Selección
Copio algunos párrafos del dietario y la contraportada, de Ramón Acín.
Exposición de los Celtas.
Efectivamente, en lugar de bucear y brincar entre las ruinas de aquel portentoso pabellón, me encuentro sentado en el vestíbulo del palacio que cobija la muestra de artesanía celta. La he recorrido con presteza porque deseaba, entre otras cosas, tomar notas acerca de lo visto, de lo percibido, de lo escuchado. Este es un montaje mercantil que, a buen seguro, recaudará ingentes fortunas en su peregrinaje por las diversas capitales de Europa. Mucho público admirado. Pero esas lujosas vitrinas, estas urnas milimétricas de cristal, podrían contener infinidad de piezas de civilizaciones distintas, de cualquier ámbito geográfico, de cualquier cultura. Recuerdo el Museo Arqueológico de Teruel y pienso que sus colecciones, colocadas en los cilindros, en la cámara oscura, tras las lentes deformadoras, también adquirirían perspectivas insólitas, sugerentes, reveladoras. Las lupas mostrarían el trabajo de los artesanos fallecidos. Colocad los restos arqueológicos en envoltorios de lujo, voltead las campanas de la propaganda, expandid la noticia desde los oráculos de la comunicación y tendréis garantizada la rentabilidad de vuestro proyecto. En el vestíbulo, tomando notas. En este preciso instante. Llegan los demás, uno a uno, y se sientan a mi alrededor. Los momentos de escritura están revalorizando el viaje. Tengo la impresión de que correré por las salas de los museos para recogerme en este cuaderno y comentar, con caligrafía ágil, que acabo de correr por pasillos cargados de cuadros, que me encuentro escribiendo, escribiendo bajo la mirada de mis acompañantes, de los demás hombres y mujeres que por aquí pululan, y que no me importan sus juicios, sus opiniones. Es más, casi me hace falta que me señalen para anotar que me señalan, ahora, ese, todos, siempre, se acabaron los tiempos en los que trabajaba a escondidas y cerraba las persianas y recluía mis escritos en las carpetas, en los armarios, cien candados salvaguardando. Demoleré las paredes de mi cuarto de trabajo, saldré a la calle para vagar, como hago aquí entre palacios, por los arrabales de cualquier ciudad, entre escombreras y pistas de tierra.
Los privilegiados leen noticias de guerra.
La Plaza de San Marcos es uno de los hervideros humanos más importantes, todos los días del año se dan cita miles de viajeros contenidos. La masa se extiende por los alrededores, taponando las callejas comerciales, saturando y poniendo en peligro la estabilidad de los puentes. Los gondoleros trabajan a destajo para cubrir el exceso de demanda. No es inusual verlos pasar deprisa, todo lo que permite la intrincada red de sus caminos. Es domingo y han acudido a la ciudad decenas de miles de italianos, familias enteras, grupos de amigos, para comer en las terrazas abarrotadas y asistir a la lente procesión que entra en la Basílica. Ruido insistente de obturadores que se accionan, cientos de retratos con los mismos motivos, alimentando a las palomas, frente al pórtico, en las terrazas. Sin embargo, caminando unos minutos, accedemos a una plaza vacía. Un café. Tomamos asiento, congratulados por la tranquilidad del paraje. Los dueños nos sirven. Leemos la prensa. Es cierto, a juzgar por los titulares la guerra se recrudece, si es que un conflicto armado puede tener grados de terror. Mientras tanto, los privilegiados contemplamos cuadros en museos e iglesias y nos estorbamos en las plazas y saboreamos las cervezas colmadas de espuma, a pocos kilómetros del campo de batalla. Parece mentira que la frontera sea una línea imaginaria y que la fortuna de los hombres se parcele en los territorios de ignorada vecindad. ¿Combatir? ¿Leer? En cualquier momento cambian los papeles y la gente, obnubilada por el color de la ciudad, parece ignorarlo. Cuando llegue el conflicto ninguno podrá reprimir los aspavientos de dolor.
La siesta.
Volvemos a Marghera, acuciados por el hambre. Merendamos huevos fritos con panceta, ensalada, queso. Manjares sencillos y deliciosos que desaparecen. Limo. Antes de salir y de tomar el autobús, una siesta. Nos tumbamos. Los dos. Nos hundimos en el mismo pozo de abrazos y reconocimientos, las córneas transparentes, los poros festivos. No quería dormir pero me doy cuenta de que el sueño se acerca, silbando cada vez más fuerte. Por el momento, ella dormida, nada mejor puedo hacer que dejarme vencer por esta sensación voluptuosa que se produce ahora mismo, mientras escribo que escribo. Definitivamente, me ha ganado la inmediatez. Me resisto, aunque se que terminaré por dejar el rotulador azul sobre la mesilla de noche, marrón, claro, marrón. Letras negras en el futuro. O incoloras. Bostezo. ¿Cómo es posible que pierda la conciencia así, en unos minutos? Si me dijeran que no voy a despertar, quizás cedería igual de contento. Puede que algún sueño sorprendente sea digno de anotar. Ahora, la velocidad remite, la concentración se desvanece, podría anotar cualquier palabra, espejo, llanura, ruido, la velocidad remite, sí, la letra se torna ilegible, ilegible…
Campiello de los Incurables.
Mira esta plaza, tan recoleta y alejada, en medio de Venecia y a la vez en el confín de este Universo. Es el Campiello de los Incurables. Hoy es sábado, sí, y las masas humanas que ocupan y saturan el centro de la ciudad parecen huir de estos rincones, por miedo, la paranoia vuela alto, quizá porque les aterra la enfermedad, la vejez incurable que todos transportamos, invariablemente. Sí, hoy es sábado y los turistas se dan cita, todos, en el mismo centímetro cuadrado, buscando el calor de la piel, renegando de los espacios vacantes en los que silba el viento y se hielan las espaldas. El Campiello de los Incurables. El nuestro. En el centro de Venecia, aquí mismo, en esta plaza que debería ser el punto de encuentro de todos los sanos, tan enfermos involuntariamente. Que cada uno ocupe su rincón perdido del planeta y se detenga a saborear su propia decrepitud, el licor de mayor solera.
Contraportada.
“Mirar lo que uno no miraría, escuchar lo que no oiría, estar atento a lo banal, a lo ordinario, a lo infraordinario…” son parte de la acertada cita –Paul Virilio- que portica Insectos en el Véneto, viaje/dietario de Antonio Cardiel que sabe escapar magistralmente de los manidos moldes –concepto y estructura- caracterizadores de este tipo de publicaciones. Con ojo siempre avizor, sentidos en tensión y prosa sugerente, se nos traslada al Véneto, donde tan pronto amamos la anécdota, nos sorprendemos en la rutina o caminamos en el tiempo, como nos extasiamos ante la múltiple belleza que destilan el paisaje, el arte y la misma existencia. Libre de todo equipaje y de todo soporte libresco, Insectos en el Véneto se muestra puro, como ejercicio de inmediatez, invitando a una sumersión placentera e imaginativa, en la que la reflexión y la memoria personal poseen su grado de actividad y deleite”.
Ramón Acín.
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