
Considero una gran suerte el encuentro, un día de paseo por la pista forestal de La Estiba, en un pinar de pino rojo de un paraje conocido como Lera el Cumet, de un magnífico ejemplar de amanita muscaria, de unos 15 centímetros de diámetro. Es una seta típica de los abedulares, aunque también se da entre abetos, pino negro y, por supuesto, pino rojo. Contiene ácido iboténico y muscimol, que producen efectos embriagantes en el humano, muy conocidos en la literatura. La ebriedad suele empezar con un episodio de vómitos a los 30 minutos de la ingesta, seguido de euforia, gran vigor físico y locuacidad. Posteriormente, parece que los objetos empiezan a crecer en tamaño, como le ocurría a la Alicia de Carroll. Surgen entonces unas manchas volátiles y luminosas que van adquiriendo vida independiente, llegando a hablar y dar órdenes, y que se han asociado a los duendes y los gnomos, habitantes míticos de los bosques. Al final, llega una fase de postración y visiones de gran fuerza, con la sensación de haber conocido otras realidades. La amanita no suele ser mortal, solo en el 2 por ciento de las intoxicaciones. No obstante, se la relaciona con experiencias desagradables por parte de aquellos que confunden sus efectos embriagantes con los propios de una intoxicación provocada por setas venenosas. Por otra parte, es la seta sobre la que más leyendas existen, aquella que siempre ha adornado los juguetes y los cuentos de los niños, lo cual resulta altamente paradójico. El veneno y el juego, la muerte y la inocencia, la enfermedad y el inicio de la experiencia como conceptos antitéticos y complementarios. Su simbología asociada con los juegos de los niños es muy peculiar. Le pasa como al oso, con forma de peluche en los dormitorios, que era, antaño, enemigo potencial de cazadores. Como si con estas asimilaciones se conjuraran los peligros.

Hay extensos bosques de pino silvestre en el valle de Pineta, tanto en la umbría, donde se da abundante musgo y convivencia con el abeto, como en la solana, donde crece asociado al boj, el erizón o el enebro. Un rasgo peculiar de esta conífera es la corteza que, en la parte superior, presenta tonalidades anaranjadas debido a un proceso de descamación continuo, de donde le viene su nombre popular de pino rojo. Puede llegar a medir 40 metros y alcanzar una longevidad de 500 ó 600 años. El valle está lleno de venerables ancianos que vivían aquí mucho antes de mi llegada. Cualquier intento por acercarse a una comprensión racional de este ecosistema pasa por aceptar la superioridad de esos seres vivos sobre el resto de las especies.

Me fascina la teoría de los ciclos astronómicos formulada por el físico serbio Milutin Milankovitch. De acuerdo con ella, los cuerpos celestes, como la Tierra, están sometidos a variaciones periódicas en sus parámetros orbitales que afectan enormemente al clima. Y pueden distinguirse tres ciclos: cada 90.000-100.000 años, la órbita de la Tierra cambia de ser casi circular a ser más elíptica; cada 21.000 años, la Tierra se acerca al Sol en su punto máximo; cada 26.000 años, la inclinación del eje de la Tierra, o precesión, cambia sustancialmente. Lo que sucede es que en la actualidad los tres parámetros coinciden hacia una reducción en la diferencia entre las estaciones, ya que la órbita se está haciendo más circular, la Tierra está más cerca del sol en el hemisferio Norte y la inclinación del eje está decreciendo. Es quizá por ello que el fenómeno del adelanto de la primavera en dos semanas y del retraso del otoño en nueve días no responda, exclusivamente, a la actividad humana, sino que haya que superponer la teoría de los ciclos astronómicos de Milankovitch. Actualmente, el planeta tiende a templarse, a limar las diferencias entre las estaciones. En sentido contrario, sería posible que, en ausencia de actividad humana, en un planeta de órbita elíptica, alejado del sol y con un eje acusado de inclinación, la Tierra entrara en una era glaciar tremendamente fría e inhóspita.

En el bosque, entre avellanos y hayas jóvenes, sobre un lecho de hojas pardas, entre piedras con musgo y charcos y fango, el rastro del abominable perfume de una señora que camina unos metros por delante.

¿No es infinitamente más elegante, pongamos, un abeto de 200 años y 35 metros de alto que cualquiera de los seres humanos que pululan por el mundo? Los humanos en la mayoría de los casos parecen incumplir su destino, sus posibilidades de realización, quedándose en una medianía insignificante y acomodada, como si las imperfecciones del organismo o la falta de inteligencia fueran un defecto demasiado ostensible y común. Sin embargo, cualquier árbol cumple en sí mismo la esencia de su especie, reafirmando con su sola presencia la potencialidad entera de sus genes.

En los prados de solana recolecto, de nuevo gracias al buen conocedor, la seta que llaman, al menos por estos lugares, parasol, también conocida como paloma, o apagallums en catalán, con su anillo móvil en el pie que la distingue de otra especie, la lepiota helveola, que resulta venenosa y, a veces, mortal. En la helveola, el anillo es más pequeño y fugaz. En todo caso, se aconseja no recoger ejemplares de lepiotas que tengan sombreros de menos de 10 centímetros. Entre el placer y el dolor, esa leve frontera. Pero opto por el riesgo, o la orilla del placer, para hacer otro experimento. Primero se desechan los pies y se pelan los sombreros. Las cabezas, empanadas, se fríen en abundante aceite hasta que quedan doradas por ambos lados. Es, también, una seta carnosa y suculenta, de buena calidad. Y le pasa como a la pardilla, que la gente no la recolecta por desconocimiento o prevención, dejando el campo libre a los micólogos informados y pacientes.

Uno de mis bosques literarios predilectos es el que describe Hans Lebert en “La piel del lobo”. Maletta, el fotógrafo de Schweigen, sigue a una pareja de enamorados en su paseo por la selva hasta el ocaso del sol. En ese momento, al anochecer, perdido en la espesura, empieza para Maletta su pequeña muerte. Vagará completamente desorientado y enloquecido hasta el alba, experimentando tal cúmulo de horrores que le dejará trastornado. Es el bosque del pánico, de quien cree que le agarran del pelo cuando se le engancha en una rama, de la oscuridad endemoniada, del miedo irracional que se apodera del cerebro como en un envenenamiento irreversible. Otro personaje, el marinero, tiene también experiencias extremas en esa vastedad, aunque las percibe de otra manera. Quizá sea, ese bosque centroeuropeo, tupido e impenetrable, el protagonista incuestionable de la novela. Uno se inclina por otra concepción del bosque. No tiene por qué generar precisamente pánico. Al revés, es un lugar que reporta una euforia primaria y química. Aunque luego puedan acontecer encuentros en la revuelta del sendero. Quizá se trate de eso, cruzarse con uno mismo en lo más recóndito de la espesura.

Ya es posible clonar plantas, por ejemplo, los mejores ejemplares de una especie de árboles, o los más longevos, lo que garantiza una generación de características superiores. De hecho, hace años que el Ministerio de Agricultura utiliza clones de chopos para repoblación, como el flevo, que hasta tiene su propio nombre. Por este procedimiento, se podría salvaguardar la herencia genética de los individuos mejor dotados, aquellos que han triunfado del todo, como un abeto de 40 metros a quien nadie hace sombra, y proceder a su clonación en serie. Pero lo único que se conseguiría sería el abetal de los clones perfectos, el vergel sin peligros, el edén vegetal sin incomodidades, como esas choperas que se plantan para la explotación maderera, llenas de individuos idénticos, simétricos, marciales. Desde luego, convertiríamos la tierra en un jardín de estilo inglés vigilado por humanos sin taras, un espacio sin posibilidades de supervivencia.

La colonización humana ha cubierto todos los rincones del planeta, ya no quedan parajes vírgenes, la utilización de los recursos naturales está alcanzando proporciones de delirio, siempre a remolque de la codicia. Lo que quizá sea menos conocido es que con las cifras de población actuales, unos 6.500 millones de seres humanos, se dice que nuestra especie acapara más del 40 por ciento del tejido animal vivo de la Tierra, y que al ritmo actual es probable que, en unas pocas décadas, más de la mitad de la materia orgánica del planeta pase a nuestros cuerpos. Llegaríamos, por lo tanto, a lo que se ha dado en llamar el final de la era Cenozoica, un período caracterizado por el empobrecimiento biológico y la extinción en masa de las otras especies. Así, estaremos todos juntos en un mundo seleccionado, junto a las especies que podemos aprovechar y comer, unos cuantos vegetales, el ganado, los árboles de crecimiento rápido, los peces de piscifactoría, en una simbiosis demasiado peligrosa e inestable.

Antes, era posible cruzarse por los parajes del valle de Pineta con los llamados hombres de bosque, que se dedicaban a algunas profesiones directamente relacionadas con el aprovechamiento forestal, como eran los leñadores, los carboneros, los pastores, los recolectores de frutos, setas y plantas medicinales, los que recogían la resina de los árboles, en concreto la trementina del abeto, para aprovecharla como ungüento, también los cazadores de sarrios y los pescadores de truchas. Eran, en gran medida, conocedores de su entorno, los hayales, los pinares y abetales, y de sus secretos. Sin embargo, la regresión de esas profesiones no me parece mal, al contrario, se trataría de limpiar el bosque de la presencia humana perniciosa y relegarla a un turismo controlado, nada estridente, silencioso y modesto.
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