156

Al borde del camino, en un claro del hayal junto al río, encuentro un ejemplar de eléboro, una planta por lo demás muy común en el valle, como puedo comprobar en días sucesivos después de identificarla. El eléboro, al brotar en los bosques de caducifolios, no tiene más remedio que hacerlo al principio de la primavera, antes de que el desarrollo de las hayas y su espesa sombra le impida completar su ciclo. De eléboro existen cuatro variedades, el negro, el blanco, el verde y el fétido. Antiguamente, se conocían diversos remedios para enfermedades basados en su química. Por ejemplo, era considerado un buen socorro para la locura. Era, también, una planta muy utilizada en brujería para evocar entidades infernales, hacer conjuros y desvanecer sortilegios. Ahora, ya nadie la conoce ni la recolecta, los caminantes pasan a su lado sin percibirla, forma parte de un paisaje uniforme, sin individuos, subsumido en la categoría.

155

Hay granizadas en cualquier época del año y resultan tan imprevisibles como espectaculares. El ruido del granizo sobre el tejado de pizarra es atronador y asusta, como un mal presagio. Los daños que puede ocasionar, también en el coche estacionado bajo el fresno, se presentan como una amenaza, aunque la misma fatalidad del fenómeno aconseja algo de sosiego. Otros lo estarán pasando peor, los pequeños insectos, los pájaros poco precavidos, los árboles que nunca pueden huir.

154

De una limpidez extraordinaria son las planchas de color del valle, en esta mañana en la que luce un sol radiante, no obstaculizado por las nubes. Los prados de un verde refulgente, nuevo, casi sin estrenar. El bosque de coníferas como una masa oscura e impenetrable. El blanco de la nieve que ha caído en las cumbres estos días de lluvia, y que deslumbra en la distancia. El mismo cielo azul recortado por las siluetas de las montañas. Son masas de colores que no se mezclan, como si una línea las delimitara y estableciera una frontera entre ellas.

153

El trino de las aves del valle, ausente durante el invierno, ahora vuelve a dominar el registro sonoro. Antes, solamente se veía a los cuervos sobrevolar los campos nevados, lanzando sus característicos graznidos. A los cuervos, aunque se les escucha junto al resto de los pájaros, resulta mucho más complicado verlos con el telón de fondo que forman los tonos del verde de la floresta revivida. Es por eso que puede afirmarse que el cuervo es una ave invernal, cuando se erige en dueña de los colores y habitante casi exclusivo del valle. Ahora, debe compartir su dominio con las especies migratorias. También el río reaparece, gracias a las lluvias primaverales y al deshielo. Baja con un caudal potente, llenando varios de los cauces que, tanto en invierno como en verano, pasan desapercibidos. Se echaba de menos su ruido, enmudecido como todo el valle, renacido ahora como tantos otros sonidos, en esta eclosión cíclica.

152

Tímidamente, porque el valle está a más de 1.200 metros de altura, comienzan a brotar las hierbas, a renacer los arbustos, a surgir las yemas de los árboles. Son yemas de una geometría pura, diminutas en tamaño pero efectivas, insignificantes a la vez que básicas, porque de ellas depende la trama de la vida. Cualquiera podría arrancarlas, pero eso sería como el crimen más atroz que pueda imaginarse, al impedir el nacimiento de las nuevas hojas. Sería, por ejemplo, como provocar el aborto a un mamífero, o aplastar bajo la bota un huevo caído del nido, o verter agua hirviendo dentro de un hormiguero.

151

Hay olores esenciales, al igual que hay colores primarios, o sabores básicos, o sonidos que todos reconocemos y que están estructurados en la memoria. Entre esos olores, por ejemplo, el de la tierra cuando uno labra el jardín, o las yerbas del prado cuando se tronchan y rezuman su sabia, o el del buen vino cuando se hace girar en la copa, o las hojas de los árboles al acariciarlas con los dedos, o todas las cosas mojadas por la lluvia, o la lluvia misma, o el queso recién partido, o la leña quemada por el fuego.

150

Un enorme abejorro, el primero que veo esta primavera, llega volando por el campo. Es posible percibir el zumbido antes de verlo, desde lejos, tal es su corpulencia. Luego, se entretiene unos segundos sobrevolando el jardín, en busca de alimento, ignorando completamente mi presencia. Con esas franjas tan llamativas, con esa precipitación tan efectiva, es el primer insecto que pasa por aquí, inaugurando la temporada de la proliferación de sus congéneres, que van recuperando poco a poco su hábitat y se hacen cada día más visibles. Se les puede seguir bien, volando a la luz del sol, en las revueltas de los caminos, en los claros de bosque. Mariposas, tábanos, moscas, hacen acto de presencia tímidamente, anunciando su masiva presencia de verano.

192

Con dos semanas de diferencia, entre un par de viajes, compruebo que se ha derretido gran parte de la nieve acumulada desde diciembre. Ahora se refugia en las zonas más altas y umbrías, en un proceso de retracción que se prolongará durante toda la primavera y el verano. Sin embargo, a veces quedan rastros renegridos y turbios, tan alejados de la pureza de las nevadas recientes. Pero será posible todavía durante muchos días acercarse a esos reductos blancos y palpar la nieve bajo un sol radiante, uno de los contrastes más llamativos que puedan darse en el valle.

148

Luego están los otros ejemplares, los que consiguen germinar en el lugar adecuado, en la estación del año favorable, en condiciones climáticas óptimas para el primer desarrollo, sin la presencia de organismos predadores, con el triunfo completo de las estrategias de supervivencia. Esos ejemplares llegan a ser admirables, de una belleza similar a la de un anciano o una anciana lúcidos, optimistas, conscientes del deterioro del organismo y expectantes ante la muerte. Vive bien un haya centenaria presidiendo su zona de bosque, una hiedra cerca de la cual pasó Martín Lutero, una flor de acónito contemplada con arrobo y respeto por el botánico. El esplendor de la vida da sentido a la vida. Y también la decrepitud, más o menos prematura, del resto de los especímenes. Al final, la fatalidad dicta las normas, la fatalidad o el azar, encontrarse en el lugar indicado, o en el equívoco, a la hora en punto.

147

¿Qué prefieres, preguntaría a la gente, la masa humana o la masa forestal? ¿Qué resulta más elegante, o sostenible, una multitud de humanos o un bosque? ¿El estadio lleno a rebosar de vociferantes individuos o el abetal? ¿El teatro cuando sube el telón o el hayedo? ¿La aglomeración urbana y sus construcciones o la selva inhóspita? ¿Qué resulta más viable, una población de 15.000 millones de seres humanos o de árboles? Unos se decantarán por la sociedad del espectáculo, de la productividad, la masa rugiente que se extiende y aplasta, a pesar de las escasas opciones de supervivencia que se adivinan en el horizonte. Otros preferimos un mundo vegetal, que hable el lenguaje de la quietud, de la inmovilidad, un planeta de reglas inhumanas sin teatros ni estadios, de extensas selvas vírgenes como ciudades que poblaríamos nosotros, los nuevos vegetales felizmente inmovilizados, anclados a la tierra y al tiempo.