, las mutaciones han desempeñado un papel fundamental. La mutación se manifiesta por el surgimiento de un nuevo carácter hereditario en una especie. Aparece por azar y su valor biológico, o papel que desempeña en la supervivencia del individuo, queda sometido a la selección natural. La mayoría no tienen valor adaptable, y los individuos sucumben antes o después sin trasmitir a la descendencia ventaja alguna. Serían los perdedores de la partida de la existencia. Pero otras sí suponen una ventaja, y por ello se perpetúan en la progenie, mientras las circunstancias sean similares. Estos son los vencedores y los candidatos a la inmortalidad. Por otra parte, ninguna especie de la naturaleza desarrolla sus sistemas defensivos u ofensivos de una manera volitiva, con intención y plan, haciendo uso de la inteligencia. Los rosales o las zarzas no decidieron, en un determinado punto de su evolución, desarrollar espinas para hacerse incomestible a sus depredadores, ni los sarrios su peculiar sistema digestivo de herbívoro, ni las setas venenosas los alcaloides que las protegen de la voracidad. Y en este proceso ha resultado determinante o fatal la existencia de los humanos. Quizá todo se reduzca a la casualidad, a los accidentes evolutivos, al encuentro, tras millones de años, de dos especies que interactúan, como la nuestra y el acebo, por ejemplo. Esta es una planta muy familiar, no en vano adorna las navidades europeas. Quién le iba a decir al acebo que en un momento de su cadena metabólica iba a convertirse en un símbolo de cultura de masas y que, por lo tanto, iba a quedar al borde de la extinción debido al abuso en su recolecta. Y eso que sus frutos son muy tóxicos, y en los niños el envenenamiento puede ser mortal. ¿Y qué sucederá cuando los científicos sean capaces de manipular el genoma de las especies? Entonces se forzará la evolución y los cambios no serán azarosos, sino guiados por intereses comerciales. Tendemos hacia un mundo uniforme y controlado, sin accidentes ni diversidad, monocromo y aburrido.
Una tormenta.
El movimiento de las nubes se puede seguir sin dificultad dada la configuración del valle, de catorce kilómetros de longitud, cuya cabecera es visible desde cualquier punto. Los nubarrones pasan desde Francia, primero se quedan enganchados en los altos picos del Circo de Pineta, para bajar lentamente, descargando la cortina de agua y el aparato eléctrico. Desde la borda, puedo ver el ímpetu del fenómeno sobre la montaña Mallo Chico, situada frente a Las Cortes. A veces, jirones de esas nubes densas y oscuras descienden por las laderas, acariciando los bosques, enganchándose en las copas de los árboles. Llueve justo encima de mí, a unos seiscientos o setecientos metros más arriba, las gotas de agua apenas experimentan recorrido. La humedad al cien por cien. De nuevo la sensación festiva asociada a la lluvia. Sus beneficios son indiscutibles. Limpia la masa foliar del polvo acumulado que así, deslizándose por las ramas y los troncos, llega hasta el suelo para regenerar el humus. Después, el agua va calando lentamente en la tierra, para formar las corrientes subterráneas de la capa freática, o se vierte directamente a las torrenteras y al río. Se podría decir que la lluvia es el meteoro más habitual del valle, donde encaja perfectamente, hecha la salvedad de la mortandad que provoca entre la comunidad de invertebrados.
Setas de verano.
Salir a buscar setas, también en verano, es uno de esos raros placeres relacionados con los bosques que aún entretiene a mucha gente, aunque todo tenga un trasfondo depredador. Pero no siempre se encuentran setas comestibles. Por eso, armado de paciencia y de una guía de campo, trato de identificar los ejemplares que salen a mi paso, como este que parece un inocibe fastigiata, que se da en bosques de coníferas como el que visito, y que es bastante peligroso al contar entre sus componentes químicos la muscarina. O un ejemplar de lactarius, ya que solo puedo identificar el género, dada la gran variedad de su familia, entre la que se encuentra el apreciado robellón. Y una rúsula de láminas amarillas y sombrero encarnado, quizá la variedad que llaman dorada. Sin embargo, uno casi nunca tiene la certeza absoluta sobre lo que encuentra, si son ejemplares aptos para el consumo o no, si son poseedores de alcaloides embriagantes o de venenos letales. Más tarde, media docena de boletus edulis que opto por cortar con infinito cuidado y llevar hasta Las Cortes, en busca de la opinión de los conocedores de la aldea, no vaya a ser que los confunda con el boletus satanas y sufra un envenenamiento.
Plantas venenosas.
En los Pirineos pueden encontrarse gran cantidad de plantas venenosas: la digital y el eléboro blanco, la aguileña, la belladona, el beleño, la ruda, la cicuta, el aro, el bonetero… A propósito del estramonio, tan fácil de identificar por sus frutos espinosos llenos de semillas, hay literatura que habla de sus alcaloides, la atropina, y de los usos medicinales. Y de la ebriedad que proporciona, tosca y desagradable, un temblor incontrolable de las extremidades acompañado de dolor de cabeza y una sensación de mareo sin atractivo. La gente no fuma estramonio, que sería fácil de conseguir y barato, es una planta muy extendida que germina en cualquier yermo, a la vera de los caminos. Debe darse cierto acomodo entre la química de la planta y el individuo que la prueba, de lo contrario ocurre un deslizamiento hacia las tinieblas de la muerte, en ese largo túnel que llaman enfermedad. De la leyenda negra a la iluminación, hay una extensa variedad de interacciones entre los miembros de la especie humana y los vegetales tóxicos.
Campos.
Entre la margen izquierda del Cinca y la carretera, hay una serie de prados o campos sin aparente uso, rodeados de vegetación, de un encendido color verde. Y ese verdor se debe a su abandono, ya que dejan que crezca la hierba autóctona, que en agosto es segada para que sirva de alimento en invierno al ganado. Los campos, hasta no hace mucho tiempo, fueron terrenos dedicados al cultivo de plantas de forraje. La agricultura no era la primera fuente de riqueza del valle, pero servía de apoyo para la alimentación del ganado. En Espierba y sus aldeas, hacia mediados del siglo XIX, había más de doscientos habitantes, dispersos en construcciones que respondían a la funcionalidad agropecuaria. Las bordas, establos pirenaicos, guarecían a la cabaña de las virulencias del invierno. La presión ejercida sobre el entorno era bastante mayor que la actual, debido a la roturación de grandes espacios para cultivos y pasturas, la tala y el aprovechamiento maderero, la manufactura de carbón vegetal, la caza, la pesca, la minería. Ahora, los turistas ansían construirse una casa en los antiguos campos, o rehabilitar una borda de ganado. Quién sabe cómo continuará el ciclo, si una nueva glaciación cubrirá el valle de hielo o si, por el contrario, los bosques terminarán por desaparecer en un planeta desértico. O ambas cosas, una tras otra, una y otra vez.
Humus.
Ramas desprendidas, hojas caídas en el otoño, árboles enteros derribados por las tormentas o los vendavales van a parar al suelo del bosque, que es un verdadero cementerio perfectamente integrado en el paisaje. Tanto, que los turistas apenas son conscientes del fenómeno. Allí, entre los restos vegetales, proliferan las bacterias y hongos responsables de la putrefacción, que son los encargados de transformar las sustancias orgánicas de las plantas en elementos inorgánicos, como el nitrógeno, imprescindibles en el ciclo. Es la química de la descomposición, y su aroma inolvidable penetra en el entendimiento sin disparar la alarma. Porque es un olor agradable, a pesar de todo no asociado a la muerte, y tan diferente al que provocan las carroñas a la intemperie, comidas por gusanos. Hasta en la manera de morir son elegantes las plantas. Sucumben poco a poco, en agonías lentas y armoniosas, generando vida sin cesar, integrándose en el entorno.
Los sonidos.
Los sonidos tienen su parte en este festín sensitivo. Uno se pone a estudiar el que hace la tormenta, a tratar de descomponerlo y analizarlo. Millones de gotas de agua cayendo sobre las hojas de los árboles, sobre la hierba que cubre el prado. Como en el sonido del viento, sería posible aislar el que produce cada gota por separado. De vez en cuando, el fragor monumental de los truenos retumba en el valle y estremece, quién no se acongoja ante la visión del relámpago. Es posible intuir el rumor del Cinca, que crece a buen ritmo, y las torrenteras desbocadas, y los barrancos que bajan cargados de agua de lluvia. El fenómeno arrecia por momentos. Hay intervalos de máxima sonoridad. La tormenta dura ya unas horas.
Extinción.
Después de la tormenta, una comprobación en los prados que rodean la borda. No hay muchos signos de vida. Los insectos se han volatilizado, ningún rastro queda de su frenética actividad. Ayer mismo, mis pisadas provocaban el desplazamiento de decenas. La tormenta los ha sepultado. Sin embargo, es cosa de horas que la vida empiece a bullir, con el sol de la próxima jornada, como en otro paréntesis entre las catástrofes. Puede que solo sea cuestión de escala, hay demasiada similitud entre las experiencias de las diversas especies. Y luego dicen que compartimos un noventa y cinco por ciento de material genético con las moscas. Pasearse por los senderos del valle es un cursillo de existencia acelerada.
El frasco lleno de moscas.
Dicen que el continuo crecimiento de la población humana guarda una gran similitud con lo que ocurre con las poblaciones de conejos, o de ratones domésticos, que describen acusadas curvas al alza o a la baja dependiendo de los recursos y del abuso en su consumo, que siempre, también en nuestro caso, es irracional, como guiado por la codicia que es dueña de cada individuo. Los humanos respondemos a la presión medioambiental y poblacional igual que lo hacen otros animales, o insectos, tanto da, que reaccionan a la escasez y al hacinamiento moderando sus ansias reproductoras. Es el frasco lleno de moscas y los altibajos casi matemáticos que se observan en el número de individuos. Al parecer, y en nuestro caso, esa curva ascendente está llegando a la cúspide, y es probable que en un futuro no muy lejano comience a remitir de una manera dramática, generando enfermedad, destrucción y muerte. El actual pico de seres humanos puede tocar a su fin por diversas razones, entre las que se señalan el cambio climático, las enfermedades de nuevo cuño o las antiguas reverdecidas, los efectos de la guerra, la bajada en la tasa de fecundidad, o a la combinación de todos esos factores y de otros todavía desconocidos. Incluso hay quien ya vaticina el colapso de la población para este siglo XXI recién estrenado, lo que provocaría que la biosfera recuperara, hacia el año 2.150, una población segura, que se ha estimado entre los 500 y los 1.000 millones de individuos.
Regeneración.
La capacidad de regeneración de los invertebrados queda fuera de duda veinticuatro horas después de la tormenta. De nuevo al pisar sobre el prado se asiste al espectáculo de la huida de los insectos. Formas de vida simples, pero a la vez indestructibles. Hace trescientos millones de años que pueblan la Tierra. En Pineta moraban mucho antes de que el valle generase sus misterios, las tradiciones, los asentamientos humanos, la moderna invasión de aficionados a la montaña. Y estarán, probablemente, cuando se haya desgastado el valle y no queden ni vestigios de las casas y las bordas, del Parador de Turismo de Bielsa, o de la ermita de la Virgen. Insectos y bosque, una combinación casi eterna. Es seguro que el bosque nos sobrevivirá. A pesar de la alarma medioambiental, es un hecho que la masa foliar del planeta crece, alimentada por el temido CO2 de los combustibles fósiles. La regeneración se produce, a pesar del hombre, aprovechando la actividad desaforada que preside la vida, ese impulso que lleva a la aceleración y el ocaso.
El tejo.
Identifico un tejo aislado y solitario. Todas sus partes, salvo el arilo rojo que cubre las semillas, la única comestible, son fuertemente tóxicas. Contiene el alcaloide taxol, un veneno del sistema nervioso y del corazón, que acaba paralizando, y también un remedio del cáncer en la dosis correcta. El bosque es una entidad química, y cuando paseamos por él debemos tener la información adecuada. Los alcaloides son comunes en el reino vegetal, un tesoro que permanece oculto. Y esa impresión química se percibe en el ambiente, como el frescor, la saturación de oxígeno, el erotismo, la exuberancia de la vida, la podredumbre. No hay que olvidar que muchas de esas plantas venenosas fueron, desde tiempos inmemoriales, buenos remedios para las enfermedades. Veneno y droga se solapan, de la ebriedad puede decirse que es un estado de exaltación preagónico, como el del automovilista que se despeña por el barranco en una curva mal trazada. ¿Qué ocurriría si chupara la corteza del tejo? El bosque da opciones al suicida, por eso la leyenda lo asocia con los desaparecidos, los muertos retornados.
Efímeras.
En los charcos que dejan las crecidas del Cinca después de la tormenta, calentados por el sol, a veces es posible descubrir la presencia de varias efímeras, esos insectos tan frágiles como primitivos que apenas viven unas horas. Tan corta es su existencia que no se alimentan, y aprovechan su escaso tiempo para reproducirse antes de morir. En esa escala de los seres según la longevidad, ocupan el lugar más bajo, al menos entre las formas de vida visibles al ojo humano. Pero no por ello son menos interesantes, al contrario, su extraño récord las hace más entrañables, ya que incluso nosotros, los humanos, con nuestra parca esperanza de vida, podemos sentarnos sobre una piedra, a la sombra de un árbol centenario, a verlas nacer, reproducirse y morir. Es cuestión de unas horas y de un poco de paciencia, como en otra escala es también cuestión de unos decenios y de paciencia el que un árbol especialmente longevo, un tejo, por ejemplo, nos perciba a nosotros y nos sienta evolucionar cada año bajo su sombra, hasta el día de la muerte.
Acomodo.
El acomodo del ser humano al bosque es absoluto, de tal manera que un paseo por uno de estos parajes, buscando setas o estudiando especies de árboles, nos acerca a las sensaciones que debieron experimentar los primeros homínidos. El bosque tiene la medida del hombre o, como es más apropiado afirmar, el hombre tiene la medida del bosque, no en vano fue él quien bajó de las copas de los árboles hace bien poco para evolucionar a su sombra. Una cuestión de tamaños y proporciones exactas, como es exacta una hormiga que avanza sobre la palma de la mano de un excursionista, o una gota de agua que cae desde la cantimplora sobre un trébol, o una huella de bota sobre el barro, o la envergadura de un niño que trata inútilmente de rodear con sus brazos el tronco de un tilo.
Hormigas rojas.
Estoy plantado junto a un fantástico ejemplar de abeto en la zona de Corralez. Miro hacia mis pies, por si han empezado a echar raíces, y veo una procesión de tremendas hormigas rojas subiendo por mi pierna. Mi reacción es la lógica: en lugar de esperar, como el árbol, que me invadan, salgo pitando de allí, sacudiéndomelas como puedo. Más tarde, las estudio detenidamente, mientras marchan a través de sus rutas, colonizando la zona. Son casi de un centímetro, y la parte central de su cuerpo es de color rojo. Si les presento una ramilla, se colocan instantáneamente en postura de ataque. Y, siguiendo sus recorridos, puedo localizar, algo más tarde, el gran hormiguero construido con agujas de pinos y abetos, que puede alojar hasta un millón de individuos. En esta misma jornada entomológica, también atrapo un hermoso ejemplar de escarabajo estercolero, de tonalidades negras y azul cobalto. Y lo meto en el tarro de cristal donde había guardado una hormiga roja. Más tarde, cuando llego a la borda y saco el tarro de la mochila, me encuentro a la hormiga enganchada a una de las patas del escarabajo, atacando sin descanso. Por más que agito, ella no lo suelta. Opto, entonces, por liberarlos. El escarabajo consigue deshacerse de su pequeña captora y se pierde entre la hierba. ¿Y la hormiga? Un depredador anda suelto por el jardín.
Aliento de bosque.
Llueve sobre Pineta. Estoy sentado ante el paisaje y veo el bosque de coníferas del otro lado del Cinca. Por un curioso fenómeno, de la copa de los árboles parece salir la humedad condensada, que levemente asciende y forma pequeñas nubes, jirones que se elevan y se adentran en el valle. Si no fuera por la lluvia, parecería que el bosque se está quemando. Pero no, en lugar de humo es vapor de agua que se enfría al abandonar el lecho vegetal. El calor acumulado durante el día permite el fenómeno, una exudación vegetal, una exhalación del aliento del bosque. Y en otras estaciones del año el espectáculo puede ser igualmente embelesador, por eso podría seguir en esta borda en otoño, el invierno, la primavera siguiente, hasta completar el ciclo con otra tormenta de agosto. Los temas no se agotan, al revés, van multiplicándose como las ramas de un arbusto cargadas de frutos venenosos.
En el hayedo.
En el rigor de este mes de agosto, nada mejor que refugiarse en el hayedo de la cabecera del Cinca, accediendo a su corazón por las sendas que suben junto al río, menos transitadas por excursionistas que la pista forestal marcada de rojo en los mapas. El grado de luminosidad es muy bajo y el frescor sobresaliente. Las ramas de las hayas se tocan unas a otras como los dedos de una muchedumbre. Y las hojas lo cubren todo de verdor, actuando como perfectos humidificadores de este lugar en el que daría gusto vivir. Hay raíces poderosas sobre la superficie, y las hayas que las poseen son las ancianas del bosque. Frente a un ejemplar de haya bicentenaria uno debe detenerse, sentarse en el suelo y contemplarlo durante largo rato, como quien se encuentra ante una persona vivida, experta y sabia. Irradia tiempo, una experiencia vital cuajada de acontecimientos que ha sabido asimilar con bastante fortuna. ¿Cuántos ejemplares tuvieron que sucumbir para permitirle a ella tanta longevidad?
Bacanales.
Sobre el alféizar de la ventana del dormitorio abuhardillado, descubro un bellísimo saltamontes verde de los robles. La identificación, creo, es precisa, la tonalidad verde brillante, las larguísimas antenas, los ojos, las patas traseras, la existencia de ejemplares de roble en el entorno de la borda, subiendo hacia Espierba. Pongo un tarro de cristal sobre el saltamontes y con ayuda de un folio consigo atraparlo. Leo que los machos cantan durante horas para atraer a las hembras. Estos insectos pueden oír dos octavas por encima del umbral humano y captar con precisión ultrasonidos. El apareamiento dura, nada más y nada menos, cuarenta y cinco minutos, lo que les convierte, quizá, en los insectos más lascivos. Se entregan a sus bacanales en el bosque, de noche, durante el verano, encaramados sobre los árboles para evitar el rocío. El bosque, evidentemente, es el paraíso del erotismo, y se contagia. Debería recuperarse la bacanal, desmitificarla, depurarla de las implicaciones heréticas que inventó la Inquisición. Ha habido una necesidad inextinguible de los seres humanos de entregarse a la cópula, a la orgía, al desenfreno, a la ebriedad. Y en el claro del bosque, a imitación de los saltamontes de los robles.
La corza y el sarrio.
Resulta bastante difícil avistar mamíferos en el valle, entre otras cosas por el exceso de presencia humana en verano y por nuestros mismos hábitos, ruidosos y distraídos. Por eso, ver una corza de gran porte salir trotando a unos metros del lugar por donde uno camina es una experiencia muy gratificante, aunque solamente dure cuatro o cinco segundos, el tiempo que tarda el animal en brincar entre los arbustos, con potencia y elegancia, y perderse entre los pinos que hay en la ribera del Cinca, en el paraje conocido como La Tosca, cerca de la pasarela que lo cruza. O avistar un sarrio cerca del sendero, vigilante sobre una roca. A pesar de que tiene fama de tímido y asustadizo, se queda mirando con descaro, sin moverse un milímetro de su emplazamiento. Dando un par de saltos baja hasta el sendero y se planta ante el paseante, con un gesto de suma arrogancia, como si afirmara su dominio sobre estas tierras y demostrara, así, que le incomoda la visita de los estrafalarios excursionistas. Luego, se da la vuelta y se pierde entre los árboles, escalando en segundos la empinada ladera, después de haber dejado bien claro quién es el dueño y señor de estos parajes.
La masificación.
Hay puntos en los Pirineos que congregan asombrosas cantidades de turistas. En el Parque de Ordesa y Monte Perdido, por ejemplo, la cabecera del río Ara, el cañón de Añisclo y el Circo de Pineta son ejemplos elocuentes. En agosto, miles de excursionistas llegan en sus automóviles, armados de bastones, mochilas y botas de montaña, y se desparraman por los senderos, cruzándose saludos respetuosos pero a la vez pensando cada uno en la aglomeración que provocan los otros. Y es que el afán de los turistas por verlo todo resulta sobrecogedor. Una familia planta su caravana en la zona de acampada, frente al Parador de Turismo de Bielsa, a las puertas del territorio protegido, y se dispone a llevar a la práctica las excursiones escogidas de los mapas. En una semana hay que recorrerlo todo, subir por los senderos más transitados, hacerse las fotos en los lugares típicos, dar cumplida cuenta de los alimentos y las bebidas con la mirada en el vacío. Es una actividad neurótica, consustancial al turismo de masas, que parece repetir las actividades cotidianas, impregnadas de prisa e hiperactividad. Las vacaciones, por imperativo de la economía, se otorgan a golpe de timbal, e igualmente así terminan, todos de nuevo estabulados después de pastar en las praderas alpinas. Pero de nuestra mierda no nace el hongo psilocibe, mal que nos pese. El camión de la basura recorre el valle retirando los desperdicios de los innumerables cubos por allí dispersos. Uno debería veranear en Pineta en soledad, pasear por las sendas sin ser molestado, darse una ducha desnudo en la Cascada del Cinca, acercarse a acariciar el lomo de los confiados sarrios, contar las truchas que nadan en las pozas… A cambio, queda la visión de los cuerpos de los bañistas junto al río, el equipamiento magistral de los excursionistas, la actitud de seguir hacia delante, sin detenerse, camino de la cima. Hoy mismo he estado en uno de esos lugares saturados, contribuyendo al fenómeno agosteño.
L’Artica Gran.
Voy otra vez a la cabecera del Cinca, a los primeros bosques protegidos del Parque de Ordesa y Monte Perdido. Afortunadamente, hace días que llueve y la avalancha de turistas es bastante soportable. Son más de las seis de la tarde, hora a la que muchos excursionistas, de regreso de las caminatas, se despojan de sus botas junto a los automóviles. Así que inicio el paseo casi en solitario. Los hayedos de esta zona, junto al río, son espléndidos, aunque poco extensos. Deberían ampliar la zona protegida, suprimir la acampada. Las hayas, en pocos años, cubrirían esos espacios. Y sería aconsejable declarar el valle, al menos hasta la zona habitada de Espierba, bosque protegido. De momento, me conformo con lo que queda. No encuentro casi veraneantes. Me encanta pasear por el bosque muy despacio, al ritmo de un niño, mirando con esos ojos sin velo que descubren a veces lo oculto, lo que los adultos han olvidado, un ejemplar centenario de haya con el tronco hueco, un claro de bosque iluminado por un leve resplandor. Son los bosques de la zona que llaman L’Artica Gran. Luego, subo por una senda empinada para ver de cerca las Cascadas de La Larri, detrás del Parador de Turismo de Bielsa. Grandes bloques de piedra roja modelada por siglos de erosión del río La Larri configuran un escenario irreal. Tan extraño me resulta, que pienso en una obra de ingeniería del franquismo, llevada a cabo cuando se construyó el Parador, para reforzar su atractivo turístico. Pero no, la intervención humana se ha limitado a un dique que encauza las aguas en un punto de las cascadas, y al sendero que discurre entre una vegetación exuberante. Alto grado de humedad. Contemplo de cerca un salto de agua. El ruido es atronador, tanto que, del otro lado del estrecho barranco, a tres o cuatro metros de distancia, en el sendero que asciende en paralelo por la otra orilla, las voces de diez excursionistas no se escuchan. Mueven sus bocas, posan ante las cámaras, bromean y gesticulan. De regreso a Las Cortes, me basta con sentarme en el jardín, también enmudecido por la impresión que causa la naturaleza del valle.
Montañismo.
Es conveniente subir de vez en cuando a las cumbres. El territorio, contemplado desde una altura de más de 3.000 metros, sugiere otras cosas, la enormidad de los espacios que se abren, el triunfo indiscutible de un medio natural ante el cual las construcciones de los humanos, allá abajo, y sus siluetas invisibles, carecen de relevancia. Ahora, a finales del verano, si el clima acompaña, todavía es buena época para hacer ascensiones. Conviene salir antes del alba y comenzar a caminar con las primeras luces, para prevenir cualquier contingencia y tener margen de maniobra. Luego, el ritmo debe ser sostenido y soportable, como saben los buenos montañeros, que progresan cansinamente y sin detenerse. Entonces, uno descubre que este ejercicio de voluntad que consiste en subir montañas, aparentemente sin sentido, es una de las pruebas del grado de desarrollo de la sociedad, de la complejidad de la civilización, del triunfo, aunque pírrico, del hombre sobre el medio. En las inmediaciones de la cumbre de La Munia (3.133 metros), con la vista inigualable del macizo que forman las Tres Sorores, el pico de Añisclo o Soum de Ramond, (3.259 metros), el Monte Perdido (3.348 metros) y el Cilindro de Marboré (3.325 metros), en el punto donde convergen las rutas española y francesa, uno debe integrarse en la procesión de montañeros perfectamente equipados, con sus calzados y ropas multicolores, las cuerdas y los arneses, los piolets y las pequeñas mochilas. Y así, en una procesión que también tiene algo de mística, se llega a la cumbre y al premio de las vastas panorámicas, aunque allá abajo, en cualquier prado de pastoreo, debe haber un hongo de la especie psilocibe germinando sobre una bosta.
Perfección.
Anhelamos la perfección, como dice Pessoa, porque no podemos alcanzarla. De alcanzarla, quizá nos volvería inhumanos, fríos, indolentes, como la Naturaleza, que sí nos parece perfecta, a la vez que es tan inhumana, fría e indolente. No existe el canon del hombre en los bosques del valle, bien al contrario, es el hombre el que se adapta al canon del abeto, o del haya, o del pino silvestre cuando pasea bajo sus monumentales copas, del trébol que crece en los prados cuando se agacha en busca de la rareza. No hay compasión en el gesto de la vaca que pasta, o del pájaro que engulle mosquitos, ningún ser vivo pide permiso para vivir. ¿Cómo se verá a sí misma la Naturaleza? ¿Perfecta o no? Para alcanzar la perfección, concluye Pessoa, sería necesaria una frialdad desconocida para el hombre. Esa frialdad de los depredadores que cazan o de las plantas que crecen unas sobre otras.
Deslizamiento.
A propósito del cambio entre estaciones, la llegada del otoño sugiere algunas reflexiones sobre el deslizamiento de los períodos de floración y de caída de las hojas, que se van desplazando imperfectiblemente, aquel adelantándose, este atrasándose. Estudios recientes aseguran que, en España, la primavera se adelanta dos semanas y el otoño se retrasa nueve días, lo que arroja un total de veintitrés días templados de más en el calendario. Dicen que es consecuencia directa del calentamiento global, que va suavizando el clima del planeta poco a poco. Lo cual no sería tan negativo, sobre todo para las plantas, que se alimentan de dióxido de carbono y colonizan cada vez más regiones. Tanto peor sería un enfriamiento global, como el que aconteció entre 1.450 y 1.840, en lo que se vino a llamar Pequeña Edad de Hielo, provocado por un descenso medio de las temperaturas en el hemisferio Norte de 2 grados centígrados, debido a causas naturales. En aquel caso, las consecuencias fueron catastróficas: cosechas desastrosas, hambrunas en la Europa del Renacimiento y el Barroco, plagas mortíferas, revoluciones, incluso brotes de canibalismo… Por otro lado, estos fenómenos nos demuestran que la escala temporal de la vida humana es insignificante, ya sea la individual y su horizonte del siglo, o la colectiva y su horizonte del milenio. Comparadas con las que afectan a las especies vegetales, por ejemplo, los períodos que transcurren entre etapas glaciales y postglaciales, resultan irrelevantes, lo que confirma de nuevo la clara preponderancia del reino vegetal, que con toda probabilidad nos sobrevivirá. Como el pino rojo que contemplo en mi paseo diario, que me sobrevivirá holgadamente.
Bayas.
Por la tarde, hasta Espierba en coche, que dejo aparcado donde termina el asfalto. El paseo sigue por la pista forestal que se adentra en el valle hacia los llanos de La Larri, a una altura entre mil quinientos y mil seiscientos metros. A ambos lados, el bosque de coníferas se extiende denso, en extremo húmedo por los días de lluvia de esta semana. Hay espléndidos ejemplares de pino albar, de ramajes retorcidos y tonalidades anaranjadas, de abetos, de serbales. Y enebros. Sus bayas se usan como condimento culinario, para ahumar carnes y pescados, y para aromatizar la ginebra. También hay endrinos. Ahora se pueden recoger endrinos con los que hacer pacharán. Después de unos meses de maduración en anís, los endrinos deben sacarse, pues si el alcohol acaba perforando el hueso y llegando a la semilla, esta libera ácido cianhídrico, una variante del cianuro, que resulta tóxica. Es la vieja estrategia de las semillas de tantos y tantos arbustos, que se revisten de huesos para protegerse y de pulpa sabrosa para atraer a los animales. Pero no se debe ir más allá de lo permitido, de lo contrario existe riesgo de envenenamiento, para los humanos también si dejan que el anís acabe perforando los huesos del endrino.
Los glaciares de Monte Perdido.
Desde los llanos de La Larri es posible contemplar, armado de prismáticos, los glaciares de Marmorés-Cilindro y Monte Perdido. Grandes masas de hielo que hacen de este paraje uno de los más visitados de los Pirineos. En la parte alta, entre las cotas 2.960 y 3.170, se extiende el llamado Complejo Superior, que en 1992 tenía una superficie de 8,9 hectáreas. Más abajo, entre las cotas 2.700 y 2.940, el Complejo Inferior o Glaciar de Marmorés, con una extensión de 38,7 hectáreas en las mismas fechas. Sus extensiones y grosores menguan año tras año, en un proceso que parece irreversible, al menos de momento. Vistos así, al atardecer, calentados por los débiles pero persistentes rayos de un sol implacable, resultan todavía espectaculares.
Temporal.
Enorme temporal de lluvia y viento que azota el valle durante toda la noche. Sobre el tejado de pizarra, un repiqueteo constante. Por la mañana, el valle ofrece un aspecto insólito, cuajado de nubes, húmedo y encharcado. Todas las torrenteras y cascadas bajan cargadas de agua. El Cinca, de ordinario manso y retirado, casi encogido, ocupa todo el ancho del cauce pedregoso que en verano parecía imposible de llenar. El agua baja a gran velocidad, arrastrando todo a su paso. Se comprenden los resultados devastadores de las crecidas, que son capaces de llevarse un árbol, un automóvil, cualquier cosa que se interponga en su camino, tanto más a un indefenso y frágil ser humano. Sin embargo, es algo que sucede con frecuencia en el valle, uno de sus mayores atractivos también, al menos para los que amamos la fuerza devastadora de la Naturaleza y no sufrimos sus perjuicios. Tengo referencias de una tremenda crecida que se produjo entre los meses de agosto y septiembre de 1942, que se llevó gran cantidad de tierras de cultivo, tumbó puentes y sepultó parte de la carretera. Me dicen que hacía 13 años que no se veía el río tan bravo, lo que viene a confirmar la oportunidad de la construcción del dique que protege Las Cortes de las inundaciones.
Las otras percepciones.
Me pregunto qué percepción tendrán los árboles de la lluvia. Afianzados en sus escasos metros cuadrados, las raíces en el subsuelo húmedo, las ramas entrelazadas con las ramas de sus congéneres, quedarán empapados completamente, desde las hojas de la copa, el tronco, hasta las raíces más profundas. ¿Sentirán frío, como los humanos? ¿Sentirán la humedad de la misma forma que nosotros, que necesitamos desprendernos de la ropa mojada y secarnos el cuerpo con toallas? ¿Experimentarán la sensación festiva de los despreocupados o la contrariedad de los timoratos? ¿Y los otros seres vivos, las aves, los pequeños mamíferos del valle, los anfibios y reptiles, el resto de las plantas, arbustos y hierbas, cómo perciben la lluvia? ¿Será para ellos motivo de gozo o de drama? Imagino sus escondrijos, sus guaridas, los lugares donde permanecer a resguardo de la violenta jornada de lluvia. Muchos, quizá, no tengan dónde meterse, y el temporal de otoño constituya, en ese caso, una causa directa de mortandad. Así, contemplado desde la ventana y en el salón caldeado por la calefacción, ¿quién lo diría? ¿Y los otros fenómenos meteorológicos, la nieve, el vendaval, el granizo, las heladas, cómo influyen en las especies vegetales que habitan el valle, en los animales? Desde luego, el humano no se interroga por ello, o si se interroga lo hace dentro de su borda restaurada y aclimatada antes de salir huyendo de la lluvia en su automóvil rumbo a un lugar seco y soleado.
La suma de las partes.
No se puede entender la actividad de una ardilla, o de un abeto, o de una lechuza, o la de un hormiguero compuesto por miles de individuos, sin entender el ecosistema total del valle. Pineta es una unidad geográfica bien definida, cerrada por tres de sus lados por altas montañas, con una climatología y unas características de paisaje irrepetibles. Únicamente es explicable como una suma de partes, de las más pequeñas e insignificantes, como la muerte de una oruga, a las más espectaculares y definitivas, como el temporal de lluvia que todo lo cubre. Y el humano allá abajo, turista ocasional que pisa sobre la oruga mientras se cala por la lluvia.
La danza de los pinos.
Otro claro en el bosque. Esta vez, flanqueado por unos veinte o treinta pinos enhiestos, de una esbeltez soberbia. El tronco se eleva a una altura considerable sin torcerse, entre nudos que fueron ramas y una lección magistral de elegancia. Son los auténticos dominadores del espacio, y como tales se alzan ante el visitante para darle la bienvenida e imponerle, por qué no, ciertas reglas de comportamiento. Como indígenas de una tribu visitada en el curso de un safari moderno. También interpretan su danza, allí, en paralelo, con apenas un leve quejido que marea e impresiona. Más tarde, desde el jardín de la borda, los descubro al otro lado del valle, en la misma posición, desafiantes.
La historia del tejo

Es sabido que hay especies de árboles que alcanzan una longevidad asombrosa. El haya, por ejemplo, puede vivir cerca de 300 años. Se dice que el pino negro alcanza los 600, tanto como el silvestre o albar. Y las grandes coníferas californianas, las secuoyas, los abetos de Douglas, que sobradamente rebasan la frontera del milenio. Pero en esto de la ancianidad de los árboles, me atrae de manera particular la historia del tejo. Gracias a su alcaloide, el taxol, toda la planta, salvo los arilos rojos que cubren las semillas, es altamente tóxica. De esta manera, a lo largo de su evolución, se defendió con eficacia de sus depredadores, los insectos, los grandes y pequeños herbívoros. Además, supo atraérselos con sus apetitosos frutos, ofreciéndoles un bocado fácil de obtener. Las semillas, bien protegidas por el huesecillo, resistían la acometida de los jugos gástricos de los rumiantes, y de esa manera se esparcían eficazmente a través de los excrementos, el abono más apropiado para la germinación. Por eso, gracias al triunfo de sus estrategias de supervivencia, el tejo se permitió una vida larga. Puede llegar a vivir más de mil años. Hay ejemplares portentosos, junto a ermitas e iglesias, que así lo atestiguan. Pero a la vez esta tendencia a la longevidad y el crecimiento pausado está originando, en su contacto con el humano, en cierto modo su perdición. Hace tiempo que fueron talados los bosques de tejos. Su madera era considerada la más dura y apta para determinados usos, como los ejes de carros o las vigas en construcción. Ya no es rentable como árbol maderero, ninguna empresa osaría plantarlo con fines industriales, no hay consejo de administración capaz de aguardar un milenio para rendir cuentas a los accionistas. Es la causa de su regresión, de que sea difícil encontrarlo, de que sobreviva como reliquia, en los catálogos de árboles monumentales. A veces, la longevidad tan deseada puede volverse en contra de una especie, cuánto más de los individuos aislados y enfermos.
El bosque nocturno

El bosque es más inclasificable de noche. Entonces, un rumor distinto se apodera de su atmósfera, grillos y cigarras frotando sus extremidades, aves nocturnas, el viento que se ha detenido y que deja paso a ese otro rumor si cabe más enigmático y tenebroso que parece provenir de la oscuridad. El ruido de lo negro, de lo oculto, de lo irracional, una herencia esculpida en los genes, el temor ancestral a las fieras que ven en la noche y se acercan a nosotros en silencio. Pero ya no quedan fieras en estos bosques, lobos, osos, monstruos cinematográficos, razas perdidas y parecidas a la nuestra, serpientes, tarántulas venenosas. Habrá que buscar la fiera en cada uno, en el interior, que es de lo que se trata. Afuera la noche es densa, no se ven luces de las casas que no existen, no circulan coches por la carretera. La luna todavía oculta tras las montañas.
El bosque mixto

Parecería, al contemplar un bosque mixto de hayas y abetos, que los ejemplares conviven en una armonía ejemplar, sin conflicto, aunque esto solo es la fachada. Porque entre un ejemplar de abeto y otro de haya puede darse una lucha que dure años, el tiempo que necesite el uno para extender mejor sus raíces y sus ramas y acabar aniquilando al otro. Cada especie desarrolla sus propias armas, la corteza más gruesa, o la resistencia a determinadas plagas, esas raíces que por su misma morfología se adaptan mejor a la composición del terreno. Parecería, por otro lado, que al contemplar la lucha casi imperceptible entre un haya y un abeto debiéramos aplicar las reglas humanas de la guerra, cuando en realidad ellos no desean la lucha, que se desarrolla al margen de la voluntad, al igual que ellos tampoco diseñan sus armas, que son fruto de la evolución y del azar. Solo nuestra especie ha sido capaz de desear la guerra y diseñar sus armas, en ese ejercicio continuo de voluntad en que consiste la civilización.
El embalse de Pineta

El embalse situado a la entrada del valle, una vez salvado el desnivel que sube desde Bielsa, se construyó hacia 1940 sobre otro anterior y más pequeño que abastecía de electricidad al pueblo. Tiene una capacidad de 400.000 metros cúbicos y una pequeña central de derivación. Recibe las aguas del Cinca y el aporte extraordinario de un canal procedente del río Barrosa. A su vez, otro canal cubierto, de 13 kilómetros de largo, lleva parte de las aguas del embalse hasta la central hidroeléctrica de Lafortunada. Lo que es menos conocido, y sin duda hubiera cambiado drásticamente la fisonomía de todo Pineta, es el proyecto que se barajó en 1947, la construcción de un dique nuevo a la altura de La Sarra, hacia la mitad del valle, con el objeto de crear un gran lago de unos 7 kilómetros hasta la cabecera. De hecho, las obras comenzaron a realizarse mediante la construcción de un canal de desagüe del río. Al hacer las prospecciones en busca de roca donde asentar los cimientos de la presa, no pudo hallarse una base sólida, por lo que se desistió del proyecto. ¿Cabe imaginarse el valle, desde La Sarra al Parador de Turismo de Bielsa, cubierto por un inmenso lago de 7 kilómetros? Solo problemas técnicos impidieron a la Sociedad Hidroeléctrica Ibérica, Iberduero en la actualidad, culminar el desastre, otra vez la desgraciada intervención de los humanos en el medio natural. Aunque todos contribuimos, en una medida u otra, a ese desastre perpetuo que es nuestra mera presencia, ya rehabilitemos una borda o nos paseemos por el bosque tronchando las hierbas.
El bosque enteogénico

Un ejemplar adulto de haya, de unos veinticinco metros de altura y una superficie foliar de mil seiscientos metros cuadrados, libera a lo largo del día siete mil litros de oxígeno, lo que viene a suponer unos treinta y cinco metros cúbicos de aire rico en él. Todo el valle de Pineta, cubierto en su mayor parte de bosques de coníferas y hayedos, es un productor incansable del preciado oxígeno que nos alimenta, que nos exalta, que nos estimula y nos embriaga como un narcótico. Esto explicaría la euforia instantánea que me asaltó nada más llegar. Fue como un flechazo: la primera tarde de exploración del entorno de la borda, el paseo hasta el río, la cena en la que devoré los alimentos. La sensación continua de bienestar no se debe solamente al hecho de que esté de puente, liberado de la jornada laboral, dispuesto a explayarme en el ocio y a dormir más de la cuenta. No es extraño, entonces, que me guste tanto permanecer en un hayal. Existe una explicación científica al encanto de los bosques, y es que constituyen un hábitat saturado de oxígeno que de alguna manera nos embriaga con herramientas químicas, acercándonos a un estado de euforia que se puede comparar al que proporciona la ingestión de sustancias enteogénicas. El bosque enteogénico, poblado a su vez de multitud de especies que sintetizan venenos. Todo esto puede explicar el misticismo, la magia, la leyenda que encierran los bosques, donde no es extraño que se documenten apariciones, fenómenos extra sensoriales, sinergias con la vida circundante. De hecho, es como si la vida vegetal entrara en el organismo a través de los pulmones y nos mostrara sus códigos, esas normas emanadas de la asamblea de árboles. Misticismo científico, por llamarlo de alguna manera, república de los movimientos, los colores, los aromas saturados, la podredumbre. De la ebriedad.
Temporada de setas

Primera salida del otoño como buscador aficionado de setas. Es un ejercicio que me viene como anillo al dedo. Las sensaciones no pueden ser más positivas, ya que es una actividad que se desarrolla en el bosque, escenario ideal de mi imaginario, uno de los espacios en los que mejor me siento. Uno, en perfecta soledad, va explorando con parsimonia y paciencia el suelo del bosque metro a metro, meticulosamente, a la busca del preciado trofeo. Y de vez en cuando se encuentran setas, decenas de ellas, aunque uno no sea ningún experto y no esté en condiciones de identificarlas. Al rato, hallo mi primer robellón, este sí inconfundible, su sombrero característico, el tallo que al cortarlo sangra, como dicen por aquí, desprendiendo una sustancia rojiza y pegajosa. Luego otro, y otro más, un botín escaso para las dos horas que llevo. A punto de marcharme, en un barranco húmedo entre pinos, recolecto en pocos minutos hasta treinta ejemplares de tamaño medio, en perfecto estado, que me llenan de júbilo igual que van llenando la cesta. Si tenemos en cuenta que es la primera salida de la temporada, que tengo poca experiencia y que dicen que el año no es propicio, puede decirse que ha sido un éxito completo. Preveo frecuentes salidas este otoño, en otoños sucesivos también.
Adaptabilidad.

Es un fenómeno bien estudiado que las plantas, como los demás seres vivos, experimentan a veces mutaciones que alteran sustancialmente sus posibilidades de supervivencia. Son cambios que pueden afectar, por ejemplo, a la altura del tallo, o al tiempo de floración, o a las características del reposo invernal, o a la división de las hojas. Luego, esos cambios, dependiendo del entorno, serán o no adaptables, esto es, representarán o no ventajas evolutivas para los miembros de la especie. Podría imaginarse una mutación en una planta que adelantara su floración, lo que, debido al alargamiento de la primavera, seria una ventaja sobrevenida con respecto a otras especies, que responderían con retraso a los nuevos tiempos. O el caso de un seta comestible y apreciada, como el muy conocido robellón, que experimentara una mutación que le dotara de cualidades indigestas al estómago de los humanos, lo que representaría también una ventaja, pues poco a poco iría esa variedad extendiéndose por los bosques y los prados, antes recogida hasta el agotamiento, ahora respetada por venenosa.
Otra vez la hormiga roja.

Vuelvo a encontrarme, en el soberbio abetal de Corralez, con la hormiga roja. El tamaño, el color, la postura defensiva tan característica, la voracidad, parecen confirmarlo. Su hábitat es una franja que abarca América del Norte, Europa y la zona templada de la tundra siberiana. Muy interesante el proceso de selección en el que interviene la reina. El alimento que ella produce contiene un jugo segregado por una glándula situada en su labio inferior. Si la larva ha de ser reina o bien obrera asexuada, se decide mediante las hormonas que añade a la comida. De esta manera, la reina controla el sexo de las larvas. Millones de años de experimentación genética. Y hay que reconocer que son unos insectos terribles. Con pequeños palos provoco su actitud defensiva, que es instantánea y persistente, hasta el punto de que algún ejemplar se engancha y solo se suelta cuando nota que la elevo por encima del suelo. Asombroso, también, cómo se extienden por la zona a colonizar, rastreando insectos, pulgones, orugas, a quienes descuartizan en minutos. Es fácil aplastarla, sacudirse de la pierna a una docena, pero habría que imaginar un ataque del hormiguero completo, un millón de individuos, para acercarse a la experiencia del terror. Sin embargo, no hace falta llevar tan lejos la imaginación. Allá va una hormiga roja con un pedazo de insecto cortado limpiamente.
Guía de bosque.

Se puede describir un oficio al que auguro cierto porvenir: guía de bosque. Aquí, en Pineta, podría llevarse la idea a la práctica. Se trataría de estudiar a fondo la botánica, los insectos, las aves, la geología, las leyendas, la química, la historia de la población humana, y acompañar en recorridos diversos a los clientes. Por ejemplo, una excursión etnobotánica de un día, salida a las diez de la mañana, recorridos por los bosques y praderas del valle estudiando las plantas tóxicas, la pausa del almuerzo, continuación por la tarde en busca de las especies que falten, regreso a Bielsa al atardecer, transporte facilitado por la empresa. O visita a los grandes árboles del valle, los ejemplares más hermosos y centenarios de hayas, pinos, abetos, fresnos, tilos, abedules, o los arbustos más notables, y las flores de los prados. Sin olvidar los itinerarios fáunicos, rastreando la vida de aves, mamíferos, reptiles y anfibios de los bosques. Tampoco, evidentemente, a los insectos. Una variante no menos atractiva sería la caminata nocturna, un acercamiento lúcido a las leyendas del bosque y los miedos ancestrales que allí se condensan, con repaso de la vida nocturna y tentempié a medianoche. Y qué decir de las posibilidades que cuadruplicarían las estaciones del año, cada una con sus peculiaridades, pues hay amantes de la floración, del frescor, de la caducidad, del frío. ¿Qué tarifas deberían cobrarse? Quizá las que aplican los organizadores de excursiones en cuatro por cuatro, a caballo, o quienes se dedican a deportes de riesgo. Luego habría que anunciarse convenientemente, propaganda escrita por el valle, publicaciones especializadas, página propia en internet. Aunque a mí lo que me gusta es pasearme a solas por el bosque, nadie tiene por qué seguir mi ritmo. Puede resultar demasiado moroso. Dejo, entonces, la perspectiva de empleo sobre el papel, como simple idea.
Marmotas.

En los Llanos de La Larri, junto al río, en el talud que forma el terreno y a resguardo de las miradas de los excursionistas que pasan por el sendero unas decenas de metros más allá sin darse cuenta de nada, habitan las marmotas, los roedores más grandes que es posible avistar por estos valles. Si uno se arma de paciencia y prismáticos y se inmoviliza entre los pinos negros de la ladera, puede tener la suerte de verlas evolucionar en el umbral de sus madrigueras, oteando el horizonte, olisqueando el aire, vigilando los cielos en busca de su mayor enemigo, el águila real. A veces, si el paraje les parece lo suficientemente en calma, se aventuran por la zona en cortos paseos, siempre extremando las medidas de seguridad, una de las cuales es la interconexión de sus guaridas, de las que siempre hay una entrada a la vista donde refugiarse en caso de peligro. Se alimentan de hierbas e hibernan a unos cinco metros de profundidad de octubre a abril, dependiendo de cómo vengan las estaciones. Por eso mismo, es una de las últimas oportunidades de contemplarlas, antes de que se refugien bajo tierra, sepultadas por la nieve. Resulta verdaderamente muy singular verlas corretear tan confiadas, sin que parezcan molestarlas los grupos de excursionistas que pasan unos doscientos metros más allá, en busca ellos de las cascadas del fondo del valle. Las unas ya han asimilado la presencia humana, los otros rara vez se emboscan a ver evolucionar a las marmotas entre las bocas de su intrincada red de galerías subterráneas.
Junto al avellano.

En el hayal del Parque de Ordesa y Monte Perdido de la cabecera del río Cinca, en el sendero que lleva hacia el barranco de la Feixa el Tabo, en el paraje conocido como Rincón de las Pomeras, junto a un ejemplar de gran porte de avellano de innumerables ramas, encuentro una corona de flores depositada no hace mucho. Sin duda, un humano sensible escogió este rincón de bosque, ese ejemplar concreto de árbol, para que sus deudos esparcieran allí sus cenizas, de nuevo integradas en el paisaje como biomasa de origen animal.
La pesca.

Me dice un experimentado pescador de Las Cortes que ya no quedan truchas en el río Cinca. Las que él captura son tan pequeñas que se ve forzado a lanzarlas de nuevo a las aguas. Muy de vez en cuando se lleva un ejemplar de unos veinte centímetros, el tamaño mínimo que exigen las ordenanzas del coto. Sin embargo, no hace mucho las cosas eran bien diferentes. La riqueza piscícola del río era tal, al menos en la inmediata posguerra, que algunas familias del valle pudieron subsistir, en gran medida, gracias a la pesca. Parte de los ejemplares de trucha se destinaba al consumo doméstico, parte a la venta. Con el dinero así ganado, pudieron comenzar de nuevo después de la tragedia de la Bolsa de Bielsa, arreglando el tejado de las casas, adquiriendo la ropa más indispensable, comprando una vaca con la que reiniciar la explotación ganadera. Y eso a pesar de que existía una gran sobreexplotación, como ocurría con otros recursos del valle, como la madera o la caza. La explicación de la actual escasez, me dice el pescador, hay que buscarla en los desafortunados intentos de repoblación que se llevaron a cabo hace unos años, ya que las especies que se soltaron no fueron las más indicadas.
Robellones.

Otra salida en busca de robellones. Hay más gente por los pinares del Cornato, la Foya el Zoquero, Corralez y el Pinaret haciendo lo mismo, lo que inmediatamente instala en el ánimo la incomodidad. Los llamados cazadores de setas ven en los otros ya no solamente un elemento de la molesta multitud, sino competidores directos por los preciados y escasos hongos, e inmediatamente surge la vena competitiva, de depredador dispuesto a todo por su parte en el botín. Por eso, opto por subir, aprovechando un barranco, por la cada vez más empinada ladera. Más arriba, donde casi me resulta imposible avanzar dada la verticalidad del terreno, puedo localizar, al fin, unos cuantos robellones que de nuevo me llenan de alegría y, por qué no decirlo, de una pizca de vanidad. En todo caso, parece más la actividad de un alpinista que la de un buscador de setas. Está claro que la gente busca robellones, no emociones fuertes.
Al anochecer.

Al anochecer, una vez ha cesado la lluvia, paseo hasta el río. En esta zona del cauce se dibujan nuevos recorridos, ramales que dependen de las crecidas para llenarse, brazos menos vigorosos y más circunstanciales. Es un buen instante para escuchar el rumor del Cinca, que se derrama sobre los cantos rodados con brío renovado. Pero la humedad no es solo un sonido, es una presencia casi corpórea que envuelve, que entra por los pulmones, que se condensa en los bosques como un espectro inocuo. Las nubes evolucionan impasibles. El último resplandor del sol sobre el Circo de Pineta. Piso sobre los cantos rodados, sorteando los charcos. Las ramas cargadas de gotas. Arriba, luces en las ventanas de las casas. Ahora el bosque se queda tranquilo, sin la incómoda presencia de los paseantes.
El pino moribundo.

Debido al temporal de hace unos días, ha desaparecido mi pino moribundo del lugar del cauce donde estaba. La fuerza de la crecida se lo ha llevado todavía más abajo, en ese viaje tan singular de un árbol agonizante. Sin embargo, otros ejemplares han venido a ocupar su puesto, arrastrados porque fueron a nacer, como tantos congéneres, en el lugar equivocado. Así que no resulta complicado escoger uno de ellos para seguir de cerca su agonía. Las plantas poseen, como este ejemplar de pino singularizado, una extraña capacidad de morir por partes, lentamente, primero las raíces, quizá más tarde las hojas, por último el tronco. Son agonías lentas, incomprensibles para los humanos, entre otras cosas porque no trasmiten dolor, aparentemente. Sin embargo, es seguro que algo debe dolerles su propia muerte. Pero ese dolor a nosotros se nos escapa, incapaces de detectar sus manifestaciones, los signos de la agonía.
Caos y orden.

Ese bosque de coníferas, o el de hayas, o el mixto, o el de ribera, resume perfectamente el caos y el orden. El caos manifestado en el derrumbe de un árbol agotado, en la avalancha de rocas, en las lluvias torrenciales y el granizo, en las heladas y los aludes, en las plagas. El orden, en la armonía de las plantas, sus hojas simétricas, las ramas superpuestas, las raíces interconectadas, en la armonía, también, de los insectos y los pájaros que los devoran, en el fenómeno de la adaptación al medio, en el ataque y la defensa, la simbiosis. Vida y muerte entrelazadas, cadáveres junto a brotes, hedores mezclados a los aromas que, juntos, conforman el olor tan característico de los bosques. El impulso vital en estas formas de vida tan simples es inagotable, aparentemente inútil, o al menos inexplicable. ¿Por qué viven las plantas, qué razones tienen para ello? No hay razones, como tampoco las hay para explicar la vida humana. Estamos poseídos por ella y nada queremos hacer por evitarlo.
La lechuza.

Tengo la suerte de admirar la elegancia de una lechuza blanca posada sobre la rama de un abedul, en un rincón casi virgen del río. El silencio es total, salvo por el rumor de las aguas. Me paro a contemplarla, justo lo que ella hace conmigo, sin gesticular, sin moverme. La perfección del ave en su hábitat es sobrecogedora. Luego, quizá cansada de mi presencia, o de mi obstinada arrogancia, remonta el vuelo majestuosamente, desplegando sus alas, y se pierde sobre las copas de los árboles.
La senda.

Al caminar por el bosque, procuro posar mis botas sobre las huellas dejadas por otros paseantes. De esta manera, algo evito, que unas pocas hierbas queden tronchadas y con escasas posibilidades de supervivencia. Es fabricar o improvisar una senda. Por eso se debe utilizar el sendero y dejar al bosque tranquilo. El sendero es tan antiguo como la humanidad, la vía principal y primera de la colonización y el comercio. Se trataba de acelerar el desplazamiento, no de ser respetuoso con el medio ambiente. El medio ambiente es un concepto que solo pueden apreciar los que llegan hasta aquí a bordo de sus potentes automóviles climatizados. Pertrechados de mil baratijas, mascando chicle y disparando la cámara de fotos nos hacemos la ilusión de comunicarnos con la naturaleza. Y pocos son capaces se sentarse en la espesura, desbaratados ya los peligros, a deleitarse con el mimetismo.
Pardilla.

En unos prados de las laderas de solana, y gracias a un buen conocedor, lleno la cesta con ejemplares de la seta que llaman pardilla. Debe pelarse la piel pardusca del sombrero y hervir la carne unos minutos para desbravarla, momento en el cual ya está lista para su preparación, salteada, con arroz o pasta. En todo caso, esto de pelar los sombreros y hervir las setas tiene su lógica, y es que la piel suele concentrar gran parte de los principios activos del hongo, sean venenosos o alucinógenos, y la cocción en muchos casos sirve para neutralizarlos. De hecho, la cocción destruye el ácido helvético presente en algunas setas, y que puede provocar una enfermedad llamada hemólisis, que consiste en la fragmentación prematura de los glóbulos rojos. Parece ser que muchas personas no toleran la pardilla, dado su peculiar gusto o que su sistema digestivo, más delicado de lo habitual, no las tolera. Los ejemplares jóvenes o muy viejos pueden producir trastornos gastrointestinales. No es venenosa, eso queda claro, pero algo debe tener para que no sea tolerada por estómagos delicados. De la delicia gastronómica a la muerte, hay toda una graduación de las diferentes especies de setas. Por eso, el cocinarla se parece más aun experimento que a un simple asunto culinario. Al hervirla, la cocción desprende un desagradable aroma nada halagüeño. El agua queda blanquecina. Sin embargo, una vez escurrida y salteada con aceite de oliva virgen, ajo, perejil y sal resulta un bocado exquisito, de sabor intenso y agradable. Además, dado que la gente la desconoce y no la recolecta y que es una seta tan abundante como grande es su tamaño, se convierte en un botín muy a tener en cuenta. Bastan media docena de ejemplares para llenar una cesta y servir de base a un generoso festín.
Hombres de bosque.

Antes, era posible cruzarse por los parajes del valle de Pineta con los llamados hombres de bosque, que se dedicaban a algunas profesiones directamente relacionadas con el aprovechamiento forestal, como eran los leñadores, los carboneros, los pastores, los recolectores de frutos, setas y plantas medicinales, los que recogían la resina de los árboles, en concreto la trementina del abeto, para aprovecharla como ungüento, también los cazadores de sarrios y los pescadores de truchas. Eran, en gran medida, conocedores de su entorno, los hayales, los pinares y abetales, y de sus secretos. Sin embargo, la regresión de esas profesiones no me parece mal, al contrario, se trataría de limpiar el bosque de la presencia humana perniciosa y relegarla a un turismo controlado, nada estridente, silencioso y modesto.



























































Entradas (RSS)