Selección
10 párrafos de mi libro En el bosque.
Abedul.
Identifico un abedul junto al camino, el tronco plateado y blanco hacia la copa, la forma de sus hojas y frutos. Los tallos de sus ramas son largos y delgados, y con ellos se fabricaban los azotes de los maestros, aquellas varas que blandían ante sus pupilos y a veces descargaban para castigar el error y la impostura. Por la guía me entero de que es un árbol que se propaga con rapidez, esparciendo a los vientos del otoño millones de semillas voladoras que germinan solo si van a caer en un lugar propicio. Esto de los lugares propicios resulta demasiado sugerente. También el pino moribundo, a la postre, fue a germinar en el punto equivocado, como demuestra su agonía prematura. Y las semillas que se secan. O los huevos robados de los nidos por la serpiente. Podría trazarse cierto paralelismo con las poblaciones humanas que sufren, cíclicamente, la fuerza de los monzones, el temblor de las placas tectónicas, o una epidemia perpetua de paludismo. Una especie de ubicación desastrosa, que afecta a todo ser vivo en su afán por sobrevivir y en la que interviene, de forma definitiva, el accidente. Es lo que pasa con las tormentas estivales, que aplastan y ahogan miríadas de insectos.
Efímeras.
En los charcos que dejan las crecidas del Cinca después de la tormenta, calentados por el sol, a veces es posible descubrir la presencia de varias efímeras, esos insectos tan frágiles como primitivos que apenas viven unas horas. Tan corta es su existencia que no se alimentan, y aprovechan su escaso tiempo para reproducirse antes de morir. En esa escala de los seres según la longevidad, ocupan el lugar más bajo, al menos entre las formas de vida visibles al ojo humano. Pero no por ello son menos interesantes, al contrario, su extraño récord las hace más entrañables, ya que incluso nosotros, los humanos, con nuestra parca esperanza de vida, podemos sentarnos sobre una piedra, a la sombra de un árbol centenario, a verlas nacer, reproducirse y morir. Es cuestión de unas horas y de un poco de paciencia, como en otra escala es también cuestión de unos decenios y de paciencia el que un árbol especialmente longevo, un tejo, por ejemplo, nos perciba a nosotros y nos sienta evolucionar cada año bajo su sombra, hasta el día de la muerte.
Perfección.
Anhelamos la perfección, como dice Pessoa, porque no podemos alcanzarla. De alcanzarla, quizá nos volvería inhumanos, fríos, indolentes, como la Naturaleza, que sí nos parece perfecta, a la vez que es tan inhumana, fría e indolente. No existe el canon del hombre en los bosques del valle, bien al contrario, es el hombre el que se adapta al canon del abeto, o del haya, o del pino silvestre cuando pasea bajo sus monumentales copas, del trébol que crece en los prados cuando se agacha en busca de la rareza. No hay compasión en el gesto de la vaca que pasta, o del pájaro que engulle mosquitos, ningún ser vivo pide permiso para vivir. ¿Cómo se verá a sí misma la Naturaleza? ¿Perfecta o no? Para alcanzar la perfección, concluye Pessoa, sería necesaria una frialdad desconocida para el hombre. Esa frialdad de los depredadores que cazan o de las plantas que crecen unas sobre otras.
La historia del tejo.
Es sabido que hay especies de árboles que alcanzan una longevidad asombrosa. El haya, por ejemplo, puede vivir cerca de 300 años. Se dice que el pino negro alcanza los 600, tanto como el silvestre o albar. Y las grandes coníferas californianas, las secuoyas, los abetos de Douglas, que sobradamente rebasan la frontera del milenio. Pero en esto de la ancianidad de los árboles, me atrae de manera particular la historia del tejo. Gracias a su alcaloide, el taxol, toda la planta, salvo los arilos rojos que cubren las semillas, es altamente tóxica. De esta manera, a lo largo de su evolución, se defendió con eficacia de sus depredadores, los insectos, los grandes y pequeños herbívoros. Además, supo atraérselos con sus apetitosos frutos, ofreciéndoles un bocado fácil de obtener. Las semillas, bien protegidas por el huesecillo, resistían la acometida de los jugos gástricos de los rumiantes, y de esa manera se esparcían eficazmente a través de los excrementos, el abono más apropiado para la germinación. Por eso, gracias al triunfo de sus estrategias de supervivencia, el tejo se permitió una vida larga. Puede llegar a vivir más de mil años. Hay ejemplares portentosos, junto a ermitas e iglesias, que así lo atestiguan. Pero a la vez esta tendencia a la longevidad y el crecimiento pausado está originando, en su contacto con el humano, en cierto modo su perdición. Hace tiempo que fueron talados los bosques de tejos. Su madera era considerada la más dura y apta para determinados usos, como los ejes de carros o las vigas en construcción. Ya no es rentable como árbol maderero, ninguna empresa osaría plantarlo con fines industriales, no hay consejo de administración capaz de aguardar un milenio para rendir cuentas a los accionistas. Es la causa de su regresión, de que sea difícil encontrarlo, de que sobreviva como reliquia, en los catálogos de árboles monumentales. A veces, la longevidad tan deseada puede volverse en contra de una especie, cuánto más de los individuos aislados y enfermos.
La precesión de Milankovitch.
Me fascina la teoría de los ciclos astronómicos formulada por el físico serbio Milutin Milankovitch. De acuerdo con ella, los cuerpos celestes, como la Tierra, están sometidos a variaciones periódicas en sus parámetros orbitales que afectan enormemente al clima. Y pueden distinguirse tres ciclos: cada 90.000-100.000 años, la órbita de la Tierra cambia de ser casi circular a ser más elíptica; cada 21.000 años, la Tierra se acerca al Sol en su punto máximo; cada 26.000 años, la inclinación del eje de la Tierra, o precesión, cambia sustancialmente. Lo que sucede es que en la actualidad los tres parámetros coinciden hacia una reducción en la diferencia entre las estaciones, ya que la órbita se está haciendo más circular, la Tierra está más cerca del sol en el hemisferio Norte y la inclinación del eje está decreciendo. Es quizá por ello que el fenómeno del adelanto de la primavera en dos semanas y del retraso del otoño en nueve días no responda, exclusivamente, a la actividad humana, sino que haya que superponer la teoría de los ciclos astronómicos de Milankovitch. Actualmente, el planeta tiende a templarse, a limar las diferencias entre las estaciones. En sentido contrario, sería posible que, en ausencia de actividad humana, en un planeta de órbita elíptica, alejado del sol y con un eje acusado de inclinación, la Tierra entrara en una era glaciar tremendamente fría e inhóspita.
El abeto.
En mi imaginario personal, va ganando posiciones en la escala de belleza el abeto, del que se pueden ver espléndidos ejemplares en las zonas que llaman Corralez y Selba d’el Plan, junto al primer puente del valle que cruza el cauce del Cinca. Es una especie que ha sufrido regresión debido a que está menos adaptada al clima cálido y seco que otras competidoras, por lo que forma masas residuales, como estas de Pineta que visito con tanta frecuencia. Además, fue talado sin contemplaciones hasta hace bien poco, debido, por un lado, a que su madera era especialmente apreciada para la construcción de mástiles de buques, y por otro a que se utilizó como combustible y para el apuntalamiento de galerías en la minería. A pesar de todo, aún quedan algunos ejemplares vigorosos y de gran porte. Son individuos de 30 metros, de una elegancia indescriptible, enhiestos en su porción de bosque, gigantescos, incluso algo soberbios e intimidantes, como senadores vitalicios de barba blanca, o presidentes de pequeñas repúblicas, o catedráticos eméritos de universidades antiquísimas, o cirujanos bregados en mil batallas. Alrededor, las pequeñas hierbas, las matas de bojes, las setas que crecen gracias a la humedad, las hormigas que hibernan, los paseantes ocasionales, somos como súbditos o alumnos o pacientes también perfectos en nuestra insignificancia.
La inestabilidad de Bénard.
Existe una explicación para el fenómeno de los cristales de hielo hexagonales que cubre el valle. Es la convección térmica o inestabilidad de Henri Bénard, físico francés que, a principios del siglo XX, descubrió que el calentamiento de una fina capa de líquido puede originar estructuras ordenadas y hexagonales con forma de colmenas si la temperatura entre la parte superior y el fondo alcanza un valor crítico. Y es un fenómeno que se da en la Naturaleza cuando el aire caliente de la superficie de la tierra fluye hacia el espacio, como sucede en las dunas del desierto o en los campos de nieve árticos. Y en Pineta también, debido a la tremenda diferencia entre la temperatura de la tierra y del ambiente, en unas noches que fácilmente rondan los 15 ó 20 grados bajo cero. El premio Nóbel Ilya Prigogine relacionó ese fenómeno con las llamadas estructuras disipativas, objetos o procesos que se organizan a sí mismos y que cambian de forma espontáneamente. De hecho, afirmó que las estructuras disipativas compartían ciertas características con los sistemas químicos que evolucionaron para convertirse en vida. Serían un ejemplo de la evolución prebiótica, una evolución de la materia inanimada en un estado anterior a la animada. Sería, ese fenómeno de cristalería sobre el valle, como un anticipo de la vida, una tendencia al orden y a la autoorganización sobre el que voy pisando, con mis raquetas, en este paseo matutino.
El mapa estelar.
La bóveda celeste llena de estrellas, al menos los dos tercios que aquí se ven debido a las altas montañas que flanquean el valle. El cielo es límpido, la altura contribuye a esa espléndida visión de la Osa Mayor, la Menor, las constelaciones que forman el Zodiaco. Debido a la rotación del eje de la Tierra, la llamada precesión del físico serbio Milankovitch, que da una vuelta completa cada 26.000 años, se calcula que dentro de 14.000 las referencias nocturnas habrán cambiado totalmente. Las estrellas que ahora se ven y sobre las que tanto se especula, quedarán, momentáneamente, ocultas, y aparecerán otras diferentes que será preciso cartografiar. Se tendrá que revisar la astrología y concebir una nueva estructura del Zodiaco. Nos recordarán, las generaciones de entonces, como los ancestros que se despertaban con el lucero del alba o que predecían el futuro basándose en las constelaciones ya ocultas, como Piscis, o Capricornio, o Tauro. Construirán novedosas teorías basándose en el nuevo mapa estelar, que habrá de darse la vuelta otra vez, y otra vez…
Pandemias.
Veo a las vacas intentando alimentarse en el lecho del río, en un día especialmente frío y desapacible, aparentemente tan inofensivas, y no dejo de pensar en las pandemias que asolan a media humanidad y que están directamente relacionadas con ellas. Sí, a pesar de su apariencia, en algún momento de la historia, hace miles de años, cuando comenzaron a convivir estrechamente con los humanos, fueron las responsables de la transmisión de poderosos microorganismos que acabaron por producir el sarampión, la tuberculosis y la viruela. Eso demuestra que las cosas siempre se compensan y que por cada res sacrificada en los mataderos hay alguien que sufre los efectos de una enfermedad en muchos casos mortal.
Una nueva cartografía.
Actividad frenética y renovada en el hormiguero. Miles de hormigas rojas se afanan en reconstruir los desperfectos ocasionados por las nevadas, los vendavales, las inclemencias del invierno. ¿Qué habrán hecho dentro durante los largos meses helados? Con el calor de abril, empiezan su cíclica colonización del territorio, el temible ejército otra vez movilizado. ¿Serán sus encuentros con las avanzadillas rivales cruentos o amistosos? ¿Cuántos metros cuadrados de territorio necesita un hormiguero para desarrollarse plenamente? Porque, además del que localicé en la Selba d’el Sucarraz, junto al abeto monumental, hay otros más que me voy topando, por casualidad, cuando salgo del sendero y me introduzco en el pinar o en el abetal. Sería interesante consagrar la vida a la confección de la cartografía de los hormigueros del valle. Sobre un mapa detallado de Pineta, deberían señalarse las ubicaciones, las distancias entre ellos, los tamaños y las estructuras, las superficies de dominio, la existencia o no de una diplomacia de hormigas, o de tratos comerciales, o de acuerdos para mejorar la especie, o de simples guerras por el control de los recursos. Señalar, así mismo, los campos de batalla, los movimientos de las tropas rivales, las tareas de abastecimiento, la victoria o la derrota. Después, cuando ya se tuviera lista la cartografía de las hormigas, podría seguirse con otras especies de insectos, computando y midiendo telarañas, colmenas de avispas, guaridas de coleópteros. Y los nidos de las aves, los refugios de los mamíferos, las grutas donde crían las rapaces, las pozas donde desovan las truchas, las relaciones de dominio y sumisión entre los sarrios, las zonas de caza de los zorros. Nuevos mapas surgirían así, sin la presencia de la obra humana, sin líneas de carreteras o sendas, sin manchas de construcciones o tendidos eléctricos, sin las fronteras ni los topónimos que tanto emborronan.
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