Termino este foto-relato con el panteón de la familia Bonell, que contiene en su interior las sepulturas de Leonor López Tenreiro de Bonell, nacida en Baracoa, Cuba, el 15 de noviembre de 1868, y muerta en Barcelona el 28 de agosto de 1936, y de Pedro Bonell y Martorell, nacido en Barcelona el 22 de abril de 1859 y muerto también en Barcelona el 8 de diciembre de 1925. Es un ejemplo de cómo el arte funerario más exagerado y rimbombante de nada sirve, al fin y al cabo, para perpetuar la memoria de los seres humanos. Todo lo más, un simple nombre en una lápida que ahora nada nos dice, que de ninguna manera identifica al ser humano que lo usó. Esfuerzos vanos, estos de erigir enterramientos de categoría, tanto mejor sería incinerar los restos mortales de los humanos para cumplir directamente sus destinos, el olvido inmediato, que debería coincidir con el preciso instante de la muerte y el olvido de uno mismo.
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Ahora vemos la plaza Mayor de Cáceres allá por 1926, más o menos, la gente paseando tranquila, las vidas detenidas en ese segundo transcendente, fantasmagórico, eterno, es la magia de la fotografía que nos muestra un pasado en perpetuo presente.
Sepultura de Jaume Puncernau i Pintó, obra del arquitecto Bonaventura Bassegoda y del escultor Rafael Atché, erigida en 1918 y de estilo modernista. Otro entonces vivo y ahora difunto que supo escoger al escultor de su tumba. Sobre la lápida, esta leyenda: “Jaume Puncernau i Pintó nació en Masoteras en 9 de abril de 1839. Murió en La Habana en 17 de abril de 1916. Erigido por orden de Jesús María Barraque y Adue, albacea del finado en cumplimiento de la última voluntad de este”. Quizá el mérito de escoger a Atché no se deba al finado, sino a su albacea. Ninguna referencia encuentro de ninguno de los dos, aunque imagino que ambos debieron ser empresarios catalanes en busca de fortuna en América. Lo cierto es que la memoria de los hombres es limitada, muy limitada, que apenas alcanza, me atrevería a decir, a los hijos si los hubo, y que cualquier esfuerzo por evitar este destino es inútil, incluso en forma de espectacular sepultura.
Otra fotografía de lugar desconocido. Tres puntos en ella captan la visión, el bidón de la izquierda, el carruaje del centro y el hombre uniformado que nos mira por encima de un tiempo detenido.
Panteón de Pilar Soler, viuda de Soler, construido en 1894 por el escultor Pau Deulofeu i Palet, en estilo neoegipcio. Es curioso destacar que el término “mausoleo” viene del sepulcro gigante que mandó construir Mausolo, sátrapa de la actual Turquía, en el siglo IV antes de Cristo, una de las 7 maravillas del mundo antiguo. Este panteón es más modesto, pero aún así es de proporciones generosas y tiene forma piramidal. El propósito de la viuda Soler, a quien imagino amante de las ciencias ocultas y espiritista avezada, era sin duda perpetuar su memoria de esta forma grandilocuente. Aunque es una forma bastante parcial de conservarla, pues nadie sabe ahora, más de un siglo después de que la enterraran, qué aspecto tenía, cómo fue su vida, qué intereses le movieron, cuántos hijos tuvo, si fue razonablemente feliz o por el contrario sumamente desdichada, aunque uno se la imagina en todo caso adinerada y rodeada de criadas, algo déspota, con tendencia al mal humor. De nuevo, la presencia de los niños y niñas multiplica el sentido de estas fotografías. Esas niñas de blanco y negro que parecen sobrecogidas y que se enlazan la una a la otra, el brazo con la manga blanca sobre el vestido negro, el brazo con la manga negra sobre el vestido blanco, y las coletas siempre, los calcetines bien subidos y estirados siempre. Sepultura de María Bueno i Cardiel, obra del arquitecto Gabriel Borrell y del escultor Josep Rebarter, erigida en 1911. Tiene la siguiente inscripción: “Sepultura de los restos mortales de María Bueno i Cardiel y de su esposo Joaquín Sacristà”. No tengo noticia de que parientes míos vivieran en la Barcelona de comienzos del siglo XX, pero me llama la atención la coincidencia del apellido. Nada es posible encontrar de estas personas en internet o en enciclopedias, como ocurre con tantas otras sepulturas anónimas, miles de ellas en el cementerio de Montjuïc, millones diseminadas por los cementerios de todo el mundo construidos desde el siglo XIX. Es el destino común de la gente, morir y ocupar la memoria de los suyos por espacio de una o a lo sumo dos generaciones, para acabar completamente olvidada. ¿Quién se acuerda de sus bisabuelos? ¿Quién conserva la memoria de las generaciones anteriores?
Paso del descendimiento de Cristo de la Cruz. Hay un zapato debajo de la tela que cubre el frontal del paso. Hay gente asomada a los balcones. Hay un señor con bigote y tocado con un extraño gorro. Hay un cofrade en primer término. Hay, todavía. Bartolomé de Boned y Puig. Extravagante coleccionista nacido en Barcelona el año 1826 y muerto en la misma ciudad el año 1903. Comenzó su afición en 1854, cuando tuvo oportunidad de adquirir una colección completa de cuerdas de ahorcados de procedencia inglesa recopilada desde el siglo XI, cuerdas que tenían unidos sendos papelitos con los datos de los reos así ajusticiados. Movido quizá por ese golpe de suerte, dedicó su vida a tal afición, habiendo reunido al final de sus días un importante número de colecciones de objetos insólitos y estrafalarios, como la colección de reliquias de santos, la de prepucios de niños circuncidados, la de restos de animales extinguidos, la de cráneos de indígenas de los cinco continentes, la de daguerrotipos de niños y niñas muertos, la de momias medievales, la de instrumentos de tortura, la de mortajas y máscaras mortuorias, y la más llamativa de todas, la de restos orgánicos de personajes ilustres. Sin embargo, en el momento de su muerte sus colecciones se dispersaron, ya que ni sus herederos ni las instituciones públicas quisieron hacerse cargo de su incomprendido legado, circunstancia por la cual se perdieron para la historia objetos de extraordinario valor, como los restos de semen de Napoleón Bonaparte y de flujo vaginal de Juana de Arco. El día 16 de junio, bajo el título “Jaume Brutau” y en el foto-relato “Cementerio de Montjuïc”, subí a este blog una entrada ilustrada con una fotografía de una bella estatua de Clarasó. Pues bien, el día 23 de junio recibí un comentario de Pedro Brutau que podéis leer en la entrada correspondiente. Pedí, entonces, a Pedro que me comentara un poco la historia del panteón familiar y este es el resultado, un correo enviado por él que copio a continuación: “Me hizo ilusión ver como valoras la figura del panteón familiar. Siempre que lo he visitado ha sido en circunstancias que a nadie agradan. Antonio, los primeros datos que te pasé son incompletos e incluso equivocados. Te paso información fidedigna ahora. Te diré que hay cuatro generaciones de Brutau en el Panteón, no tres. Fue construido por Jaume Brutau Manent en 1920. Su hijo Jaume Brutau Roca (mi abuelo), Jaume Brutau Rubio (mi padre) y Jaume Brutau Basté (hermano) reposan allí. Muchos miembros de esta rama de la familia Brutau están allí. El ángel tenía a sus pies un cuervo (no una paloma) que desapareció hace años. Era el contraste con la espiritualidad del alma que representa la figura. Buenaventura Brutau Estop fundó una hilatura en Sabadell. Es el inicio de la industria textil Brutau que durante muchos años fue uno de los líderes de la burguesía industrial textil catalana. Uno de sus hijos (Jaume Brutau Manent) se trasladó a vivir a Barcelona a una torre de la calle Anglí que todavía hoy está en pie. Se hizo construir un panteón que decoró Clarasó con esta escultura. Brutau Manent era amigo personal de Clarasó. Mi madre siempre dice que es más una imagen de vida que de muerte y bien podría estar más en el medio de un jardín que en un panteón. Pedro Brutau”. |










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