Selección

Primer capítulo.

Elena Macau sufrió una muerte tan repentina que ni siquiera tuvo tiempo de expresar su última voluntad. Sin embargo, le había confesado a su marido, en alguna conversación íntima, su deseo de ser incinerada y de que arrojaran sus cenizas al viento. En este punto, como me explicó Luis González, a ella le gustaba fantasear con una ceremonia laica en un paraje idílico, y dentro de los escenarios posibles su imaginación ya había seleccionado media docena: la superficie tersa y brillante del Mediterráneo; un acantilado sumido en la bruma; puede que el mismo jardín del chalet de sus padres en Les Masies de Poblet, cerca del municipio de L´Espluga de Francolí, aunque esta posibilidad no dejara de angustiarle al imaginarse a su madre agitada día y noche por malos presentimientos; o la ribera de un río de montaña; o la cima de una cumbre de más de tres mil metros; o, aún mejor y como de hecho iba a ocurrir, la recóndita umbría entre pinos, encinas y robles de un rincón cualquiera de los bosques de Poblet. 

¿Quién podía haber previsto su fatal desenlace, tan joven y radiante, madre de un niño de ocho años y esposa abnegada, trabajadora fiel de una firma de joyería casi legendaria del centro de Barcelona? Nadie, desde luego, pero allí estábamos todos, sus padres y familiares más cercanos, algunos vecinos del pueblo, cuatro o cinco amigos íntimos entre los que nos incluíamos Maite, mi mujer, y yo, y Luis aferrado a la mano de David con una intensidad que su hijo era incapaz de comprender. Y me tocó a mí, por una de las frecuentes ironías del destino, destapar su urna, calcular la dirección de la ligera brisa que corría esa mañana de febrero de 2005 y verter sus cenizas sobre las raíces de un roble joven, desde entonces ya marcado como lugar de peregrinación de ocasionales paseos en verano.

- Enrique –me dijo Luis una vez concluida la ceremonia-, me gustaría volver contigo caminando. 

- ¿Ahora?

- Me gustaría hablar contigo.

- Bueno, como quieras.

Le había conocido unos pocos años antes, a las puertas del colegio de nuestros hijos, cuando él se acercaba a las cinco de la tarde para recoger a David y yo hacía lo mismo con mi hija Eva. Entonces, y hasta que nuestra amistad comenzó a cimentarse, él era simplemente “el padre de David”, igual que yo era “el padre de Eva”, y nuestras presencias eran apenas perceptibles entre la acumulación de gente que, como nosotros, aguardaba la salida de los alumnos. Fue, si no me equivoco, una tarde calurosa de primavera en el parque de nuestro barrio cuando por primera vez empezamos a hablar, como él decía, por simple azar, cuando David chutó con fuerza un balón que fue a parar directamente a la nariz de Eva describiendo una trayectoria que todavía hoy me parece imposible. De esto y de cosas parecidas comenzaron a poblarse nuestras charlas, los accidentes de tráfico, las enfermedades infecciosas de los niños, las casualidades que nos asedian y el tradicional terror del ser humano ante lo que no comprende. Según decía Luis con vehemencia, todos los acontecimientos, de los más simples a los más trascendentes, eran debidos a infinidad de otros acontecimientos anteriores, enlazados en cadenas inextricables que escapan de la capacidad de comprensión humana, que por eso se refugia en el mito, a veces en la creencia o la superstición, en el histerismo y la violencia.

- Me parece –siguió Luis- que nos vamos de Barcelona.

- ¿Qué quieres decir?

- Que David y yo nos vamos a vivir fuera.

- ¿Estás loco? ¿Y adónde pensáis ir?

- No sé, vivir en Barcelona sin ella… En la misma casa… No me lo imagino. Nos vamos a Tudela, con mi familia.

- ¿Estás seguro? ¿No te estarás precipitando? Comprendo que te encuentres hecho trizas, pero…

Los coches del cortejo fúnebre ya habían partido creando una estela de polvo por el camino que sigue la riera de Castellfollit y eran sólo un lejano rumor que decrecía paulatinamente. La soledad del paraje, un martes por la mañana sin excursionistas, invitaba a la confidencia. Y eso hicimos, recorrer durante varias horas los cerca de diez kilómetros que separan el lugar del bosque donde habíamos dejado las cenizas de Elena del chalet de Les Masies, hablar de los sucesos de los últimos meses, tan trascendentes para Luis y su familia y, por qué no decirlo, también para Maite y para mí, quedarnos a veces enmudecidos tratando de descifrar los sonidos de la floresta, el canto de un ave, el crujido de una rama, el murmullo del agua en el fondo del valle. Lo habíamos hecho otras veces, la misma excursión en circunstancias bien diferentes, esa pista forestal que tanto amábamos y que ahora se había convertido en la senda que llevaba al mausoleo natural de Elena.

- Enrique, creo que su muerte tiene que ver con el dibujo.

- ¿Con el Rembrandt? No te entiendo.

- Es algo que se me ha metido en la cabeza y que no consigo sacarme. No sé… Tantas preocupaciones en estos últimos meses, tantas emociones… Todo el asunto de los nazis, del significado herético del dibujo y la manera en que desapareció… Vaya, que de alguna manera tuvo que influir en su salud.

- Luis, eso no tiene ningún sentido. Elena murió de un infarto cerebral. Y ya me dirás qué relación puede tener con el Rembrandt.

- Es posible… Pero te juro que no me lo quito de la cabeza. No sé, cualquier cosa, hasta la más pequeña… Cualquier cosa puede influir en la vida de las personas. Y en la salud, por qué no. 

Un buen día, por un extraño golpe de suerte, un valioso dibujo de Rembrandt había ido a parar a la casa de Luis y Elena. Eso era, al menos, lo que los pocos que conocíamos la noticia estábamos dispuestos a creer, que el azar, como Luis siempre repetía, había puesto al alcance de su mano una pequeña fortuna, que la vida había rodado en infinitas carambolas hasta depositar ante sus pies un leve y quebradizo tesoro, que la casualidad había querido que fuera él quien estuviera en el momento y el lugar apropiados y con la cabeza suficientemente alerta para recoger lo que la marea del tiempo había arrojado junto a él. Y ahora, después de la muerte de su mujer, Luis parecía dudar de la suerte que todos envidiábamos, como si el destino le hubiera jugado una mala pasada y lo que parecía una promesa de dicha se hubiera transformado en el dolor profundo que le corroía. Lo cierto es que, ya fuera por el azar o por otras causas más directas y prosaicas, la dicha había girado en redondo para convertirse en drama. 

- No sé… No me lo quito de la cabeza.

Luis seguía caminando con el cuerpo encogido, atenazado por un frío interior para el que no existía alivio. De vez en cuando, se paraba y paseaba su vista por las inmediaciones, los bosques, las cimas pétreas de las montañas de Prades, en un gesto que a mí se me antojó de despedida, como si estuviera dispuesto a renunciar al paraje tan querido porque ahora estaba habitado por las cenizas de su mujer.