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martes 1 de julio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


¿Recuerdas el café del hotel Central? Fue testigo de muchas de nuestras tertulias, de nuestras partidas de ajedrez. Te mando una foto en la que se ve el hotel destruido, como casi todas las casas de Heilbronn. Durante meses tuvimos que trabajar retirando los escombros. Aquel primer verano hizo mucho calor y el recuerdo más persistente que tengo es el de los insectos, las moscas que todo lo cubrían, atraídas por el olor de la podredumbre, unas moscas grandes, de reflejos verdes, que se hartaban de comer y volaban como atontadas, que se posaban por todas partes y hacían un ruido que se ha quedado grabado en mi mente desde entonces, y los gusanos gordos y resbaladizos, como un dedo de largos, que cubrían las escaleras y los suelos de los sótanos. Y las ratas, insolentes y grandes como gatos, bien alimentadas de la carroña, que correteaban por las calles como si fueran las nuevas propietarias de la ciudad.

viernes 27 de junio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


Y luego estaba ese olor insoportable que flotó en el ambiente durante días, durante semanas, y que era una mezcla indescriptible de muerte y cenizas, de fuego y podredumbre, y que a veces recuerdo tan vívidamente. Ese olor se hizo tan familiar para nosotros, los supervivientes, que cuando desapareció casi nadie se dio cuenta. ¿Dónde está el olor?, recuerdo que me preguntaron un día. Era cierto, había desaparecido, así, de repente, y fue como echar de menos a ese vecino pesado que un día se muda, o a ese compañero de trabajo que siempre da la lata y a quien trasladan a otro puesto. Se marchó el olor, había cosas que comenzaban a normalizarse. Aunque no te creas, a veces me despierto de los sueños, en mitad de la noche, con ese olor prendido de mi memoria, como si estuviera presente en mi casa, en mi dormitorio de New York.

lunes 23 de junio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


Y las cosas no mejoraron mucho con el paso de los días. Los que tuvimos la fortuna o la desgracia de sobrevivir tuvimos que aclimatarnos a las montañas de cascotes, a los humeantes rescoldos, a la visión de los cadáveres deformados que yacían por doquier. No sería decente describirte las cosas que vi en Heilbronn, pero la decencia se quemó también aquel día de diciembre de 1944. Y nada se debe ocultar, a pesar de todo. Recuerdo haber visto un cadáver irreconocible y retorcido sobre un charco de su propia grasa derretida. Algunos cuerpos chamuscados, días después, seguían titilando llamitas de fósforo azuladas. Se encontraron personas cocidas por el agua hirviendo que había brotado de las calderas de las calefacciones. Y otras estaban tan quemadas y reducidas en tamaño que se decía que los restos de familias enteras cabían en un solo cesto para la ropa.

jueves 19 de junio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


Henriette murió en el raid de diciembre. Estaba esperando mi regreso de la fundición cuando una de las bombas debió caer de lleno sobre nuestra casa convirtiéndola en un amasijo de escombros. Nunca se encontró su cadáver, que debió desintegrarse entre nuestros enseres domésticos, entre los muros y las piedras, hasta desaparecer para siempre. Me consuela pensar que apenas debió sufrir, aunque este es un consuelo algo estúpido si tenemos en cuenta, querido Karl, como tantas veces habíamos hablado en nuestras tertulias filosóficas, que nosotros preferíamos enfrentarnos a la muerte cara a cara, desafiándola, con un resto de gallardía, antes que morir ignominiosamente, como un animal que no tiene conciencia de su trance. Por suerte, y no solo para ellos, Hannelore estaba con sus abuelos en el campo, por el miedo a que pasara lo que pasó, y Karl en el frente occidental, donde tuvo la fortuna de caer preso de los americanos. Ellos, que tan bien se desenvuelven en New York City, fueron mi salvación.

lunes 16 de junio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


Los bombarderos Lancaster soltaban sus bombas explosivas e incendiarias sin apenas oposición. ¿Quién se iba a oponer? Las bombas explosivas de cuatro mil libras destrozaban y arrancaban de sus marcos todas las puertas y ventanas de las casas. Las bombas incendiarias prendían los tejados de las casas provocando enormes incendios que convertían a las ciudades en un mar de fuego. ¿Por qué no atacaron las fábricas de la ciudad, las de Manheim, por qué tuvieron que cebarse con las ciudades y sus centros históricos, con la población civil, por qué? Un huracán de llamas se alzaba donde antes había casas y vida y recorría a una velocidad endiablada las otrora bellas calles y avenidas. Hay quien asegura haber visto los ríos y los canales hirviendo. Del asfalto brotaban gruesas burbujas que atrapaban a los que huían. Todo era destrucción y muerte. Todo.

viernes 13 de junio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn.


Era el final de la Segunda Guerra Mundial y la Royal Air Force, en lo que llamaron Strategic Bombing Surveys, lanzó un millón de toneladas de bombas sobre 131 ciudades alemanas, incluida la Heilbronn de las fotos que te mando. Se dice que murieron 600.000 personas, que tres millones y medio de viviendas quedaron destruidas y que al terminar la guerra había siete millones y medio de personas sin hogar, vagando de un lado a otro como sonámbulos, o metidos entre cascotes como ratas. Berlín, Colonia, Nuremberg, Heidelberg, nuestra vecina Mannheim, Darmstadt, Dresde, Munich, Hamburgo y desde luego Heilbronn, entre otras muchas, todas quedaron arrasadas por el fuego.

lunes 9 de junio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn.


Fue el 4 de diciembre de 1944, si no recuerdo mal hacia las siete horas y veinte minutos de una tarde fría y oscura, cuando comenzaron a caer esas miles de bombas desde los bombarderos Lancaster que en algo más de media hora borraron del mapa nuestra ciudad, el bello y afamado casco histórico de origen medieval, nuestra vida, la vida de Henriette y de más de 6000 otras personas inocentes, inocentes de los crímenes del nazismo que ellos no habían buscado, ni deseado, ni cometido. Se dice que cayeron más de un millón doscientos mil kilogramos de bombas, en un ataque de la Royal Air Force que devastó la ciudad, a la postre una de las más afectadas por los ataques aéreos aliados del final de la Segunda Guerra Mundial.

domingo 8 de junio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn.

Hay también entre las que te mando una fotografía de la Torre Götzenturm, tu favorita, junto al puente de metal y aquellas escalinatas que utilizábamos para bajar hasta el río con aquellas viejas piraguas con las que tanto te gustaba navegar sobre el Neckar, una y otra vez, pasando bajo los puentes, cerca del puerto fluvial, sorteando las barcazas que venían de Mannheim y que hacían sonar sus sirenas para advertirnos, aunque no supiéramos, entonces, interpretar esa advertencia. No, no supimos interpretar los signos de los tiempos, las advertencias que flotaban en el ambiente de la época, y todo aquello terminó, bien que lo sufriste, querido Karl, con tu huida, y nosotros en Heilbronn, con la movilización de mi hijo Karl, con la destrucción, con la muerte de Henriette. Todo aquello, nuestra juventud, Heilbronn, Alemania, Henriette, todo aquello terminó para siempre.

martes 3 de junio de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


¿Y qué me dices del río que atraviesa Heilbronn, el Neckar, y que fue escenario de nuestros paseos junto a la Torre Bollwerksturm, por las orillas que nos acercaban al club de natación del que fuimos socios hasta el final, hasta que no tuviste más remedio que huir debido a tu apellido, Friedmann, a tu pasado, a tu raza que en aquellos tiempos, en Alemania, era maldita? ¿No recuerdas las horas que dedicábamos los domingos por la mañana de verano, y alguna tarde siempre que nuestro negocio nos lo permitía, a nadar por las aguas entonces claras y mansas del Neckar? Siempre fuiste un gran aficionado a la natación, un deportista entregado y voluntarioso, y nadar era, quizá, junto a los paseos por los campos y los bosques, una de tus aficiones favoritas, que yo compartía contigo, como tantas cosas en aquellos años que ya se fueron y de los que ya no queda nada, nada, ni siquiera la ciudad que un día nos pareció que debería ser eterna, como nuestra vida a los dieciocho años.

jueves 29 de mayo de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


¿Y cuántas veces fuimos al teatro de la ciudad, del que también tengo una buena fotografía que enviarte, a ver nuestras obras favoritas, aquella Catalina de Heilbronn o la prueba de fuego, de Heinrich von Kleist que, por razones obvias, tantas veces representaron? ¿No es verdad que de una manera premonitoria asistíamos a la tragedia sin ser conscientes del futuro que nos aguardaba, también en nuestra amada Heilbronn, que por desgracia sería cubierta en diciembre 1944 por un huracán de fuego en forma de bombas incendiarias, como otra prueba que fuimos incapaces de superar, imposibilitados por la misma magnitud de los acontecimientos, que nos empequeñecían hasta transformarnos en ridículas marionetas sacudidas, como Catalina, por fuerzas demasiado poderosas? ¿No es verdad que en cierto modo nos comportamos como Catalina, que como hipnotizada seguía al conde Wetter von Strahl donde quiere que este fuera? ¿No seguíamos nosotros, también dócilmente, a los hipnotizadores de esa época sin ser conscientes del callejón sin salida en el que nos metíamos?

lunes 26 de mayo de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


Sí, eran días felices y quizá todavía más para mí que para ti, querido amigo, pues tuve la fortuna de ganarme antes que tú el corazón de Henriette, la más bella de las muchachas que se acercaban hasta la fuente de los siete caños, aquellas que ocupaban todos nuestros pensamientos y nuestros sueños. ¿Recuerdas nuestra boda en la iglesia de San Kilian, de la que tú fuiste testigo a pesar de tu religión? ¿Recuerdas la torre de la iglesia y el día en que subimos los tres, tú, Henriette y yo, el día en que hicimos el juramento de amistad eterna a 62 metros de altura, que entonces nos parecían el techo del mundo? Nosotros debíamos ser amigos de por vida, los que nunca se separarían pasara lo que pasara, juramento que por desgracia y, claro, por la guerra y la destrucción y la muerte de Henriette no pudimos cumplir. Tú en Barcelona, yo en New York City, y un mar de por medio.

martes 20 de mayo de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


Y recorríamos incansables, presas de nuestro afán por no estarnos quietos, las calles del viejo centro medieval de nuestra querida ciudad, como la Kaiserstrasse de la que también te mando otra fotografía. Recuerdo con todo lujo de detalles nuestras correrías por la Kaiserstrasse, cuando entrábamos en sus cafés y nos enfrascábamos en las tertulias sobre literatura, sobre teatro, sobre filosofía, o cuando jugábamos aquellas interminables partidas de ajedrez, cuando nos entreteníamos mirando los escaparates de los comercios, cuando subíamos a los tranvías que nos llevaban a las afueras de Heilbronn y salíamos de paseo por los campos de los alrededores y los bosques, cuando subíamos a la cima del Wartberg desde donde podíamos contemplar esas magníficas vistas de la campiña de nuestro querido Wurtemberg.

viernes 16 de mayo de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


¿Recuerdas el monumento de Robert von Mayer en la plaza del Mercado, frente al ayuntamiento? ¿Recuerdas sus escalinatas y las tardes de domingo en que nos sentábamos allí a ver pasar a las chicas de la ciudad? Por aquellos años tuvimos que estudiarnos la obra de Mayer El movimiento orgánico y todas sus teorías sobre el movimiento perpetuo y el principio de conservación de la energía. ¿No es verdad que también nosotros estábamos como poseídos por ese afán de movimiento perpetuo? ¿No es verdad que bromeábamos al respecto en el escenario de esa plaza, cuando los domingos intentábamos conversar con las muchachas dando vueltas y vueltas entorno suyo, sin cansarnos, trasformando nuestra juvenil energía en palabras y gestos galantes? Quizá fueron los mejores momentos de mi vida, quién sabe, con 16 años y todo un futuro por delante. Quizá también lo fueron para ti, mi querido Karl.

martes 13 de mayo de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


¿Y qué me dices del fantástico edificio de nuestro ayuntamiento, construido en 1540, con su reloj astronómico y la doble escalinata de acceso? También a este edificio tuvimos que acudir innumerables veces para todos los trámites que tuvimos que hacer, por ejemplo, cuando me casé con la pobre Henriette, o cuando registré a mis hijos Karl y Hannelore, o cuando tuvimos que tramitar los papeles de nuestra pequeña fundición a orillas del Neckar. ¡Qué tiempos! ¡Cuán alegres eran nuestros días, y despreocupados y llenos de placeres! ¿Quién nos iba a decir a nosotros que todo terminaría con la destrucción y la muerte? ¿Quién? Y de habérnoslo dicho, ¿acaso le habríamos creído, no le habríamos tildado de loco y demente, de visionario? Pero ya entonces había indicios de lo que tenía de pasar y que ni tú ni yo, como nadie que nosotros conociéramos, supimos interpretar.

viernes 9 de mayo de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


New York City, 22 de febrero de 1944.
Mi querido Karl:
Ya he podido hacer copias de las fotografías de las que te hablé en mi última carta y sobre las que mostraste tanto interés. Y tan lógico, como no podía ser menos. Te las envío no sin cierta ansiedad ante un posible extravío, no en vano esta carta debe cruzar todo el océano Atlántico, desde New York City hasta Barcelona, aunque los negativos queden bien guardados aquí y dispuestos si hiciera falta a convertirse otra vez en positivos para satisfacer tu curiosidad. Sin duda que las fotografías de nuestra amada ciudad te provocarán gratos y a la vez dolorosos recuerdos, como esa bella vista de la Plaza del Mercado, con el Ayuntamiento a la derecha y la Kaetchenhauss o Casa de Catalina a la izquierda. ¿Te acuerdas? Cuántas veces habremos cruzado esa plaza en el pasado. ¿Reconoces la Kaetchenhauss con su inconfundible balcón del piso superior? Sí, claro que lo reconoces, imagino que con mucha emoción. Han pasado tantas cosas desde entonces...

miércoles 7 de mayo de 2008

Antes y después de la destrucción de Heilbronn


Prólogo.

El siguiente fotorelato está basado en una carta con matasellos americano del 22 de febrero de 1947 enviada por Julius ¿...berger?, desde New York City, a Carlos Friedmann, con domicilio en Barcelona, calle Balmes, 238, y en la que aparecen treinta y una fotografías de la ciudad de Heilbronn antes y después de la destrucción causada por un bombardeo de la Royal Air Force del 4 de diciembre de 1944. He seleccionado las que me parecían mejores y más ilustrativas, inventando la historia que pudo acompañarlas.